Los poemas largos...

La historia de mis poemas largos es la historia de mis exilios. Huída de la vida doméstica, viaje a la intemperie, autodestierro. No es sencillo ser fiel a la poesía cuando una está trironeada por la red familiar, la económica y las circunstancias políticas. Los poemas largos son resultado de una rebeldía silenciosa de larga duración.

El primero que escribí lo tiré a la basura. Se llamaba La mujer casa. Muchos años después escribí El ama de casa y la locura. Fue resultado de la dramatización de una experiencia de vida intensa, que se transformó en texto. Fue rememorar una escritura antes de escribirla, tramar un discurso, escribirlo en el aire: a este poema casi lo supe de memoria y lo repetía a diario como si ensayara una puesta en escena. ¿Esto es una obra de teatro? pensé. Yo me sentía como una actriz, o una cantante de ópera que representara un papel. Mejor, era como la loca que vivía a la vuelta de mi casa.

Cuando cumplí cinco años aprendí a andar en bicicleta y me permitían dar la vuelta a la manzana completamente sola a la hora de la siesta. Todos los días, antes de llegar al frente de una casita con jardín, escuchaba la voz cantante de una mujer: estaba sentada en un sillón hamaca en el sendero de lajas y vociferaba o susurraba una especie de alegato dirigido a nadie. Yo me acercaba lentamente, frenaba la bicicleta con los pies en el suelo y pasaba por delante queriendo entender las palabras, un secreto a voces.

El monólogo de la loca ahora me parece un género poético, tan válido como el lírico, el dramático, el satírico, el épico. Y me acostumbré a aceptar el poema largo como una posibilidad de la escritura, un encierro voluntario en las palabras. Trabajé meses y hasta años en Viaje al costado del basural, Desalojados, Calle Corrientes. Entretanto, escribí poemas cortos, un poco más presentables. Los dos últimos poemas largos que escribí fueron Cerámica, aura de la tierra y La vigilia y El Ancla.

(finalmente lo llamé La Vecina del río). Para escribir Cerámica... necesité mirar televisión todos los días. Fue la época en que sucedieron los atentados de las torres gemelas. Sin embargo, el poema trata del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, que visité muchos años antes. Lo escribí completo y lo reescribí muchas veces.

Para La vigía..., en cambio, el procedimiento fue diferente: escribía todas las mañanas durante tres meses haciendo avanzar el poema como si renaciera de sí mismo. Mejor, como si nos pudiéramos la malla y fuéramos a bañarnos al río, al balneario El Ancla que ya no existe, a espiar a la gente del bajo, a embarrarnos, a quemarnos al sol.

Pienso que el poema largo es una puesta en escena, una suerte de ópera con música, varios intérpretes, comparsa, utilería y vestuario; no le viene mal vociferarlo un poco, interpretarlo con cierto énfasis, y quebrar la voz monótona con que se suele decir o leer poesía en los últimos tiempos como si el yo o los yoes -líricos o dramáticos- fueran un signo de mala educación, un exabrupto.


CERÁMICA, aura de la tierra

a la colección de cerámica del museo Metropolitano de Arte de Nueva York

11 de septiembre de 2002


En el Museo Metropolitano de Arte

-vecino de edificios vidriados y antenas

de noticias virtuales,

cercado por el parque, los vehículos,

las pancartas, los arte/sanos

y los inmigrantes-,

una serie finita de piezas de cerámica

alojada en el hotel del arte

pide nuestra mirada.

Cacharros de todas las culturas:

¿qué deriva los trajo al escenario del museo

donde fueron quitados de un uso cotidiano,

perdieron la guarda de comidas, agua, vino, flores, huesos,

joyas, hilos y agujas, miel, cenizas, pelo

y dejaron de servir, orondos,

para hacer de sí mismos, representarse,

transformados en símbolos

y actuando de comparsa en el espectáculo del arte?

Objetos de una memoria

de guisos y de aromas

clausurada en esmaltes y fuego,

tal vez estas piezas clonadas

dicen más cuanto menos

y conservan en cuencos

un gesto, un tejido

de manos o de pies trajinando la pasta en el aire vivo.

Cada obra con su nombre distinto

(números, códigos, palabras)

hace sonar la música del vacío

y convoca al silencio del torno, las espátulas,

el caballete, las tinajas

que vuelven a girar sobre su centro

ahuecando la tierra hasta secarla.

