Diario de una milonguera (todo al 2 4 de mayo)

EL BAILE DE LA ARRASTRADA

Me enamoré y después supe que era nazi. O se creía. Mis amigas judías no le dieron importancia. Yo desconfiaba. ¿Qué hiciste hoy? ¿qué estabas haciendo cuando te llamé?

Ahora me animo a ir a la milonga sola, a la vespertina. Me siento en la fila contra la pared, detrás el gran espejo, una mesa dos sillas (una de cada lado), otra mesa otras dos sillas. Ahí estamos las mujeres, los hombres al costado, como en una platea. De noche, en cambio, voy con el del auto. Hoy sentí el calor de tu pecho, me dijo. Me reí. Aprovechó la esquina con sombra, una arboleda vieja que caía sobre las bolsas de basura y me tocó con avidez. Yo estaba en otra.

-Si fuera más callado podría invitarlo a reuniones, le había dicho a Sandra. ¿Pero qué hago si se da cuenta de David?

_No hagas caso, en esta época no es problema. El hombre piensa una cosa y la mujer otra.

_Qué no, van a creer que yo también soy nazi.
Salí, dejame, le dije al del auto, riéndome. El fantasma del nazi me estaba fastidiando. “Lo que pasa es que las otras se ponen rellenos en el corpiño y el calor no le llega al hombre”, expliqué. (No tenés nada, había dicho la tía de mi marido. No vas a poder tener hijos.)

_Bailemos el paso doble separados, quiero reírme así, como cuando era chica.

_Nos van a echar, es una milonga pesada.

(¿Tu suegra dijo eso? Si, bueno, casi.)
El auto es grande y está lleno de cosas de construcción, bolsas, herramientas, polvillo de cemento o mantas para envolver atados de ropa de trabajo. Será albañil. El asiento delantero se cubre con arpillera y voy sentada con mis zapatos de baile. Son de gangster con taco.

_¿Pensás en él?

_Sí, pero lo quiero al lado mío y lo echo lejos, lejos.
La abandoné y no sabía… insistía el tango. Remordimientos. “No, no hay que abandonar a nadie”, dijo mi compañero de la tarde como haciendo una promesa.
Pero el de anoche quería tocar, adentrarse en el calor del pecho, un nido._Son chicos los hombres, le dije a Sandra.
A mí andar sola me cuesta, cuando voy a la hora de la siesta salgo caminando, siento que la calle es mía, que se prolonga un poco más la pista y no pudieron echarme de la ciudad, aunque algunos estén en otra parte, en otro país.

_Si por lo menos hubiera ganado dinero con su fantasía de Nietzche y la tele encendida hasta la madrugada...

_. Quería darte miedo, ése.

_No sé.
Ahora el del auto se desayuna y dice como si pensara: “La libertad ¿para qué?” Amanece a las preguntas y el bar es un paradero de ruta. A él el código no le importa, está con una remera con agujeritos, la costura tiene un burlete anaranjado, un club de fútbol de vaya a saber dónde. Así bailamos, yo vieja, él zaparrastroso pero motorizado, creerán que lo mantengo y soy amarreta. Comemos unas tapas chinas, me caen mal. “Osho, ¿leíste a Osho?” Bueno, basta, le dije, en el fondo de la taza hay algo negro, pegajoso. Otro día nos vemos y van. Es el dedo del pie, me torcí, me fracturé. Sin el dedo gordo no se puede hacer el pivot.

¿Sabías que uno se copió del cuento de Cortazar y cree que la novia muerta está bailando en Reducci? Sí, son inventos, chismes que corren, pero yo prefiero el cuento de la pianista tanguera: se acostaba con el sobrino y la mataron en pleno escenario. Alguno piensa demasiado mientras baila. Se trata del flujo de consciencia.

_­Esa historia no fue una tragedia, fue incesto.

_Yo estuve enamorada de mi cuñado y no es incesto, (no pudo ser porque no nos animamos, pero prohibido prohibido no hubiera estado).

_Bailás con viejos ahora, te gustan.

_Yo también soy vieja. Y es lo que hay. Capaz que son nazis los de camisa negra. No sé si me gustan, los puedo.

La primera vez estuve sentada más de media hora, no veía ni las señas. Miré a los tipos y elegí al mejor. Uno de sesenta, pelo entrecano, caída a pico como plomada con cada compás y a veces con un pie en suspenso, apenas despegado del suelo, quieto como un flamenco. Mientras sonaba la cortina musical lo miré y volteó la cabeza. Al rato, en el fondo, descubrí al que levantó la ceja. Dudé. ¿Sería conmigo la cosa? Me puse otra vez los anteojos. Le sonreí, él asintió, me quité los anteojos, los dejé en la mesa, amagué con levantarme de la silla. El se acercaba. Yo llevaría larga vistas para no equivocarme, dijo Sandra. Es un código. ¿Te imaginás? Usar la palabra código te dice a la legua que todo es un invento. A la idea de un código milonguero te la venden como originaria pero antes era la costumbre, no el código. Nadie hablaba así, rebuscado.
Otro código es la ropa, te intimida, eso es lo peor, aunque yo conseguí que me saquen con la ropa de siempre. El que me dijo No hay que abandonar a nadie, anda en camisa celeste y pantalón gris. Es como estar en casa. Un marido prestado por un rato. ¿Calor? Sí, en todo el cuerpo. En el acorde final, junto los pies y el zapato del hombre queda en el medio, atrapado. Hay quien se ríe, de nervios se ríen.
¿Alguna vez viste a la muñeca de trapo? Es una chica lánguida que se deja caer. Baila arrastrada, el hombre tiene que empujarla paso a paso y de repente se cansan y la arrastran por la pista como limpiando el piso. Ella ha triunfado, todos miran. Una sonrisa imperceptible y el caballero, como le dicen, no sabe si la domina o la carga. Las rodillas ni las flexiona siquiera, para qué si no va a dar ni un paso por su cuenta. Es delgadísima, está feliz de ser la arrastrada. La vi reírse sola cuando vuelve a la mesa, tiene algo genial, pintada por demás y con cara mínima debajo de una mata de pelo. Yo no puedo. Cuando jugábamos al muñeco de goma me dejaba empujar por las chicas y me bamboleaba de uno a otro costado. Siempre en la vereda estaban jugando, pero a mí no me dejaban salir a la calle y un día las invité a casa, al patio de cemento debajo del parral. Una no me sostuvo y me caí, la cara aplastada contra el suelo. Qué viva. Y ahora, cómo voy a confiar en un tipo que se las da de nazi. Me gustaría ser la arrastrada y burlarme: los hombres terminan con la lengua afuera. (La lengua, dije).


