Calle Corrientes

A Rubén Masera

I

Esta calle de escombros y de humanos, calle siniestra

por su cercanía y doblegada siempre

en la distancia, avenida del tiempo

escrito a mano

como un trazo detenido en la gente

por la mala costumbre de corrientes

que un paulatino goce va enfrentando.

Reptar es padecer el suelo amargo

que sorbe antiguo líquido de pasos

cuando las frases de los mensajeros

se machacan debajo, en un mortero,

para hacer la bebida que no embriaga jamás:

el hastío y la intimidad.

Un vino desparejo que más vale al de casa,

que tomábamos antes

y olvidamos, aunque la sucesión

no acabe nunca los bienes en cuestión.

Vino de palabras entrechocadas

que absorbe el mensajero de la nada;

el mortero, la página y el golpe suave y desparejo

como el borde del verso y la reptación de la rima,

donde empieza la pena si termina.

II

Jinetes giran apenas la cabeza en señal de largada,

mascullando su frase en el mantel, adelantando puntos

que las migajas de la cena

y el vino caído borran

y arañas sueñan en el mercado lateral

en los entresijos de alguna fruta tropical y desvariada

que marca la esencia ajena de lo natural

en una fuente de cajón de tablas asentada en el suelo.

Las arañas y los escarabajos se menean en la humedad

tapándose las unas con los otros por entre las maderas

de cajones en pila y bananas encarnadas y verdes, a la espera.

Caminar masticando pasto y carne de exportación, jugos

donde la noche se asienta en el trasero

del que come palabras desholladas en la calle.

Correr la misma suerte de Corrientes: correr.

Corrientes, su nombre prodigioso lo ha anunciado,

no hay parnaso ni biblioteca nacional,

sólo una calle abierta que se acoda

en su nombre ladino y apropiado.

III

Va a Corrientes con los pasos de aquellos

que acaso la dejaron y se sienta

entre todos esperando el momento.

Le da cuerda a los dijes de la ausencia

siguiendo con la vista el vuelo parco

de los mensajeros. Violada ciencia,

la mujer es voluble en esta calle,

corredor arrullado por los pájaros que lo rondan

aprovechando el aire caliente para ascender

y el descanso para entonar su mensaje

atenuado por la intimidad, los trazos

de un cero verdadero cuando deja de ser

en los brazos que anudan lo que quiere.

El hombre canta sordamente, pero ¿quién lo escucha?

La que deshace el canto en hilos desgranados de una piel

que regresan y caen sobre el asfalto

corredor de los grandes solitarios corrientes.

IV

Se anduvo por allí sin ser mirada, calle adversa que esparce su ceniza.

Se anduvo por favor para pedirle disimular la ausencia simulando

la vergüenza de andar y sin decirle palabras que se fueran enlazando

en el rodeo, sin dejar la casa por la grata arteria llena de sangre

que se niega a considerar los pasos que la remueven.

Pasan las mujeres sobre todas las páginas impresas

con restos de ficción, enrevesados mensajes

recibidos a deshora, unos contra otros,

interminable confusión de vereda ciega y rota.

Remover las palabras sin sentido

y el canto entretejido entre los hombres

si nos rendimos para que haya vino. Los bares

beben las palabras sordas que machacamos, irreconocibles.

La fiesta ya comienza y nos quedamos.

La herencia no tiene ningún término

pero corre si los automóviles la llevan sobre sí,

nube filtrada guarecida en los sueños,

es la muerte, la herencia y la sucesión. Se discute

una suerte encajonada de vinos en cadena

y estamos ya sentados a la mesa del café, respirando.

V

Los tangos se apilan en la mugre,

dulce que no se extingue sin hedor,

glucosa puesta en marcha, erosionada

por el correr del tiempo.

El corredor es una calle donde los transeúntes

pisan los granos de maíz, palabras, mortero

que fermenta alguna noche

para dar ebriedad al que nos ata sin saber

que el mensaje del que huye es siempre el corredor.

Y que haya fiesta si es mirada la papilla doméstica

y se acaba el destino, el horizonte.

VI

El encargado, en un sector de almohada,

va apilando las milanesas secas,

empapadas en el aceite amargo y sus manos,

un sueño que gotea, parten por la mitad

pan fresco o rallan el pan de ayer,

para poblar la carne que conoció el divorcio de las fetas

separadas del hilo de su sangre.

El inspector aguarda el desayuno

-café con leche, dulce y medialunas-

y revisa los números de aceite sobre el papel,

haciendo viejos nudos como la araña pensadora, inerte,

de inevitable sombra y baba muda

que el filo de una taza aguda y leve

rompe en el agua de la madrugada.