Muertos embalsamados

se sacuden el polvo de los siglos

para hablar con las leyes del Museo

donde todos conviven:

alfarería de bandas, urnas, queros,

vasos pulidos, jarrones

puntillados, globulares, superficies lisas, potes,

mayólica, barnices,

azulejos, porcelanas,

terracotas labradas, tanagras.

En el enfrentamiento sordo

entre materia y antimateria

ganan las cosas densas,

palpables, lozas,

gres decoradas, policromas, figuras negras

sobre fondo rojo,

sthéndales de rojos sobre negro, talaveras,

tierra alumbrada,

deslumbrada, cocida.

Muchas vitrinas

se suceden a lo largo de las galerías

repletas de cacharros. Aquí no hay fracturas

entre oriente y occidente,

sur y norte, ahora y antes,

desde el Atlántico a los Urales,

desde Amerindia al ALCA,

desde la tierra baldía al África

y al Ártico, y del Asia a la Antártida

diminutos carteles

informan vagamente

sobre el origen probable de las cosas.

Y sin embargo, el aura de la tierra

¿no serán los cacharros

amasados con barro?

La cerámica habla

el arte del secano,

la nostalgia del agua

petrificada en surcos, cuerdas,

un pozo diminuto, una copa

que semeja el cuenco de la mano,

y pide, llama, espera.

Las urnas y las ánforas

que guardaron momias empaquetadas

ahora están vacías o repletas de ruido

de televisores y bocinas

¿será que alguno rumia espantos

para llamar a las almas esquivas?

Según dice la Cábala

la rotura del cántaro

es el inicio de la vida:

las ánforas replican el útero materno

y echas trizas derraman

líquido amniótico, pariendo berridos.

¿Es que bastaría arrojar vasos y platos

a la cabeza de los hombres

para cambiar destinos

y vajilla?

Pero el Museo está seguro

exhibiendo el sueño omnipotente de la diversidad

trocado en absoluto

aunque una tableta inscripta,

salida de su mar de arena,

tiembla, trasplantada:

ya no sabe en qué idioma

perdura el canto de la guerra

ni qué físico atómico

o qué músico místico

podría descifrarla.

Porque aquí, donde se reza la Biblia liberal

y los vecinos suben a diario una Babel herida,

el hueco de la tierra es su aura.

Acaso puede

volver sobre sí misma

la vasija al barro

y descocerse,

pero nada revive

los fantasmas del hotel de los muertos.

No sabemos de qué está hecho el Universo

y ordenamos las cosas

reinventando el tiempo,

generaciones hermanadas en la presencia inconcebible

de tribus y civilizaciones enemigas:

la avaricia reúne amantes y caníbales

en la tribuna de los invisibles

que miramos y nos miran.

Bolsillos y chaquetas de turistas ansiosos,

relojería portátil en los antebrazos

de jóvenes viajeros,

adminículos tersos

que cuelgan de los cinturones y anidan las mochilas

se preguntan:

¿dónde se esconde el eje del bien y el eje del mal

cuando nada parece predecir y calla

la serpiente que abraza

las caderas y anilla

la descomposición de la vida

alegando la rueda del tiempo?

El Universo se abre

replicado en un cántaro

y supone la forma

de un cogollo de rosa

pronto a marchitarse

mientras una espiral torneada como fuente

lo sostiene y devora.

Tal vez en un instante

de contemplación hastiada

puede que el límite de los pétalos de un edificio

caiga sobre sí mismo,

mientras la polvareda expande otras vitrinas,

intercepta las ondas que tabican

el aire y la voz que corre

de Bëring a Bëring persiguiendo las voces

acalladas en las paredes de la sala

las reúna en una sola voz distante.

La voz monótona del mar.

La voz de El Otro. La sala, la sal, el mar

¿acaso no es el mar

el celador del mundo desaparecido?

¿el museo

que trae una serie desmenuzada de huesos

a pastar en la playa?

¿por qué no han de volver desde la brasa,

arena cristalizada, vidrio, el alfarero

y la ollera que tallaron su destino

en el barro cavando un hueco

de tiempo en el abismo?

Puede que modelar la tierra

sea una preocupación doméstica,

una serie alfarera, nacida

junto con la Tierra.

Pensarla, modelarla, peinarla,

tejiendo los hilos de la pasión,

la respiración,

hacer y ser

en el cruce incierto de las gentes

que nacen y mutuamente se remplazan.