TRADUTTORE TRADITORE

Soy estudiosa y me lo tomé en serio. Caí una mañana en la escuelita de Marisa y no sabía qué pensar hasta que de repente vi al nuevo instructor, a prueba, un chico con pañuelo negro en la cabeza, un galleguito en el trajín de la lechería. Lo conocía del taller de Gambeteando.
_¿Qué hacés acá? Te dejé plantado una noche debajo de la lluvia y me fui como una diosa en el taxi. ¿Te acordás?
_No importa, olvidate. Acá estoy a ver si me toman. Necesito trabajo.
Por aquellos días había empezado la historia con el nazi. Ya te lo conté, Sandra. Un abrazador a la brasa, lo más tierno que encontré en mi larga, larguísima vida.
_Sos el que mejor baila, sos tanguero, le dije al chico del pañuelito, pensando en el otro.
Traidora de nacimiento. O será que el nazi me despertó una ternura universal.
_¿Yo, tanguero?, dijo el muchacho.
Cuando llueve siento que tengo derecho. La lluvia me cae bien y es lindo ver a través del vidrio de la puerta del auto cómo brilla la cara mojada del abandonado después de haber sentido que me alumbraba.
_Estudié química, siguió el joven, medio abochornado.
_Me sacaste diez años de encima pero no por eso creas que…

Yo nunca pude saltar, bailo al piso. Ahora lo busco al muchacho y no es para tanto. El pañuelito negro. Aquella tarde me hizo volar más que saltar, la única vez, en un rincón de la escuelita de Marisa, con espejo. Me fui, huyendo (como Fede, el bipolar. ¡Huyamos, huyamos!). Bajé por el asensor hasta la calle y vino detrás.
_-Justo ahora tengo un novio pero igual…, le dije.
Me gustaba el aire de pirata, los ojitos oscuros. Ese día no llovía, me costó arrancarme de él, era la luz de la mañana, pero al atardecer. Se ve que alguien lo vio arrimado a mí y perdió el trabajo, no lo contrataron.
Yo tenía que comprar pescado para llevar a casa, me apuré antes de que cerraran. Capaz que llamaba mi amigo nuevo, mi nuevo amor, mi aparecido. Y nada, voy y como sola pero estable. La misma mesa al lado de la cama, el sitio preferido para la tele, el teléfono. Me toco la mejilla derecha: un bestia me apretó hasta dejarme la marca de los anteojos en la mejilla. ¿Por qué no se quitan los anteojos? Era bajito, más que yo todavía. Miro un punto del horizonte que no se ve. Hay humo, mal olor, se dice. Y el humo es la caricia de los sucios de vivir en la calle.
_-Si comés el menú mediterráneo te conviene ver el canal de…
_-No tengo cable. Leo poesía. Poco a poco el tono silencioso de los poemas del profesor de italiano me está torturando. Pero no quiero morir de tedio intuyendo la imagen de la corteza del árbol que cae -según uno de sus poemas más citados-, “arrancada por las patas de un pájaro carnicero”. ¿Escuchaste a Luigi Nono? Sé que hay un país más allá. Y será el verdadero.
Aquí, ni fuerza para volver a sentarme en fila lateral y hacer de imagen por delante del espejo, tengo. Lucía se corrió a la biodanza. Yo duermo, cuánto duermo a la hora en que lo demás trabajan.
Y estudio, a veces. Más fácil es el inglés que el italiano para mí. Conocí al profepoeta de Bologna en el Congreso zen. Era uno de los expositores. Hablaba suavemente, no se le entendía y, cuando terminó el programa del día lo llevé a Niño Bien. Traduttore traditore.
Me gusta traducir el tango del hombre, el movimiento inesperado, eso sí que es de experta. Milonguera hay que ser. Nadie te da el diploma y todos te toman examen. Yo nunca lo voy a conseguir, creo. Tengo las piernas cortas. Ahora dos hombres salieron a bailar por su cuenta y la pista se puso negra. ¿Dónde era? La diversidad, la globalización: no hay dónde, es en cualquier lado.