El sueño es pensamiento que se gasta

gota a gota sobre el aluminio

o debajo del bronce de la esbelta canilla derramada

hacia el abismo de la rejilla, porque el agua

vela contaminada y por último calla

cuando los miedos velan las palabras.

Ya lavaron el piso y olvidaron el estertor caído en un rincón

que seguirá otro día no abatido por la higiene temprana.

Es el amor. Es la figura del amor, complica, como siempre, la huida,

si se queda en un banquillo, junto al mostrador,

comiendo una tras otra sus lentejas.

Cuando restan apenas cuatro dientes

para la operación de masticar, el amor,

discreta y fiel sirena dejada por error sobre la nieve,

se empeña en vivir y machacar.

VII

Los teatros comienzan con el día.

Un hombre barre las cenizas caídas

y es el único actor del escenario,

repentino ramblazo donde corren

las aguas pasajeras de los diarios.

Ya la calle sacude sus talones de sombra y se descuelga:

telarañas arreboladas, finas, en el marco de los cables aéreos.

Duerme, araña, se desvanece el sueño al ser soñado

como se gasta el combustible ávido de aceite

que alimenta los autos. ¿Qué sería de tu pelosidad,

ambigua mezcla de ave de rapiña e insecto,

si no pudieras renovar el sueño que se gasta,

como el semen desde la noche hasta la madrugada?

VIII

Alentado por los gases superfluos, el mensaje

ya prepara su vuelo

primera oleada alrededor del día. Y de aquel corredor

huye el amor, las proteínas llegan a su fin

y hay que pagar la cuenta: es el deudor

crucificado en el kiosco de revistas,

obligado a vender o bien morir.

Acreedores de todos los pelajes

aparecen en fuga entre los automóviles

y accidentes banales.

Queda un brazo colgando de la telaraña

y sube hasta el anochecer que ya comienza

el embalaje de las garantías: volver a casa

sin pisar Corrientes. La araña está agotada

y corre el riesgo de olvidarse en su último sueño:

no soñar, sin haber despertado.

IX

Hay un trozo de sol sobre la planta,

se renuevan las hilachas del diario

y la manía de buscar palabras

que maniaten a todos los amigos.

Pesados o livianos son los gases,

el nitrógeno inerte que no ha sido llevado

nunca de aquí para allá y carece de impulso para el viaje

a diferencia del oxígeno, que compra

cada tanto su pasaje y es el rey mensajero que nos deja.

Hay una dosis de hidrógeno pequeña

que circula también por el papel

y sólo espera aislarse para ser el fuego del mensaje.

Si unos van, los quedados para siempre

en un punto del corredor parecen ya no estar.

Los gases invisibles viven juntos y se ausentan,

plagados de sí mismos en el aire. ¿Cómo saber si estás?

X

Alguien pregunta dónde fue su amigo

que se enfrentó a destiempo

con la vieja sobrante comedora de lentejas.

En la mañana abandonó a su madre

en trance de librar una gestión y

ya corre el olvido por la calle,

un silencio en el hueco de este sol

que busca el entresijo de las piernas

donde sueña la araña. El calor

del amigo en el orín de la cárcel,

arrimado a su oscura salvación

donde se derrumba un poco de oxígeno inmóvil,

pedazo de nitrógeno puro, perdida el habla

mucho antes que el abrazo de matarlo lo espante.

La misionera está pared por medio,

medio dormida en un camastro

y entre ebrios encajonados a la espera

de que sucumba el tiempo en el asedio.

La que vive no tiene ya su nicho

ni dientes de ceniza de la luna,

las lentejas babean esmalte de uñas

y el vino corre limpiándole las sienes.

XI

Corre el vino y el aire en las baldosas

a través de encordados de vigilia;

ululan, gimen, tironean, murmuran,

mezcla descalza de gases, de sirenas y tiros

y de voces capaz de hacerse oír rodando el torso

del polvo que relamen las babas

colgadas para su demostración.

En el tambor de la ciudad, el aire,

junto al vino en música, se regala.

Sólo la calle suena, sordamente,

como el viento del mar que, si arrebata

trozos de arena, los transforma en canto.

Sonido que se escucha y se descifra,

ligado al mensajero que lo canta.

Es la música en sus vacilaciones, se acomoda y golpea.

Y es la misma que destroza palabras y quimeras

en el mortero y agotamos el ruido de las palabras

para dar al aire lo que es suyo.

Oh, música, inacabada.


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