La tecnología del barro:

echar tierra en el agua,

bordar el Golem, embarrar, raspar,

quitar una costilla, injertar un momento

en una hora, una eternidad en un recuerdo,

hilar el después, el antes, el siempre,

amasar espacios con siglos,

y después, hincar el mundo acumulando piezas,

certificando pruebas,

celebrando autenticidad por duda,

clasificación por caos,

falta por suma,

indización por olvido

emparentando colecciones de cacharros iguales,

esculturas de monos, madres

de loza, perros, ollas, máscaras,

gladiadores, cacerolas, cajas.

La inmovilidad

como invariabilidad,

generaciones superpuestas o alineadas, nichos

de la memoria en un solo cubículo.

Pero:

¿es arte aquello?

¿qué guarda la cerámica en su mudo espectáculo?

¿Qué dice?

¿Y decir,

es guardar aquello que se dice?

¿Es acaso a nosotros,

turistas y lectores impacientes, uno junto al otro,

uno o una detrás del otro, la otra,

a quiénes nos convocan

la reiteración sarcástica,

el alambicado ordenamiento bibliotecológico,

la gracia de una codificación metafísica

y la facha de cada cual

en la que buscamos sin cesar individuos distintos,

una ruptura de la serie que desintegre

la montaña paralela de oro

acumulado en las vitrinas?

Simulacros inertes

salinas del olvido,

cerámica pulida

de la capa de polvo

que es la tierra, su tierra.

Cuántas piezas se ofrecen para ser destruidas

en golpes recurrentes,

catástrofes, derrumbes,

de modo que la arena de vidriados cacharros

se acumule en las grietas y hondonadas del mar

como polen caedizo de un pensamiento terco

y manos, coreografías/caligrafías dispersas.

Han visto volar un papel incendiado, una cabellera,

un hierro maloliente.

Y un fragmento de texto volvió a leerse

entre las ruinas de la fotocopiadora.

Si el texto es una tersa

superficie pulida, cada letra

es un trazo, una memoria

en las altas, interminables vitrinas

del museo y de la biblioteca.

Escribir, modelar, extender una larga serpiente

de barro compacto de palabras, espiralar, pegar,

levantar las paredes,

ensanchar, afinar, alisar, peinar el barro,

Hender y dibujar la piel del cántaro.

Eso es el arte de la cerámica:

una labor de espía de la limpieza,

la roña floreciente en el humus del tiempo

que se junta en los zócalos.

Y acceder por fin a las superficies, revisar

y levantar la tapa,

oler la ciénaga,

los pozos ciegos, la cadencia

de los desperdicios

de millones de cuerpos que se despiden de sí mismos

a cada minuto, en el baño, sí,

y en los aviones y las camas.

Lo he visto. Lo han filmado, lo testimoniaron. Es arte.

Lo escuchan y repiten los críticos. Lo saben

que es decir que lo creen.

Y los curadores de museos embellecen

con eventos sumisos

la reiteración de las estaciones culturales,

la serie de las series

mientras el rumor de secretos poemas y oraciones

acumula otro mar junto a una playa silenciosa.

Entretanto, frente al catálogo de piezas

fotografiadas y la guía

que nos abre al encuentro de otros mundos

fichados en la sombra de los anaqueles

de los museos y las bibliotecas,

turistas y lectores somos

-cada uno de nosotros-,

la única, el único, lo único,

una vida imposible de decir, de imitar,

caduca, irrepetible.

La Vigilia y El Ancla


La Vigilia y El Ancla

La Vecina del río

trae el agua de la alcantarilla

y la sube a la casa.

La que vive en la torre más alta

de una casa vigía

se sirve del murmullo

que filtra el tiempo en la ventana y renueva

una sombra apoyada en el vidrio.

La casa es mirador pluvial, fluvial

templo y asilo de la memoria.

Es lo creador creado

la criatura del río

que deposita barro en la mirada.

Juncos apaisados

mordiscos del viento sobre la costa

los atenaza desde arriba

tras el cortinado

la Sacerdotisa

que ataja el vendaval y lo examina

con lupa bifronte.

Las orillas de un río no se alcanzan de golpe

hay que navegar como pájaro inmóvil

si se hunden las patas en la arena escaldada

del mediodía.