COCINERA CHINA

Camino a lo largo de la calle Venezuela como si fuera a encontrar una verdad escondida en los zaguanes. ¿Son los zaguanes de Buenos Aires o qué? Llevo los zapatos de taco en el bolso y voy tomando impulso: cuando aparece alguno en sentido contrario sigo en línea, que el otro se corra para dejarme paso. De paso, voy poniendo la punta y el metatarso primero, casi no apoyo el talón y suelto la pierna como acariciando las baldosas medio rotas. Sé que nadie me espera, podría no estar.
El otro día, el pensionista del fondo se sentó en la cocina, descalzo y gritaba ¡No soy, No existo! desafiando a todos, con la botella de vino abierta sobre la mesa y el vaso vacío. A esa hora de la tarde la policía no tarda en llegar y se lo llevaron cuando quiso forzar la puerta de las chicas y obligarlas a aceptar un regalo: media docena de factura. No era, no existía el pensionista, yo sí.
Aunque podría no estar en este atardecer entre casa viejas y galpones, hoteles alojamiento y librerías donde venden productos de limpieza, nueces y dátiles, pero me encontré casualmente con la señora del kiosco que llevaba una pasta frola para vender en la milonga. Está calentita. Tengo y no tengo hambre, con cada paso que doy avanzo sobre un recuerdo distinto. El cuerpo los lleva puestos, como un calendario sentimental. Aunque de repente aparecen figuras desinfladas que no quieren decir nada, salvo que están, duran. Comprendo que debí terminar el curso de cocina. ¿Un ama de casa impecable? No, pero hubiera viajado.
Media hora más tarde, con los zapatos de punta, me mareo en una medialuna. Es imperdonable, el taxista que baila de costado me sostiene y los dos terminamos tropezando con el ejecutivo que fue con la novia. Si avanzaran en rueda, como es debido, se caerían varias parejas empujándose unos a otros y la pista sería un revolcón.
Salgo despeinada y confusa, otra vez a caminar las doce cuadras que me separan de la pensión. Y en un portón lo veo al loco que no existe. ¿Quiere pasta frola? le diría. El hombre se pone de cara a una puerta blindada y orina. Un perro husmea y hace lo mismo, con la pata levantada. Cruzo la calle, el semáforo está en rojo, una camioneta me asusta y se me cae el bolso de los zapatos de tango, nadie me ayuda. El perro ladra finito, como angustiado. Es tarde para volver atrás y sin embargo en el asfalto queda mi pequeña fortuna, aplastada.
Esa noche decido renunciar a todo. Enciendo la radio y escucho. Alguien me habla, me están dando instrucciones para que vuelva a buscar en la plaza Once los zapatos que me arrancaron. Sí, en un banco de plaza aparecen tantas cosas. Supongo que otra mujer se está probando un par de gamuza con moño en el empeine. Le quedan bien. No son los míos, pero. La mujer se va caminando sobre el caminito de grava y apoya primero la punta, luego el metatarso y enseguida avanza la pierna como acariciando a los trompicones el ladrillo desmenuzado. Los va arruinar a los zapatos, no le costaron nada. Así son las cosas fáciles. Me quedo dormida como si bailara en brazos de un mandarín y pienso en sueños: de ahora en más voy a ser cocinera china.


GUTURAL

-Buen viaje, para empezar, le digo a la que llama. Es una época genial para ir al sur. Yo estoy más o menos bien, aunque tengo ataques de nostalgia que me saco de encima bailando. Voy a ser abuela otra vez (de mi hijo Leandro). Anoche fui a una milonga fina de Belgrano con Alcira Leni y era imposible bailar de tan llena que estaba. Me encontré con el senador, es un pillo. También estaba mi vecino, de manera que tengo testigos de cómo apretaba. Y nos fuimos, estábamos hartas de no tener silla ni mesa. ¿Por qué senador? Porque baila en el cenador de Barrancas, una pérgola en lo más alto del parque que sirve de milonga los domingos, casi al aire libre. Es gratis.
La verdad es que ayer nosotras no pagamos la entrada en la milonguita, en medio de la confusión, ni la coca cola que tomó Alcira pagamos. Como ella tiene auto vinimos al centro entre rezongos y amarguras, a la milonga El Beso, cerca de mi casa. Estaba llenísimo también. Ponen tangos con letra cantada a ver si la gente escucha el argumento y para de hablar. Si yo tuviera plata y auto renunciaba, no tenés dónde estacionar.
_¿Sabías que?
_¿Qué? Cuando llegamos hubo que esperar, no nos dejaban entrar por el exceso de gente. Salió una y pasamos dos gracias a Alcira, que lo ablandó al de la puerta. Asaltamos una silla vacía, había un chal en el respaldo, seguro que era de alguna que estaba bailando.
_¿Y cuando volvió la mujer?
_Yo no estaba. Justo te da hambre en ese momento y Alcira se fue a la barra a pedir una empanada, a mostrarse en el enjambre de gente. A mí nadie me miró. Alcira, en cambio, tenía un vestido negro de seda, escotado y con volados, es rubia, tiene actitud tanguera, en fin, la sacaron enseguida. Yo esperé hasta que se animó conmigo un chino o japonés, no sé, no sabía hablar pero decía algo gutural, era rechonchito y de piel oscura, una verdadera mezcla de razas e idiomas. Bailaba muy mal, un pasito así y otro asá, todos iguales, bien de frente y pegado. Cerré los ojos y dejé de pensar. Nunca lo había conseguido. Con el nazi, menos.
Luego me quise ir, y Alcira se quedó fumando en la calle para volver a entrar y seguirla. Era la una y media. Creo que la publicidad que le hizo a las milongas nuestro congénere literario, Cozarinsky, debió pagársele: están atiborradas. Claro que no se puede bailar y no tienen clima. Llamame, le había dicho al senador. Y le di el número. A veces me alimento con lo que queda del día anterior. Dormir en brazos de un turco, japonés, malasio o chino, me digo, masticando. Me admira saber que ese mito de llevar a la mujer “como dormida” es verdad, comprobable con la propia experiencia en el caso de una mujer doblegada por un fantasma bailando con un extranjero que no sabe. Cariños y buen viaje, vas a extrañar a tu novio pero mejor, que él también te extrañe. Y yo, qué hago si me llama… ¿Quién?


