Poética del agua
"Son necios los hombres -esta noche, bailando con todos,
será como si estuviese desnuda, como ahora, y nadie sabrá
que podría encontrarme aquí sola. Seré como ellos.
Si hubo un poeta que decidió mi actitud ante la poesía fue Cesare Pavese. A menudo se puso en el lugar de las mujeres y supo nombrarnos más allá del mito y la invisibilidad. En sus poemas, el acontecimiento es el aquí y ahora, el tiempo, que sucede en la escritura. Leyéndolos, interrogándos, descubrí la narración como metáfora. Antes había escrito ingenuamente, solo para expresarme/pensarme. Empleaba el recurso repetido de la comparación y la sustitución simbólica, y el verso era una una frase musical.
Sentimos la incertidumbre de sentir lo que no se sabe cómo decir, queremos nombrar de otra manera, y damos un rodeo por el mundo para encontrarnos en casa, nos "subimos" a la metáfora cambiando de vehículo una y otra vez, como dijo Felisberto Hernández. Publiqué varios poemas de esa época en mi Antología Personal.
Pero la metáfora es una manera, un procedimiento poético. ¿No habría otros? Porque, siguiendo el camino de lo similar, el laberinto del espejo, todo serviría para nombrarlo todo. O nada. Había que vaciar la metáfora.
Con Pavese descubrí la "poesía narrativa", no ya la semejanza sino el acto, el suceso, la diferencia. La metonimia, diría años después. Una narración mínima con un sentido simbólico que la trasciende. Algo de parábola, de ejemplo.
En esa época de mi vida, me sedujo particularmente el tema pavesiano ciudad/campo/ciudad, la migración, el desarraigo. La esperanza de encontrar lo salvaje en lo cotidiano, en lo inmediato, la selva y el misterio en la calle, que nombrar fuera posible y que cada cosa nombrada actuara, dejara de ser cosa.
Yo misma me imaginé cosa tantas veces. Y extranjera. Luego de vivir dos años en el campo como maestra de una escuela rural, había vuelto a la ciudad y me había reencontrado con el río. Me asomaba al balcón de la avenida Córdoba y alcanzaba a ver los guinches de las grúas, el puerto, la bruma azulada y dudosa boyando junto al humo de los motores que remontaban la barranca. ¿Acababa de bajar de los barcos, como mi padre, mis abuelos? Pero ahí estaba el río de mi infancia, la memoria de la naturaleza, la sudestada. Usé el agua como lugar de experimentación. El agua acontecimiento, haciéndose a sí misma. Ahora pienso que los ecos del existencialismo estaban en la raíz de aquella actitud poética: se es lo que se hace.
Entonces la metáfora me pareció un hermoso juego infantil: el río corre, decimos, sin pensarlo. Y el animismo se repetía en "El río es tiempo/ y no es tiempo el mar", aquellos versos de Rodolfo Benasso que tanto me gustaron entonces. Era el animismo hasta la exasperación lo que avalaba la poesía extraordionaria de Juan L. Ortiz. El animismo de la magia simpática, que se emparenta con la potencia y hace emerger el canto.
No, basta, me dije. No más espejismos. Se trata de crear un mapa de relaciones, una convergencia apretada de restos y señales que el azar pone a nuestra disposición día tras día, desmembrar la prosa cotidiana hasta arrancarle lo nunca dicho.
Entretanto el agua seguía allí, detrás de la costanera, todavía íbamos a bañarnos y tomar sol, el agua nos devolvía el cuerpo, era una materia poética al alcance de la mano y la mirada, nombre común que podía volverse nombre propio, mi nombre. Ser el agua, ahuecarla, intuir los aconteceres del agua. Agua desrrealizada, asentada en el horizonte, verbo y adverbio, puerto y frontera, cualidad y nexo. Metáfora universal que se despliega en prosa. Porque los atributos del agua no son: ella es lo que hace, sus posibles. Narra y condensa lo líquido, toda movimiento y sujeto/sujetado en el cuenco sólido que lo contiene.
Ahora me complace compartir la intuición de la "sociedad líquida" con pensadores que la explican. Para mí, ese esquema de aprehensión en el tratamiento poético del agua fue iniciático, y me permitió acontecer en el "mundo vivo", como diría Paul Ricoeur, permeando los muchos sucesos sociales y domésticos que me sacudían, modelando la angustia con el devenir del símbolo.
Durante dos años escribí sobre el agua; aquellos poemas secretos -que excluí de mi Antología Personal-, se salvaron sin embargo de ahogarse en el olvido: me habían facilitado una experiencia intensa, pensar lo que no existe pero insiste, distraerme para traerme a mí misma, medio perdida en la selva del centro de la ciudad, un mundo ajeno y familiar.
Había convivido con Pavesse suponiendo que hasta el agua misma es solo un acto, un suceder situado en una escena. Agoté la metáfora repitiendo siempre el mismo modelo. Finalmente, meditando y verseando, empecé a escarbar y activar otros materiales disponibles en la trastienda del teatro. Nombrar es licuarse en lo que se nombra, hacerse, pensarse. -Creo que soy poeta, le dije a mi marido, padre de dos de mis hijos, para justificar mis distracciones. Y sin embargo era él el poeta, aunque, de momento, hubiera enmudecido.
Hay felicidad en la escritura: yo había conquistado un procedimiento nuevo, luego vendrían otros. Por el momento, todo podía ser algo que actúa y se dice por los hechos. Escribí sobre guardas de trenes en bibicleta, pájaros de la plaza Roma, mujeres que tienden la ropa en día de viento, antenas de televisión ensartadas en el aire, velorios multitudinarios y otras cuestiones arrancadas de la vida diaria. Uno es todo, y todo es uno.
Creo que el agua fue mi mito personal, la metáfora vacía donde se conjuga lo distinto. Soy una sobreviviente, sueño a menudo con la inundación y a veces me salvo. Escribo, me disuelvo en el mundo como si estuviera muerta, y revivo. Es un procedimiento que se sirve de las palabras. Un trabajo para desmalezar el olvido, la práctica del poema.
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