O desde el remolcador o la arenera

abrir la compuerta de la voz

remontando canales, vertederos y pozos

que orillan la barranca

al pie del muelle

mientras la Vecina enciende

un punto, un hueco, un faro

en la cumbrera de la casa

y succiona el verano

como guarida cómplice, laberinto.

Las vías del ferrocarril

van tropezando aguantaderos de chatarra

tirabuzones de la luz

filtrando el engranaje

las figuras y nudos marineros

de una soga

enhebrada en el ancla.

El Ancla, sí:

la Vecina es el Ancla perdida

la que nos quitaron

como si nos avisaran

que nada nos sujeta a la tierra.

Allí, acá

habitar en el molde del cuadro

que enmarca la ventana

con algas demoradas

pasto segmentado, días flotantes

luminosas mañanas, barro

la costa pavorosa, la siembra

de cascotes, cadenas

cajas corrugadas, hojarasca

fémures corroídos por las balas

los alambres de púa, la picana

los trastos de un chalé, un jardín

la galería donde sentir el fresco

de la madrugada

la confidencia que levanta las aguas y bulle

la vecindad

entre los escalones con rugidos y sed.

Mojar los labios en el discurso de las aguas. Cebarse.

La carne es dulce como un recuerdo límpido.

El ancla, el tejido mojado

entrelaza las hebras de una malla

de lana apelmasada y sol.

Arrugados, acordonados entre las ingles

acentuando la curva del horizonte

como lomo de ballena rumorosa

que escupe a los costados la sombra

entre dos aguas

los cangrejos absorben lo que tira el pasado

al azar de la melancolía.

Están impresos los líquenes y el musgo

en la marca que divide el tronco de los sauces

en dos bandas verticales de tiempo.

La inundación arrastra la baba

de los ademanes temerosos

las calderas del frío

y en la semilla de una achira pintada

amarillean trazos de carbón y de miel.

Y siempre la promesa, la plata

fulgiendo espantos en el agua rizada

las monedas chillonas que despiden globitos de aceite

en los huecos de arena, nido

de alimañas.

El color del cobre

trasmutado en argentina paraísa y sauce amargo

paraísa parisa sargentada argentina

cabellera

bella y caballa que cabalga al trote

sobre la pierna desleída

de un ahogado.

Dedos a cuatro manos

oscureciendo luces de neón y estrellas

que titilan y cuentan demasías

alquitrabes

sepultados en la carne viva

reconvertida

de los que regresan.

En la esfera de mirar

la arquitectura sostiene las preguntas

la canilla del agua remota

mientras las palmas de la corriente

acarician el flanco de la costa

asientan el lecho del río

se estremecen.

Y allí en el caballete que ausculta el rededor

desde una tela inmaculada

se atascan camalotes

se consumen

el agua la gaviota el pan de cada día y las cuentas

de gas, de barrido y limpieza,

de las luces con IVA y de las sombras.

La Bruja desplazada del este y del oeste

sacude violentos remolinos

entre cuatro paredes.

El enrejado, el hilo de grafito

sobre el papel, lo nacarado

luz de Luna y escarcha

que le saca la lengua.

En la enramada

de un paraje, un pasaje

a la orilla invisible de las vidas cercadas en pensiones

de alcoba provisoria y vajilla sin nombre

hay chapas, transistores, postes, inodoros, pastos amurados

a la piedra, el ladrillo, el aceite de máquina

la paja de la escoba barriendo huesos y palomas

entre montículos de cáscaras

colchones destripados y botellas

como pelotas de ping pong entre las tejas

de un galpón derruido

y Ella se ríe apenas (se sonríe)

la Gioconda del suburbio pintado.

Gracias. Le debemos la espuma

de las olitas haraganas

el reverbero del atardecer

los querubines con aletas

que obedecen las ondas insonoras

el sabalaje, la canoa.

Es la Mai de las boyas flotantes y la toma del agua

la que guarda el secreto del balneario

la marca de los pies hundidos en lo seco

que asciende al mirador

y gira como el aguardiente en la cabeza

el vino en el corazón

la savia en el tumulto de hojas

el pez en la pecera

desde su casa sin balcón

con vista al río y mal de junco

arrimado a los bordes.