CELESTESOJOS


_Parezco de diecisiete ¿no?
_No. De setenta.El hombre manipula el celular y atiende los mensajes
_Te espero, le dice a la otra. ¿Dónde? ¿A qué hora? Porque salió el sol, es primavera y la gente hace pintar las casas.
_Allá, en Europa, es otoño y a los chicos les pagan setenta euros por día. Pero tienen que arruinarse las manos y hay muchos universitarios, médicos, músicos, malabaristas. Acá hice pintar mi depto por cien euros, fijate.
El hombre habla de una mujer que “no es para él”, dice. Bailan juntos, se entienden y van a caminar: en la tarde del domingo estar solos es peor que de madrugada. A mi, entre tanto, el fantasma me echa la soga al cuello y suspiro. ¿Cuántas veces soñé un campo de trigo que se mece al sol, como si la música de una habanera lo estuviera empujando? Es el domingo, día fatal.
En la esquina del obelisco ofrecen abrazos gratis. Y no hay que pagar entrada. Yo pasé de largo, no me animé a ser la que se hace abrazar en la calle. Pero en la milonga todos hacemos eso, pagando entrada o no (porque muchos hombres entran gratis).
La amiga de Londres me escribe: está enferma, nunca podrá volver, los libros que escribió los publicaron en inglés y no los reeditan. Uno cuesta cien dólares. Acá no interesan. Nadie los va entender, dicen los editores. Y después hablan de mundo global. Global el de Tinelli ha de ser. ¿Y si volviera? Ya no, la enfermedad, el avión.
En la presentación del libro del milonguero estaba la norteamericana. Estoy de más. A menudo estoy de más hasta que lo veo al poeta famoso, con sombrero de lana de colores y una remera verde. Presentame, le digo. No lo hizo, pero me pasó el brazo por los hombros como a una vieja amiga. Lo registraron los chusmas y de ahí en más me crucé en la pista con una mirada celeste, gris, verde (no sé, no era local, me acordé de Hudson, un admirador de los ojos azules que teorizaba sobre las razas a partir del tinte del cielo entre las pestañas).
Después bailé y, a propósito, con los zapatitos sin taco. Tenía en el bolso unos parecidos a los que había perdido pero no me animé a ponérmelos. ¿Me tenés esto?, le dije al único muchacho que escuchaba la música, sentado en la escalinata. Y salí a bailar con un desconocido, pero universitario. Es raro, me imaginaba que me aceptaban los estudiantes, los de ojos celestes, los que organizaron la presentación, y hasta el mismo escritor consagrado y la periodista. Sí, mal vestida y adrede, para mostrar que no me hacía falta. No creo en el arte. Soy del anti-arte, como le dicen. Quisiera ser un ama de casa. Me salvó de aquello el pintor. Había venido a buscarme, el barullo de los que hablaban era infernal.
_No saben, no escuchan, creen que es música rockera, dice_. Bailan de memoria.
_No creas, en la pista te enchufás.
Nos fuimos al bar y me hizo confesiones: ¿Te imaginás si los que bailan zamba o salsa tuvieran que pasar por estos exámenes antes de sentirse con derecho a entrar en la pista? Somos retorcidos los argentinos.
_Es lo que dice Sandra.
_Los que nacieron acá y vivieron siempre en el barrio pueden tener tu edad pero se inventan un pasado de milonga aunque en los sesenta al tango no lo bailara ni dios. No, sos de academia, te dicen. Y perdiste. Entrar ahí, fijarte cómo las chicas te barren con la mirada. Después, si sacás alguna, temblar: te están estudiando los sentados. No, no te alcanza.
_¿Y no tenés ganas de bailar, ahora?
_No.
_Yo tengo porotos aduqui, en casa.
_¿Aprendiste cocina china?
_Sí, un poco. El curso es interminable, paciencia oriental, calma, aguante por sobre todas las cosas. Una mujer que baila con nosotros quiere conseguir trabajo en el chino de la vuelta de la pensión. Yo me aburrí. Vamos a mi casa y hacemos una comida. Capaz que hay una película en la tele.


IMAGINARIOS SIN OLVIDO


“Solo, solo, solito he de morir”, canta el dueño del vals. Porque el cantor se hace patrón del oído, los músicos obedecen y el vals gira alrededor del solitario como una calesita cándida y un poco destartalada. Ese día el Fantasma era un hueco entre las parejas y yo fingía perseguirlo guiada por el marido prestado con el motor de su corazón que balanceaba la música, tic tac, el tiempo. Otra vez la soga al cuello, el suspiro.
–A esta altura de la vida el que todavía está solo…
_Yo, por ejemplo.
–Perdoname, qué bestia.
_No, si no me da vergüenza. Fue porque quise que lo dejé. Uno hace cada macana.
Yo mentía. ¿O no mentía? Miento, por si el Fantasma me estuviera escuchando, debe saber que a veces lo extraño de tal manera que hasta le pediría perdón.
–Y vos ¿qué? ¿preguntaste para saber?
–No, como sacaste el tema de estar sola, solita… La conversación me llevó.
–Veo que no estás solo, si no, no lo hubieras dicho.
–Es cierto. Pero igual, más o menos me mido, me arreglo, me…
Era el momento de Pugliese pero estaba tardando, íbamos a bailarlo juntos. Sentada de espaldas al espejo sentí que me miraba mi compañera de mesa.
–A mí no me sacan los altos porque dicen que no pueden y acabo de bailar con un noruego gigante y todo bien.
­Tenía ganas de hacer pis, obra del Invisible que me llevó al baño justo cuando empezó la tanda. ¿Será Pugliese esto que tocan?, le dije a la petiza. Cuando volví, el marido prestado bailaba con otra y la de al lado había dejado la silla desocupada. Ahí mismo se sentó ya saben quien, se burlaba con risita fantasmal: ¿No tendrás cistitis? ¿Incontinencia? Pugliese lo hizo callar, el espejo vacío acentuaba su presencia de vampiro, salimos imaginarios a la pista y la cadencia de los nervios vibraba en la huella del violín, trazando un caminito con ochos y quebradas por donde circulan los pocos deudos que en el mundo han sido. El pasado, lo imposible alojado en el cementerio, el mausoleo de la milonga, el féretro del abrazo y el aliento de la carne pudriéndose en las orejas pegadas. El fantasma que escucha y sabe, sin olvido. La mano dura.


