Poemas del agua
POEMAS DEL AGUA
LA MUERTE Y EL AGUA
El agua es larga porque se difunde.
Antes que el terror de volcarse
la acaban los que beben.
Ella no puede terminarse sola
y el miedo de caer flota en el agua.
Se vuelve el agua al agua en la compuerta.
Ha olvidado e hizo de sí misma un juego
cuando es ola y una; pero el agua es muchas.
El olvido en ella flota dichoso pero aislado.
Es una y muchas como el agua la gente.
Al río no le basta un solo lecho,
es más extenso que su cuerpo.
Alguien que parte en dos el pan no sabe
si ha comenzado a amar
o si ha comenzado cuando alguien lo amaba.
¿Se inició en ella, el agua,
o en el saber borrar que tiene?
¿O en su debilidad para impedir que el agua caiga?
Borrar y olvidar y temer tanto es peligroso:
el agua está cansada.
Ella quiere acabar y se nivela
pero todo lo borra y gasta
menos la memoria obstinada
que de ella la tierra guarda.
Para ser olvidada antes de morir
el agua cambia de lugar y de tiempo.
No habría el volar ni el estar suspendido
ni se sabría el hundirse
si no fueran dos virtudes del agua.
Y sin embargo el agua es una pena
que no conoce muerte
salvo la de no estar
en aquello que ama.
LA CEGUERA
Aunque es mansa, el agua
se repliega antes de expandirse en las olas.
No conoce el tamaño del vacío que ha de vivir
y sospecha de ver su forma nueva en cada estanque.
¿Las olas son la fuerza, el arrebato para derramar?
¿O son olvido, la resistencia ante la nada,
ante lo que no tiene medida para ser ocupado
ni hondura ni extensión hasta que el agua mira al agua?
No es un cuerpo sin ojos porque existe
la mirada en sí misma de los ojos del agua.
Y esos ojos que la tierra no ve solo los tiene
para mirar en ella el tamaño y el tiempo
de los otros que abarca.
Porque el agua refleja con sus ojos ciegos.
La gente primitiva usaba los espejos
para mostrar la pureza del alma.
Sin embargo, en el espejo solo se ve el que mira.
Ser puro, acaso, es ser el agua que refleja la tierra.
LA MAREJADA
Es la sospecha de lo que no tiene forma
sino cuando se lo ocupa y no la luna
quien hace la marejada.
Pero no,
Y es una idea la que advierte al agua.
y no puede beber, de tan remota
y su mirada es la que usa el agua para ver
y el tiempo la derrota cuando concluye
la marea y el velero se ve en el agua mansa.
Porque las olas mueren como la sospecha.
Así la tierra invade al agua
y el barro arrastrado es el que apresa, a su vez.
Y el velero -cómplice cauteloso del viento-
desplaza al agua y prueba el miedo de la tierra.
Uno en brazos del otro, la sospecha y el miedo
mueren cuando se comparten.
Y
la luna que "acompaña",
sólo porque está muerta mira.
LA LEALTAD
La tierra es hueca.
En el universo hay lagos de distancia.
El hombre late con el corazón: una campana.
Sólo el agua es continua.
Los ojos pueden no mirar y recordar
es saber que se ha olvidado todo, Podrá volver
el que se ha ido: volver será
nada más que haberse ido.
Pero el agua es leal.
Se dice "un curso de agua" y se dice
“un vaso de agua" y hasta el aire
y la gravedad de la tierra son formas y vacíos
cuando se explica: "Cae una gota de agua".
¿Quién designa con el vaso al cristal
y con el río las grietas de la tierra?
Hablamos del agua
en el lugar que ocupa y el agua
le da nombre a las cosas que toca.
EL VESTIDO
Para hacer un vestido el agua es amplia y no se deja cortar.
Cae sobre el cuerpo y lo cubre y al cubrirlo lo inquieta.
Se piensa en ella como el camino piensa
más en lo que lo cursa que en sí mismo.
La que lo lleva no ha elegido la tela
pero tampoco tendrá que reemplazarla nunca.
Si cae el agua continúa sin pausa
el actor y la escena.
El agua produce engaños en la vista
es un espejo transparente donde el cuerpo
se ve según se mueve.
Y los engaños de ver cómo se mueve el cuerpo
son más claros, más comprensibles
que el cuerpo que se mide para hacer un vestido de seda.
Con el dedo se dibuja el orillo
o el cierre que se abre en una estela
y muestra el cuerpo seco.
Tampoco nadie podría estar vestido
sin temer ni dolerse por el placer
del cuerpo que oculto nos parece perdido.
No se derrama el agua.
Pero en un momento un dedo puede retirarla
para darnos ese llanto tan seco
de estar siempre, por debajo, desnudos.
SU NOMBRE ES LA BLANCURA
¿Quién ha visto al pájaro blanco?
No tiene otro nombre
que la blanca alegría de su luz en la arena.
Tal vez espera, ajeno de la noche,
diferente de la oscuridad, inmóvil, pero distinto
de la playa quieta.
Tal vez acecha por el ruido del agua
callado y conmovido. Pero no descansa.
Tiene el móvil olvido de la sangre caliente
debajo de las alas.
Por él, el agua siente sed salada.
Y cuando el aleteo de las alas responde,
el agua, donde el pájaro blanco hunde su cuerpo
por apenas el tiempo de una nube que pasa, se vuelve blanca,
voladora, diferente. Sobre todo, distinta de la noche.
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