Es la Capitana del velero inmóvil

la que no puede mirar sin ser mirada

perdiendo pie

de mañana en mañana

cuando el palafrenero del potrillo blanco

ceba otro mate en la casilla

y el cuento repetido

de una joven suicida

viene a encallar en La Ribera [1]

al pie de la Lectora

hundida en lo más alto:

un ancla revertida señalando la línea

del horizonte

que comprende todas las cosas, las estira

las padece infinitas y luminosas

con asiento en el agua y certificado

de confabulación expedido por los inspectores

de la cuadra.

La Habitante habitada conoce lo que calla. Su deseo

hace girar las burbujas del humus.

Circundando la costa arrebolada, los bancos

de tosca y de cemento

pululan en la orilla.

Hay pancartas en cada recoveco

y denuncian el muelle

algunos hombres

que preparan parsimoniosamente la carnada.

La Señora sospecha los límites del marco:

paisajes, naturalezas muertas, retratos, sillas

escaleras

siempre hay cosas afuera

que no pueden pintarse

dibujarse, fijarse en la intemperie

donde serán miradas por cualquiera

espinas escondidas

en los intersticios y las grietas

de la memoria como un pasillo largo

que se hunde en la tierra.

Hay pensamientos raros que amanecen descalzos

desollados, bailando sobre el pasto

con espuelas de algodón sujetas

al tobillo.

Y los caballos salen a la disparada

demasiado rumbosos para contener un trazo en el papel

una pincelada en la tela vencida:

el placer

ese murmullo de la carne.

Porque el vino

adormecido en la boca que lo escancia

es una llamarada que no puede agotarse.

La que pinta prescribe en una copa

el vino de la mañana, del mediodía y de la siesta

en un sorbo largo, interminable.

Y el agua que da vueltas en el cielo se precipita de repente.

Hay tormenta del este, dicen en la radio.

La crecida.

Vuelve el ocaso

de la madera destilada en la lengua

el simposio de expertos debatiendo la pulpa

que mistifica lo sedante

el sueño

la ordalía de odio y de ceguera que sacude los techos

de la casa empapada

como un trapo en la calle

donde tropiezan las ruedas de los vehículos

los pasos del caminante

cuando la Doña, la Dueña, la Madama

ata y desata el lazo de las ingles.

el pubis

en el juncal de las orillas

y balancea

los espolones de los gallos de la vecindad

con el vaivén flotante de los huevos del sapo.

Las mujeres del barrio se despiertan

por el aroma

de la sal en el río de miel licuada

la incrustación de un filtro en el deseo

el estallido de un panal

ficción del almanaque

pinchado en la alacena.

El impulso recorre las cocinas

derrumba una estantería completa

de los muchos bienes acumulados bajo tierra

la serie abandonada de quehaceres

variopinta de frascos alineados, el arroz

la sémola embichada, el azúcar en panes.

La heladera, la refrigeradora, el freezer

como ayudamemoria del olvido

exhiben la agenda de los impedimentos, las faltas

el vacío

los huesos del garbanzo

las diminutas rótulas amarillas rodando bajo la cocina

como cantos rodados

los caracoles y las conchas perladas de una playa distante

el envase de almejas, las sardinas

los dedos estampados con pasta de manteca sobre el cortinado

las flores de papel, los imanes vistosos

los ángeles de yeso

y el cruce mientras tanto

del amor en la cumbrera de la torre.

En lo alto del bajo

donde una plegaria arremete y pliega el tiempo

en el friso de una ventana

deslumbran las alas de la noche.

Es el sexo

el compromiso que fija

de por vida el vuelo a las raíces

y retorna a la tierra.

Pero hay espantos con espasmos, bocas

rencores de la herida

lo que duele y alienta y late:

el himeneo.

El hombre con su látigo

“sale a cazar mujeres”

(cuidado, en este barrio tienen dueño)

Las runas

la hojarasca del horizonte

marcan el pasado a fuego

en la pelambre de la nuca.

Está escrito, dicho por el profeta

que anuncia el ciclo del dolor

las caricias furtivas.

Ennoblecido y anhelante

el vikingo (campera con escudo y parches

de gamuza en los codos)

va tronchando a diestras y siniestras

la avenida por donde pasean las familias

la tarde del domingo

hasta que viene de la última fila

de escolares escaldados como postes

después de la crecida

un cabezudo degollado

sobre dos palos con pedales

agitando camiones vocingleros

con voz de altoparlante

de sonámbulo

y el Campeador arrastra la maleta la muleta

tropezando con alcantarillas y burdeles

para subir las escaleras de la torre

donde la Locutora traza una línea de tinta china

la sombra

de Macedonio Fernández en la mitad del día

de Xul Solar entre montañas de juguete

de un carricoche adentrado en la pampa

una línea:

-Dadme una línea junto a un ancla

y suspenderé la tierra en su propio eje

-dicen los contempladores (exagerando

y de vosotros).