JUGANDO AL CUARTELAZO


La milonga reluce como un teatrito de títeres abierto en la temporada. Palos, risas, una nube de polvo que ataca el escenario. Y al final, los que movían la danza se escabullen por un pasillo y a otra cosa. La certeza, la confirmación esperamos. Ser mujer es dudoso. El hombre se confirma con otro, al derrotarlo. La mujer, si es mirada por el hombre (estoy aprendiendo, toda la vida para salir aprobada). Los titiriteros ¿salen a bailar? ¿Los sacan o los quitan? Cuando iba camino de. No, digo que venía. Volver es haberse ido. Estar ausente. Y volver a la milonga es estar en su sitio, siempre de paso, aterrizando. Como Sandra.
Me siento donde me dice la moza y le pido agua sin gas. Miro hacia todos lados; estoy de suerte, en una mesa veo al anciano elegante que baila como milico. Seña, me pongo de pie, entramos a la pista y camino con parsimonia, seguida por el humano caballero que seguramente me está estudiando de atrás. Vestida de rica con ropa de mi amiga yo también soy elegante, por un rato.
Pero, cuando bailo, la habilidad me justifica. Sé cómo interpretar al de los ochos bruscos, como diciendo cuerpo a tierra, Der! Quier! ¡Mar! y me limito a burlarme del destino que nos pone a los dos en un mismo abrazo. Después salgo con otro:
_Poco me va a durar la muñequita, dice. Nunca te había visto por acá.
_Lindo este tango ¿no?
_Linda sos vos. ¿Ves que te miran? (dudo, este hombre no ve nada).
--¿El sábado, venís el sábado?
Al tercer tango giramos como si nunca hubiéramos hecho otra cosa en nuestras vidas, pero no sabe la quietud, eso le falta, no siente el estar ahí. Vaya a saber. Usa jopo y el pelo canoso bien peinado, cepillado. Se va. Mejor me voy, habrá pensado, me voy caminando bajito rumbo a Corrientes y quizás me la encuentro en un bar, como mirando la calle a ver si pasa el que. El fantasma, pienso yo. La ternura es inevitable, vio la frente de su madre en la mía; un hombre conmovido entre los que viajan a la hora de salida de las oficinas. Nuestra calle es caminar la ciudad decadente, el humor falso de los vendedores de artesanías latinoamericanas, el empalagamiento de los pocos árboles que se derrumban sosteniendo pasacalles, troncos/postes donde se pincha el cartel con el número de los vehículos que interceptan el tiempo y el destino con una llamada doméstica.
Me acomodó el flequillo y me dijo Linda. Cuando bailo sonrío, es la felicidad, me vuelve linda. Subo al micro y la mujer que está protestando se sienta al lado, en el asiento vacío.
_Presenté la denuncia, explica. Estuve esperando, pasaron tres y no pararon. Qué se creen. Por suerte, estaba el inspector. Soy médica, sé mis derechos.
_¿Qué especialidad?
–Dermatología.
_Justo ¿qué puedo hacer con esta mancha en la nariz?
_No le conviene, usted tiene muy buen cutis.
Sí, el baile, ahora me está bailando la piel, todavía reluce. Luego se aquieta la energía y me olvido hasta de mí misma.
-Si se la quitan, le queda blanca y se la tapa con un buen…
-No uso.
_Entonces ¿se baja?
_Sí, llegué adónde... llegué.
_Que tenga un buen año, me dice, es una persona amable.
_Hay que saber envejecer, sin amargarse y con arrugas.
Cruzo la calle a los tumbos, primero por una esquina donde no doblen los autos, pero doblan, me equivoqué. Vereda impar, no, es la otra, vuelvo a cruzar, me apago, me voy apagando como una velita de cumpleaños. ¿Soplaron en contra? No, ahí no voy, a esa milonga no, no llegué a tanto, dice la milonguera que sabe, la de Urquiza. ¿Por qué será que ahí no? ¿Qué tiene ese antro, ese reducto sin reducidos? Reducci son los de la guerra, ¿los que estuvieron enrolados? ¿Presos? ¿Los de la resistencia? El nazi dixit: Pesados. Y ahora me acuerdo de la otra: _Tenía ganas de bailar y me vine. Se sentó a mi mesa, se quitó los zapatos y se puso los de taco finito, se levantó y fue a saludar a una amiga de modo de cruzar entre las mesas y que la vieran, lucirse.
_Acá son todos viejos, pero igual. (Me miró...). Bueno, lo que quiero decir es que son un plomo. Y petizos, lo peor. (Dale con la atura).
_Ahí tenés uno alto como vos.
Pero ya estamos saliendo, con cualquiera. Y las dos al mismo tiempo, qué suerte. Cuando la otra se queda planchando me da culpa y si la que plancha soy yo, qué abandonada, qué brusca caída de las acciones. El poder que distribuye el bien milonguero es de los hombres. Tanto para ésta, tanto para la otra. La cantidad no alcanza para todas. Te pongo la banda, te presto el bastón por un rato, yo te lo doy y te lo quito, mujer. Te quiero tanto. Es un amor de novela.


