Poemas de Santiago Sylvester
De Libro de Viaje (1982)
La profecía
Todas las tardes después de las cinco
las calles de Nueva York humean, tiran vapores a la
gente,
y es inútil que alguien diga son las cañerías
porque el humo se desentiende de su origen,
flota sin errores
y se expande como una convicción.
Dos horas después, en Christopher Street,
un hombre deja un estuche sobre el suelo
y cambia por monedas fragmentos de música.
Dos hechos aislados, unidos
por la casualidad,
pueden cumplir la profecía: Cuando la ciudad
hierva como un caldero sobre el fuego
hablará el ángel de la voz de muchas aguas,
entonces el cielo se enrollará como un toldo
y ninguna razón perdurará.
Pero dejemos las palabras enormes
y durmamos en paz: el mundo sigue por ahora.
En otras ciudades también hay humo
y motivos para la música,
y no es seguro que el apocalipsis comience en Nueva
York
(ni en Babilonia, Nínive o Roma ardiendo)
porque ninguna otra ciudad es accesoria,
ni la música es patrimonio de los ángeles,
ni es fácil que una distracción exacerbada
relacione dos hechos
y cumpla una profecía por casualidad.
------------------------------------------------------------------
La evidencia
Quisiera que ninguna exaltación
acompañe a esta frase: mis hijos
se sentaban a ver el mar.
Sin embargo era así.
Cada noche llegaban en silencio
y sin ningún esfuerzo vinculaban el mar
con la contemplación del mar,
la emoción con los objetos.
Y aceptaban la armonía sin obstáculos
que une a los cuerpos con la materia sacudida.
Era fácil saber que del mar
les llegaba una comprobación que nos excluía.
Pero sólo llego hasta aquí:
no es cuestión de cargar con vaguedades
al conocimiento directo.
(Un romanticismo antiguo, o un poco
de pudor caduco, aún es tolerable.
La metafísica no.)
-----------------------------------------------------------------
De Escenarios (1993)
Un caso común
Qué puedo decir de este hombre que ocupa mi lugar,
conquista los litorales
o me expulsa hacia ellos
mientras despliega un esplendor ficticio.
Escribe un poema completamente falso,
opina sin meditación
sobre cosas que ignora,
desea a una mujer que yo no amo
y se asoma a la ventana con esta ansiedad inaceptable
que yo quisiera esconder en un cajón.
Ninguno cree en el otro;
sin embargo, unidos por el cigarrillo,
por la misma camisa
y una forma común de estar en desacuerdo,
entramos juntos a la escena
y corremos los dos contra reloj.
-----------------------------------------------------------------------
De Café Bretaña (1994)
La luz le recorta el movimiento del hombro,
el giro de la mano,
y su hermosa palidez tiene la serenidad de una muerte
digna y cara.
¡Oh muerta flotando en el arroyo!
¡Oh aparición deslumbrada!
Me encanta el énfasis con que te hablo ahora
porque no es sincero:
investigo mi retórica como un golpe de luz artificial
y aparece en ella un lugar destrozado
donde gana sentido la emoción cuando desaparece.
-----------------------------------------------------------
Puerta de entrar, puerta de salir: esta gente
ya no recuerda el camino de Heráclito;
pero el que entra airoso sale con su trizadura,
el que viene a pedir recoge su moneda,
esa mujer, como las avenidas, tiene dos direcciones,
aquel hombre busca lo que no ha perdido.
Esa puerta supone una reversión,
y así ya no sabemos si alguien entra o sale,
si consiste en algo hacerlo.
No se sabe quién está del otro lado,
si hay otro lado,
sea ajeno o propio.
La mujer que fuma en esa mesa, ¿está adentro?
Su amiga, la que se ríe sin problemas, ¿se ha quedado
afuera?
¿Dónde estoy yo para ellas: yo, que soy un lugar?
Es difícil saber quién está con uno: aquí, sin ir más lejos.
--------------------------------------------------------------------------
No es fácil encontrar a alguien en este punto de reunión:
se encuentra tiempo superpuesto.
La mendiga que nos arroja la primera piedra,
el que, leyendo, espía por la cerradura y recibe el incendio
en plena cara,
el que, mostrando una carta, exhibe sus mutilaciones,
el que se esconde detrás de un señuelo de sí mismo,
o la mujer que, densa de aceptaciones, demora su mirada:
todos expuestos a una deformación: el engaño de
estar juntos.
Comerciar, rozarse al paso, echarse recíprocamente el
aliento, ¿es ser contemporáneos?
El tiempo, que avanza por sustracción, ¿suma estas vidas
para justificarse?
¿Así se resuelve la búsqueda del otro?