¿O es que habla la Cautiva de los blancos

la figura cercada por las cuatro paredes

el hormigón y el estuco

de un panel que no abriga?

¿La Imaginaria

en los huecos del aire

que decreta el funcionamiento arcaico

de un observatorio de payasos?

¿El control burocrático de una fila de hormigas

sin cesar renovada entre los grumos

del torreón?

¿La escalada de tierras desvastadas

ascendiendo

la deuda, los ritos de la cuantificación

la información

el alambre torcido que cae de la terraza

al muro

y se balancea?

Cautiva y secuestrada, la Esfinge nos diseña y

revolea el rebaño de congéneres

con una perfomance hecha de tinta y agua.

Cautiva y todo

deslumbrada

por la ensalada de jazmines que se cuece en la tierra

a medida que el tiempo pasa.

Y pasa.

Con el paso seguido de otros pasos.

Perseguido.

Ido

tras la imagen que es corte entre dos tablas:

el horizonte.

Está cansada, iluminada y se recuestan

en el alero las mariposas blancas

anunciando la muerte familiar

la escena cariñosa que abriga de la vida

el sillón, la premura en repasar la mesa

cotizada de migas

para que el tiempo brille en el mobiliario.

Y hace sonar la repetición de un párrafo

la Madre del balneario

que se esfuma hacia el fondo

de la casa y trama

la tela donde habrá trazos posteriores

donde vivir (otras heridas).

Suculentas heridas que guarden la memoria del placer

como los cofres llenos de papeles prohibidos

y los baldes enterrados en tierra.

Capaz que en otros mundos los eunucos aguardan

la respiración pausada de la Diosa dormida

para vestirse con su ropa.

Cae el sueño

el desamparo de los hijos

el abandono en aires redoblados:

(acá, el Ama de la casa se cambia de sillón)

de la lona a la paja,

de la madera al caño niquelado

del almohadón al piso

y siempre la mirada

puesta en el álamo Carolina

que verdea el silencio

balancéandose

(¿por qué se balancean las cosas

que recuerdan al mundo

en su caída?)

La Mujer que ignoramos

que somos

atontada

hila y deshila noches y mañanas

jubilada en el júbilo

del apuro indecente

si el aire que bosteza es nuestro espejo

lo que nada sabemos

de la que somos en la ruta

pidiendo pista para circular

en medio de la noche.

En la avenida

hay momentos confusos:

nunca se sabe si seguir, pegar la vuelta

o frenar en un pozo

de asfalto.

El temor hace tirabuzón de esperas y coloquios vacíos.

Vamos, Vamos. Correr la ventanilla.

Tapar trepar el paisaje de carteles, vidrieras

buzones, alcancías, bicicletas que giran

como preguntas

(no, no más preguntas).

La Fantasma no escucha

ha cerrado la alcoba a los intrusos.

Se recuesta en las telas pintadas, los collages

los dibujos a pluma

el carboncillo

donde la pelusa amontona las uñas recortadas

el camisón bordado al borde de la carne

el pliegue del estero que manda a pasear

al tiempo entre murallas, muelles, torreones.

Ya no está disponible

el fuelle que agiganta las horas con su rítmico andar

entre plantas acuáticas y frondas recortadas

de jardín japonés.

La Vecina

avecina

la cama sepultada debajo de las rosas

el calambre, la gota de una canilla floja

perforando los ladrillos del patio.

El descuido

acorrala escombros en los ojos cerrados

(¿es en nosotras mismas

donde se juntan la basura y el sueño?).

A veces nos reunimos las amigas

para hablar de la Loca

que pinta con las manos atadas

una enramada de mosquitos

bañada por la Luna

y hacemos el jardín (de paso, conversando)

escardando raíces, removiendo el portal de la savia

que duerme en lo profundo de los tallos

y bebemos

un poco de la fuente y otro poco

del agua de los techos

que cae

desde la cañería al desagüe.

Y Ella como si nada

nos escucha de lejos.

Las voces le hacen señas

las palas del ventilador agitan

la soga que pincela escarabajos en el suelo.