LA PLANCHA


La señora va al baile con su amiga joven. Ella, vestida de entre casa. ¿Tiene derecho, un ama de casa, a jugar de milonguera? La menor, sencilla pero linda, insinuante, fresca. Se sientan al costado, donde empieza la fila. Unas columnas les impiden acceder al panorama de hombres -escasos a esa hora- y, sobre todo, les esconden la mirada posible aunque a ellas se las puede ver. Juego de espejos tapados. Soy yo, yo misma. ¿Estoy acá, tapada?
–Me quedo aunque no me saquen, digo.
–No es nada.
–Nada no, yo quiero bailar.Tengo que acomodar las plantas del balcón y las dejo estar, día a día, hasta que llegue el verano y estén secas, achicharradas. Un mundo sin esteras, plantas, sombrillas, arena, agua. Un mundo de cemento que ya ha sido lamentado por tantos otros. Es tarde: la encerrona de vivir demasiados años. ¿Qué cambiar? ¿Un helecho por una trepadora? Acaban de sacar a la joven. Mascullo: ¿qué cara poner? ¿Debe esconderse la bronca? ¿Debe ocultarse el horror de saberse afuera por la piel achicharrada, como un palo de agua sin humedad? ¿Cuál es el código? Un rictus amargo en la comisura de la boca es más que expresión inevitable: es una palabra dicha a ese sector de gente avinagrada que me espía, me espeja.
El fantasma ya no importa. Lo he perdido. Solo cuando brilla la certeza de ser una mujer se me aparece para ahuecar la garganta con la mano impalpable. Pero no de azúcar. Ahora no. Sonrío calculadamente, para llevar la contra y fingir, pero otra vez estoy errada. La ruptura del gesto humillado va en contra, no me conviene. Ser impasible, como la diosa de un poeta maldito, inalcanzable. Salvemos la vaca, liberemos a la mujer, dijo uno. ¿Y? ¿Hacía falta un torito para redimirse?
Lentamente, me voy quitando los zapatos de taco y me calzo las sandalias de monja.
–Ya me voy, estoy mufada y te contagio.
­­_Y a mí me sacan, justo a mí, que no me gusta estar tan cerca de los hombres, a menos que…
_El abrazo, sentir el corazón del otro -recito-. La gente cree que el tango es lujurioso, el contacto que unifica el pulso entre los bailarines no se ve desde afuera.
_¿Cualquiera sirve para bailar?
_Cualquiera, basta que tenga riñones y sangre.
_No, a mí no me gusta bailar apretados.
Pero… ¿No será que esto es un circo del levante, apto para mujeres tontas? ¿Yo, la más tonta de todas? Saludo a la norteamericana que está en una mesa visible pero no me quedo con ella, para no contaminarla con el fracaso y salgo a la calle a caminar la misma avenida que otras veces me parece propia, conquistada a fuerza de ochos, ganchos y voleos. Sí, es mía, esta calle, esta ciudad, y yo no le pertenezco.


MILONGA TRISTE


Ya me aburre, me pesa, se vació de alegría la pista aderezada con maquillaje de barrio. Una sombra se acopla a los bailarines y los tapa. La copia montada sobre el original. “¿Tenés la costumbre de contarte lo que pasa mientras estás bailando?” No, Sandra es la que pregunta. Me dice que el frío la paraliza, que todos tenemos una sombra caída sobre los hombros y que no me ponga más los zapatos usados, que deben tener un maleficio, por eso será que los dejaron ahí, juntitos como si los pies se hubieran escapado de su horma, previendo la desgracia. En los hombros no tengo nada pero siento algo. El fantasma, la proyección azul de un compendio de amarillo y rojo. Lo que queda cuando te retiran la imagen, no me hables más, Sandra, porque ya no te escucho. Sos parte del peso que pasea por la ciudad cuando el deseo desencaminado me opone a la figura de la diosa, la completa figura elemental del presente, la presencia.