Extraña trama la de este vecindario: mezcla tiempos,
combina gente suelta, pero en conjunto aquí no hay
nadie.
La profecía
Todas las tardes después de las cinco
las calles de Nueva York humean, tiran vapores a la
gente,
y es inútil que alguien diga son las cañerías
porque el humo se desentiende de su origen,
flota sin errores
y se expande como una convicción.
Dos horas después, en Christopher Street,
un hombre deja un estuche sobre el suelo
y cambia por monedas fragmentos de música.
Dos hechos aislados, unidos
por la casualidad,
pueden cumplir la profecía: Cuando la ciudad
hierva como un caldero sobre el fuego
hablará el ángel de la voz de muchas aguas,
entonces el cielo se enrollará como un toldo
y ninguna razón perdurará.
Pero dejemos las palabras enormes
y durmamos en paz: el mundo sigue por ahora.
En otras ciudades también hay humo
y motivos para la música,
y no es seguro que el apocalipsis comience en Nueva
York
(ni en Babilonia, Nínive o Roma ardiendo)
porque ninguna otra ciudad es accesoria,
ni la música es patrimonio de los ángeles,
ni es fácil que una distracción exacerbada
relacione dos hechos
y cumpla una profecía por casualidad.
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La evidencia
Quisiera que ninguna exaltación
acompañe a esta frase: mis hijos
se sentaban a ver el mar.
Sin embargo era así.
Cada noche llegaban en silencio
y sin ningún esfuerzo vinculaban el mar
con la contemplación del mar,
la emoción con los objetos.
Y aceptaban la armonía sin obstáculos
que une a los cuerpos con la materia sacudida.
Era fácil saber que del mar
les llegaba una comprobación que nos excluía.
Pero sólo llego hasta aquí:
no es cuestión de cargar con vaguedades
al conocimiento directo.
(Un romanticismo antiguo, o un poco
de pudor caduco, aún es tolerable.
La metafísica no.)
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De Escenarios (1993)
Un caso común
Qué puedo decir de este hombre que ocupa mi lugar,
conquista los litorales
o me expulsa hacia ellos
mientras despliega un esplendor ficticio.
Escribe un poema completamente falso,
opina sin meditación
sobre cosas que ignora,
desea a una mujer que yo no amo
y se asoma a la ventana con esta ansiedad inaceptable
que yo quisiera esconder en un cajón.
Ninguno cree en el otro;
sin embargo, unidos por el cigarrillo,
por la misma camisa
y una forma común de estar en desacuerdo,
entramos juntos a la escena
y corremos los dos contra reloj.
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De Café Bretaña (1994)
La luz le recorta el movimiento del hombro,
el giro de la mano,
y su hermosa palidez tiene la serenidad de una muerte
digna y cara.
¡Oh muerta flotando en el arroyo!
¡Oh aparición deslumbrada!
Me encanta el énfasis con que te hablo ahora
porque no es sincero:
investigo mi retórica como un golpe de luz artificial
y aparece en ella un lugar destrozado
donde gana sentido la emoción cuando desaparece.
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Puerta de entrar, puerta de salir: esta gente
ya no recuerda el camino de Heráclito;
pero el que entra airoso sale con su trizadura,
el que viene a pedir recoge su moneda,
esa mujer, como las avenidas, tiene dos direcciones,
aquel hombre busca lo que no ha perdido.
Esa puerta supone una reversión,
y así ya no sabemos si alguien entra o sale,
si consiste en algo hacerlo.
No se sabe quién está del otro lado,
si hay otro lado,
sea ajeno o propio.
La mujer que fuma en esa mesa, ¿está adentro?
Su amiga, la que se ríe sin problemas, ¿se ha quedado
afuera?
¿Dónde estoy yo para ellas: yo, que soy un lugar?
Es difícil saber quién está con uno: aquí, sin ir más lejos.
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No es fácil encontrar a alguien en este punto de reunión:
se encuentra tiempo superpuesto.
La mendiga que nos arroja la primera piedra,
el que, leyendo, espía por la cerradura y recibe el incendio
en plena cara,
el que, mostrando una carta, exhibe sus mutilaciones,
el que se esconde detrás de un señuelo de sí mismo,
o la mujer que, densa de aceptaciones, demora su mirada:
todos expuestos a una deformación: el engaño de
estar juntos.
Comerciar, rozarse al paso, echarse recíprocamente el
aliento, ¿es ser contemporáneos?
El tiempo, que avanza por sustracción, ¿suma estas vidas
para justificarse?
¿Así se resuelve la búsqueda del otro?
Extraña trama la de este vecindario: mezcla tiempos,
combina gente suelta, pero en conjunto aquí no hay
nadie.
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