(¿Dicen que las mujeres

no saben lo que dicen?)

Hay un ojo de buey en el museo

para espiarla:

Diremos que el azar la quiso en la vidriera

que la Maga del agua fuera espejo

la causa sin efecto

el fin que se adelanta al pasado.

Y se fugan las dunas de la calle

arenales de viento

otras paredes, otras tiendas.

Un rubor que se escucha

el sorbo de las tripas hociqueando el acorde.

Muslos del universo, un toque

de luces junto al cerco de ligustros

y el cuerpo del amante

calzando

el guante que lo calza.

Nido de topos y vizcachas.

Rincón de enamorados.

Las raíces de la magnolia

son patas de un animal dormido

que rascan las uñas de los días

con la persiana baja

la mirilla en los ojos

el roce del pezón en la seda

la palma de la mano

zurcando la planicie del río

como pala de amarre

en las orillas.

¿Y si vuelve la guerra?

¿Estoy convenientemente establecida

en un chalé normando

para auscultar el bombardeo de la plaza

desde el cuarto de baño?

Los enemigos se atan

asesinándose

ruido de pantalones en los adoquines

fieras caídas, sombra derribada

en el mantel de la mesa

y el cuadriculado de una batalla

planeada con cajitas de fósforos

sobre la manta de la cama.

La cadera

es el arma que protege del viento y del frío

el bamboleo desaprende la caída y

una mosca atrapada en la caldera

zumba.

No veo el sentido

enciendo la televisión y quedo ciega.

Los corredores se empluman

con cascos de motociclista:

no creo que puedan ser entrevistados

como se debe

si tienen que hablar con el micrófono

enterrado en la boca del casco

pero qué importa

vuelve el sonido, el brillo

vuelven las muchachas

de encajes y sonrisa en el ombligo

se traban conversaciones

con los carteles de yogur

y el desodorante

estoy apagada

frente a la pantalla encendida

el hombre que sepulta los ojos

en el cuerpo fingido

se yergue, se desata

y amparado en la axila y la barba

se complace en nosotras.

Conozco el desierto de las calles

por donde van girando sermones y demandas.

El alcahuete que define su pie

midiendo el calzado del otro.

Sé el discurso que tritura el sentido

los calabozos injertados

en las ventanas.

La Comadre cierra el postigo

revuelve la caja con mingitorios para gatos

sube las horas hasta el campanario

donde tuercen el tiempo como ropa mojada

para que gotee.

El alemán el turco la tenista escocesa

el japonés de Helsinki y la premiada

por cortar palabras y tenderlas en bandeja de plata

se duplican. El público interviene.

Son llamados

la Pitonisa de fulgentes colores

y el penacho de espigas

la corona que accede al palco

el Coronado en un camino sin banderas

colegiada inspiración al unísono.

Desmenuzado el carrucel

se lanza el noticiero del día

como un menú a la carta.

El desierto se anuda

a las raíces de los árboles

al tallo endeble de las plantas rastreras

al muro chamuscado

de acero, ceresita, vidrio, acrílico, madera.

Y en un papirotazo cambia el rumbo

de la aguada seca:

llegan los turistas a desarmar el frío

aportando dólares frescos

la humedad de los barcos

la semblanza de rutas y paisajes licuados

en la gaseosa de la canilla.

La supremacía de los hombres

levanta nuevos edificios armados

con alarmas

para guardar mujeres, perros, niños

y habrá otros ventanales

donde hundir la mirada

en el agua estancada de los mil canales

que abre la desidia en la costra reseca

donde pena el sauce.

La Vigía parece/padece achaques esfumados

acuarelas pálidas y rutas

de caballos de fuerza

que suspiran.

El porvenir para venir viene tardando

y entre tanto

se tejen fantasías sobre el manto bordado

de cascotes vacíos.

La seducción se anima a pedir otra vuelta:

los trámites

(esta vez son los trámites) espigan

el ardor de las inmobiliarias y triunfa la sequía

el desamparo como bien adquirido

la pobreza que cincha la valija al ropero

con la ropa gastada.

Cientos de movimientos de avance y retroceso

empujaron la costa hacia adelante

rellena con cascajos del mundo.

Otra vez los camiones volcadores

la basura apilada

montañas nauseabundas de bogas y de bagres

hornacina de moscas, cucarachas

alimento de anguilas y de sapos

gente desalojada

y perros.