EL ABRAZO DEL FANTASMA

Me fue genial. No volví a hablar con el nazi, lo llamaré dentro de unos días, ahora sé que lo estoy compartiendo con otra y no me atrevo a molestarlo. En cambio, fui a la milonga y encontré a dos que bailan con estilo supermoderno -yo sé seguirlos, pero no bailo así con nadie- y fue de locura. Le dimos a Pugliese.
Era un viejo como yo el hombre y no te imaginás las cosas que hacía. Me dijo:” Pugliese es inescrutable. Uno cree que lo tiene y no, es un enigma”. Mirá qué lenguaje, y no estaba armado para nada, es un señor dueño de una fábrica chica que se toma el jueves para ir a bailar y tiene nombre de telenovela: Alfredo Simón.
–¿Te gusta?
–No, qué tiene que ver. Después bailé con otro Alfredo, a ése lo conozco de la Universidad. Y baila enroscado, es bueno y escandaloso pero en la milonga pasa inadvertido, por mucho que él quiere mostrarse para conseguir alumnas extranjeras. Y a mí me toman por extranjera, por el corte a la francesa. Soy porteña, le dije a uno, “de Paraná y Corrientes, mi domicilio legal”. El hombre se desilusionó pero es un caballero y quiso arreglarla: _Igual, sos una “mujer fina”. ¿Qué te parece? Me dí un gran gusto. Estuve tan contenta que fui a caminar por Corrientes y pensé otra vez que de aquí no me voy más, esta ciudad es mía, yo soy esto, por esta calle a esta hora. Una extranjera radicada para siempre.
Me compré un libro en la calle que no duerme (la calle), y fui a ver una película genial de Fassbinder. Luego, a la vuelta, me crucé con una amiga, y la acompañé a caminar y buscar una comida que había encargado. Se habían equivocado en el pedido y nos convidaron con jugo de naranja y empanaditas para compensar el inconveniente, de modo que cené gratis y me volví a casa. Un refrigerio, dijo el del mostrador. Sí, un refrigerio en un día mágico.
Bueno, creo que soy bipolar yo también y luego vendrá la gran tristeza. Por ahora, me siento feliz porque el nazi me quiere (ahora que anda con otra me llama, estoy segura de que me quiere y no soporta la soledad de mí). Y soy una buena bailarina.
Respecto del pensionista, me da no sé qué, Sandra (¿cuándo vuelve tu avión de París? ¿vas a seguir haciendo el recorrido directo?). Es un gran tipo y le tengo cariño, pero está al lado de la cocina y... Paso por el pasillo y huelo olores, él no estaba, la dueña buscó la llave y entró acompañada de Rosa, que limpia, yo me arrimé y descubrimos el cenicero lleno de puchos. Y yo, que lo confundí con el humo del fantasma, el olor horrible de haber desaparecido sin estar muerto.
Luego, en el momento en que voy a comer junto a mi amigo Ariel (me dejan invitarlo, a veces), escucho al hombre en la cocina, me acerco a buscar no sé qué y descubro que la Tana le está diciendo de todo, por lo bajo. ¡Tenemos tantos hijos, las mujeres! Bueno, o deja de fumar o se va, está resuelto.
–Qué van a ser hijos los hombres! Yo no aguanto que me abracen, ni los conozco, todos sudados.
_¿No? Bailá salsa. A mí, quién sabe qué me produce el abrazo. Los del Fantasma son extraordinarios. Y luego ¡esa manera de bailar! Ya ni el sexo me importa. Pero veré qué pasa con Ariel, que quiere hablar con la Tana para alquilar la pieza vacía.
–Yo te hubiera encontrado en el cine, para ver a Fassbinder, pero me olvidé.
_ Daban “Martha”, la historia de una mujer dominada por el marido sádico. Desopilante y terrible. Muchas de las cosas que le pasan me pasaron a mí. Les tengo miedo a los hombres metidos en casa y con poder de decisión, no te los podés sacar de encima. Pero -con casa o sin ella, mandan-; creo que me gusta haberme sacado de encima al nazi y querernos, sin embargo. Es rarísimo. ¿Puede un fantasma ser una persona real, noble y ardiente?


TARJETA ROJA


He llorado de emoción por la cartita del nazi recuperado (¿no serán nazis todos los hombres?). O estoy medio reblandecida de tanto ir a la milonga y sentarme con la cabeza gacha esperando que alguien me vea sola y triste y que luego, cuando levante esporádicamente la cabeza y haga un paneo sobre el grupo de señores, uno de ellos me esté haciendo señas.
Lo que sí, me río, hasta me río con ellos. Imaginate al Comandante de vuelo (es un aeronáutico que baila bien milico pero es un tierno, se hace el simpático diciendo que trabajaba en aerolíneas y...), con él, nos hacemos señas absurdas y nos matamos de risa. Venga con Miguelito, me dice, y me abraza. Si viene otro a sacarme y hay confusión (cosa que ya pasó tres veces) él sigue su camino como si nada y luego me saca al día siguiente y me dice que me puso tarjeta roja o algo así. Entonces, grotescamente, me hace señas muy exageradas, yo me señalo el pecho como diciendo ¿A mí? ¿Está seguro? y él confirma del mismo modo, agitando la cabeza. Todos deben ver que nos reímos de esas estupideces. Luego se acerca y me quiere seducir explicando cuestiones de matemática.
_¿Vos sabés a qué velocidad se mueve la tierra alrededor del sol? (Y siguen cálculos).
_Si me querés hacer pensar no bailo con vos nunca más, le dije.
_No digas así que tenés tarjeta roja.
_ Pero me perdonaste.
_-Sí...
_Porque soy irresistible, le digo (y jura que si se divorcia se va a casar conmigo. ) _Primero tendrás que saber si yo quiero. ¿O me vas a secuestrar? (me salió secuestrar en lugar de raptar).
Bueno, basta. Son un disparate los hombres, aunque no críen búfalos como uno que conocí ayer. Mientras, otro me explicó cómo hace la masa de los canelones mientras bailábamos con Tanturi (cosa que odio, hablar y que no dejen escuchar la música, pero bueno...) y qué cantidades de cada cosa debe poner, ahora que la mujer está en Mar del Plata y él se arregla solito y hasta se lava y plancha. Luego, cuando ella vuelva, solo puede salir una vez por mes, el día del grupo de ex combatientes, cuando se escapa de la casa. Soy un ave de paso, dijo. No puede ser, y yo que pensaba que los hombres hacían lo que se les daba la gana.
En fin, te cuento otra cosa: la Tana le dijo otra vez al pensionista colombiano –el pobre está sospechado de robar yougurt de la heladera y fumar encerrado en el baño- que se fuera y él rogó, diciendo que iba a salir a fumar al pasillo.
_No, nada, a la calle en todo caso. Aquí no quiero.
¡Y vieras lo que se descubrió! Es naturalista new age y parece que tomaba pis todas las mañanas, por el reuma. En el cuarto había varias botellas de coca cola llenas de orines viejos. ¡Un olor! Era de ahí que yo sentía…
Bueno, ya te lo conté. Sandra, te quiero mucho ¿estás en el aire o llegaste a Ezeiza? Te quiero mucho ¿sabés? Sos un lectora verdadera, real. ¡Vos sí que me hacés el aguante!


VIDRIO PICADO Y PARED AL FONDO

La mujer estaba apoyada junto a la pared del depósito vacío, enfrente del salón de baile. Era la que viene a bailar cada tanto y se sienta a mi mesa, se quita los zapatos y los deja bajo la silla para ponerse los de punta y moño, los parecidos a esos que me aplastó el auto en la calle Venezuela.
–Qué asco, cambiarse ahí mismo…
–No digas qué asco, acá se te pasarían esos melindres a vos.
_Dale, contame.
–Bueno, estaba afuera, a cara descubierta, vigilando la entrada del salón como si estuviera esperando el colectivo.
_ ¿El colectivo, el micro?
–Sí, pasa un micro por esa calle y está la parada a veinte metros. Yo me puse en guardia. ¿Qué estaba haciendo aquella mina? Algo iba a salir mal, los zapatos esos…
En la esquina se veían los carteles y las banderas, la gente en columna avanzaba tomados del brazo, gritos, frenadas. Era un día más, sin embargo yo tuve un presentimiento fatal. Y efectivamente, nadie me sacó en las dos primeras tandas. Son como perros los milongueros, te huelen el miedo.
Al final, casi pegado a la barra vi al marido prestado. Me hizo una seña imperceptible y me puse de pie para comprometerlo sin importarme que en la mesa de al lado otra hiciera lo mismo. Veremos, me dije, a ver quién gana.
El hombre avanzó por el pasillo, yo también, nos acercábamos en dirección a la pista mientras a mi espalda el movimiento de la mujer que había quedado en banda me hizo sentir un escalofrío, miradas adversas, algo que me atrapa, me impide.
Y en medio de todo aquello, de refilón, la misteriosa de la calle: había entrado a la milonga y se sentaba en mi lugar.
_ ¿Justo a tu mesa?
_En mi propia silla. Tan desconcentrada estaba yo que bailaba como una escoba y me atasqué enganchando la media a la altura del empeine con el taco del pie derecho, un lío, casi nos caemos.
_ ­¿Y qué pasó?
–Antes de que acabara el tango el marido prestado me llevó al fondo y me suplicó que lo disculpara: tenía que dejarme. ¿Cómo iba a volver, sola, atravesando la pista mientras los demás bailaban amartelados? Me escurrí como pude, pegada a la pared, sorteando las mesas, y llegué a mi lugar, en el otro extremo. La recién llegada había tirado mi campera y mi bolso al suelo y ni me miró cuando me senté a su lado, tratando de acomodar las cosas desparramadas:
–Ése, ése que bailaba con vos…, me dijo.
_ ¿Qué pasa con ése?
_Es mi marido, el turro. Viene a la matiné, mi amiga me lo había contado, vine para pescarlo y...
_¿El que bailaba conmigo es tu marido?
Pero no siguió explicando porque ya sonaba la cortina separadora y el hombre se acercaba a nosotras como si fuera de los que sacan arrimándose.
_ ¿Venía por vos?
_ ¡No! Enfilaba hacia la otra y se enfrentaron un rato tan largo que no terminaba nunca hasta que el marido ladeó la cabeza, la mujer se puso de pie, arrastró el mantel y la botella de agua rodó al suelo.
_ ¿Vos, tomás agua?
–Y sí, bailar te da sed… Bueno, ya estaban tocando un vals horrible que dice Hermana, hermana, hermana… y aquellos dos salieron a bailar como si fueran enemigos abrazados a un mismo poste.
Pero nada de poste, la verdad es que bailan de novela, una sola figura que se enlaza a sí misma y se separa y retoma y se desnudan rozándose con las piernas. La cinta de Moebius, dice el profepoeta.
La amiga me contó que a la hora de la siesta el hombre se escapaba de la oficina y se metía en la milonga. La esposa, bien astuta, lo descubrió aquella tarde y no le dijo esta boca es mía, ni un reproche. Nunca más hablaron del asunto. No hubo explicaciones. Los dos hicieron como si no hubiera sucedido. Y desde entonces van juntos a Gambeteando. Se sientan por separado y salen con quién cae, como si no se conocieran, como si fueran otros. ¿Viste cómo terminan los albañiles la parecita del fondo de las casas? Las rematan con vidrio recortado por los ladrones, como la de enfrente, la del depósito vacío. Así es el matrimonio, pared y vidrio picado. Si uno salta, se pincha. No sé por qué, decirlo me da nostalgia.
_ ¿Y el marido prestado…?
_Pinchado, se acabó. Pero no importa: ayer había un cumpleaños y nos invitaron con torta y sidra. Me bebí una copa entera.
Después de soplar las velitas y cantar el cumple feliz, me sacó un señor de camisa negra (dicen que son los mejores, ya sabés...) Era un maniático, la milonga a lo darienzo le parecía lenta, me hacía dar vueltas a todo lo que da, una calesita, yo saltaba apoyando apenas la punta de los pies como un pajarito acorralado. Bailamos dos piezas y le dije: Me canso, señor, me agito mucho, y largué.
Lo había despreciado, pero con buenos modos. ¿Acaso el marido infiel no me hizo lo mismo? Fue una sacada alta, de flanco, como para mandarme a la basura. Sí, le corté el rostro al maniático. De ahí en más, cayó un candidato tras otro y el tipo del mal de San Vito me miraba con rencor. Pero la platea de los hombres me entró a valorar, qué maravilla. Hasta me distraje masticando la torta del cumple y oigo que uno me susurra “¿Baila?”, hablándome en la oreja. “Sí, claro.” Me había cabeceado de lejos, no me di cuenta y se animó. ¡Qué grande, Sandra! ¿Acaso me iba a hacer la difícil, yo?
Pero sonreí misteriosamente y dejé que siguiera en la suya, cepillando el suelo con polvo de talco mientras la voz de Fiorentino se iba lejos, diciendo “…pero no vas a negarme/ que cuando vos fuiste mía/ juraste que me querías/ y no me ibas a olvidar/ y que ciega de cariño/ me besabas en la boca/ como si estuvieras loca/ sedienta y…” Lástima, me olvidé la letra, no sé cómo sigue.

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