Los hombres se guarecen

en las piernas carnosas de las chicas que pasan

esperando la orden judicial

el comparendo.

Entretanto se goza

a destiempo del tiempo de la lluvia

aparejos de caña, soledades

la pesca hipnotizada

disponible en las góndolas de los supermercados.

Se adormecen las ninfas

los faunos retroceden.

El agua se sumerge adentro de sí misma.

Y acaso de la casa

queden los planos en la oficina desmontada

como archivo invisible

escaneado en las hojas prudentes de los cactus

y en la marcha arenosa que propaga

y desmenuza la memoria.

La Invisible administra el agua de los charcos

sueña con la fuente infinita

escondida en napas subterráneas

y cuando se despierta

empuja la manija de la rueda y da cuerda

a las horas del día.

Hay amantes tronchados en baldíos

que sacuden las piernas al unísono

para quitarse la arena del zapato

o aplastar la inmundicia que los cerca.

¿Por qué desperezarse? ¿Que pasa con el cuerpo

que persigue, dormido, una ilusión

arrebatado por la luz despareja de los focos dicroicos

y los vasos tirados en el pasto?

¿Cuándo fue el festival

que reunió multitudes enlazadas

temblando con las cuerdas, el sonido de un bajo

en la madrugada?

¿Qué fue de esos instantes en que cada uno

se sumió en el olvido?

Algo nos empareja en la mañana.

Vamos errantes cumpliendo las tareas domésticas

los trámites pactados, la agenda

y hay espejos manchados

que miran a su paso las mujeres, los hombres

solitarios, a la busca.

Desesperadas moscas que aturden el silencio

con sus voces cavadas

en la trastienda de los shoppings

en la asamblea del consorcio

a la puerta del cine o entre los escalones

que bajan hasta el subte

nos arrastran.

Mieles, cuerpos resfregados con

la forma de los maniquíes

condena de saberse bellos, bien vestidos

presentables por siempre, abandonados.

El Solicitante Descolocado hace la cola para el baño

con la intención aviesa de fumar un cigarro

y las chicas de Flores van calculando el precio

de teñirse el cabello con tatuajes de vidrio.

Los amantes se esconden, se aletargan

en la corriente baja

que circula en el barrio, en el centro

entre los pisos de los edificios, en los ascensores

cada vez más lejos

más lejos.

Han pasado semanas, noches, días

de fulminar el tiempo, errantes

se resfriegan los ojos con las manos

se sacuden el polvo, los polvos

la crema para la piel reseca

el perfume de nardos.

Y ahora. ¿Dónde?

¿en la torre?

¿el viento?

¿cantando?

Tímidamente

comienza un aria entre las madreselvas

(es un tango, tal vez, del mismo nombre)

que nos vieron nacer.

El hombre y la mujer mueven los hombros

pulsados por arpegios

que atraviesan paredes, rejas

cruces, canaletas y ríos.

Se mueven para hallarse, se reencuentran

la música los busca, los encastra.

El agua se derrama por los brazos

y la sangre bulle en las entrañas como fiera enjaulada.

-Te quiero tanto tanto

que tengo miedo de morir-dice ella.

-Como si fuera una semana

que estuvimos ausentes -él contesta.

En toda la ciudad hay episodios de este tipo

sin duda.

Y vecinas que pintan o embadurnan papeles.

Aunque hay algo que pasa

y que no pasa.

Nadie difunde las noticias sin nombre. Nadie.

Al gusto por las manos, los brazos, el cuerpo

anudado a otro cuerpo,

los adivina el río

que distiende y se filtra

atropellando templos, puentes, muros

calabozos, vidrieras afamadas, tanques y depósitos

y abre una nueva grieta en la mampostería

por donde fluye

el corral del amor, la energía violenta y silenciosa

que borra a los amantes

para ser en ellos, sin ellos

lo desconocido.

Del hueco del no ser, estando

puede brotar la masa ígnea del centro de la Tierra

que hace bullir al océano en las profundidades (dicen).

Del hueco, del vacío, los biguás

enfrentando

el aire del oeste

regresarán

a planear sobre el río.

Hasta que un mundo

de otro mundo

inunde al desolado

escardando los yuyos de las inmobiliarias

y carpiendo la tierra

para quitar raíces, capital, intereses

al tirar de la red

que arrastran los caballos, en la playa desierta.

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