El fantasma de la belleza

El fantasma de la belleza

Conoció la belleza muy pronto. Frente al espejo del ropero adivinó la imagen antes de saberla propia. Era la primera hora de la tarde y todos dormían. Se enfrentó al mueble como a un ventanal. Y se vio con luz entre los reflejos múltiples de las lunas biseladas del cristal, iluminada desde atrás, aunque la luz parecía salir de ella misma.
Le habían soltado las trenzas. "Soy hermosa, tengo luz", pensó. Y se imaginó parecida a una estrella de cine que por entonces encarnaba el ideal de la sensualidad y el erotismo. Una belleza contenida, de post guerra.
La imagen la deslumbró. Empezó a buscarse en los vidrios, en el agua de las piletas, en los pisos recién baldeados, en las superficies lisas de los muebles, en el espejo del baño, manchado, en las vitrinas de la mercería, en las vidrieras de los negocios de la calle comercial y en los ojos de su padre, oscuros y brillantes, donde su propia cara parecía chiquita y convexa, como un camafeo. Después, cuando bajaba los párpados, en lo negro comenzaba un desfile de caras diminutas que reemplazaban la primera, y era inútil que se negara a ver, estaban ahí. Ni bien prestaba atención, la mascarilla de turno se borraba y en su lugar aparecía otra y luego otra. ¿De quién eran esas caras desconocidas? Porque ella -mejor dicho, la imagen del espejo- ya no aparecía más.
Se habían mudado y ahora el único espejo estaba colgado en la pared del baño, a la altura de los grandes. Tuvo que subirse a una banqueta para espiarse. Sí, allí estaba, otra vez. Era tan linda. Claro que no era ella y sin embargo... ¿quién podía ser, sino?
Un ruido le hizo poner los pies en el suelo y entró la hermana. ¿Qué demonios estás haciendo? Nada, nada.
La mujer del espejo (era una mujer, no una niña) estaba en la luz, en determinada luz. Cuando ningún sonido ondulaba en el aire la luz parecía repetir el movimiento rotatorio del planeta y una cara que no era la suya aparecía y se esfumaba. Pero no siempre. Las lámparas de mercurio no eran favorables. Ni tampoco los focos que pendían del techo y que irradiaban una luz chillona. La luz natural, en cambio, era especial para el encuentro. La mañana, por ejemplo, parecía suspender tanta hu­medad como para volver tersas las luces y las sombras y poner en su cara al mismo tiempo la frescura y el sol. Un momento, un roce. Hubiera sido inútil, ahora, rastrearse en los espejos: sabía que la cara estaba. Pero no hubiera podido comprobarlo sin hacerla desaparecer.
Un día estaba en la playa. El río lamía la arena barrosa de los costados y desgastaba la tosca. Unos muchachos -le parecieron hombres-, discutían. Ella tomaba sol y se embarraba los tobillos hasta que levantó la vista y se dio cuenta de que el pantalón de baño de uno de ellos estaba abierto al descuido. La playa era un foro, una asamblea. Gentes de todas clases se daban cita para dejar pasar el verano, de sol a sol, soñando el mundo como quien quiere modificar una pesadilla. Había artistas y vagos y filósofos. El hombre se arregló el pantaloncito tirando de una cuerda que fruncía la cintura. La piel oculta por la tela gruesa y húmeda parecía aún más visible, más cercana. La luz, desde entonces, le pareció un cuerpo. Recordaba la luz posada sobre la mesa de la cocina. O resbalando en invierno por la pintura descascarada de las paredes del patio. O hilvanada a lo largo de los alambrados y cayendo sobre las flores de la enredadera, balanceándose. A veces la luz asomaba por las tablas de las persianas de la pieza y diferenciaba la lana de la seda. O brillaba otra vez como un punto vacío entre la tela del pantalón y el enigma del cuerpo, escondido. Quiso estar desnuda. Con los ojos cerrados, asistía al jubiloso desfile de luz. Y mientras dibujaba surcos de sombra en la arena de la playa inventando otro espacio donde trazar el futuro creyó entender que lo bello es lo duradero, el óvalo móvil de la cara subrepticia que aparece entre los muebles oscuros o seccionado, nuevamente, en los biseles del frasco de perfume y en los vidrios azules del comedor. Porque la luz es perseverante en su realización, fluye a un ritmo parejo aunque caiga a pico sobre el cuerpo hasta que algo la aparta, bruscamente.
El último día del verano, el agua, en la creciente, borró cualquier huella sobre la arena para modelar en su lugar múltiples ondas encrespadas, una tras otra, oblicuas respecto de la orilla como si todavía el viento estuviera empujando las olas y volviéndolas sobre sí cuanto más se adelantaban, encimándose. Lejos se marcharían los que hablaban y hablaban bajo el sol del verano, en pequeños círculos desnudos donde brillaba la luz sobre la piel mojada. Intercambios impensados, temas que se abrían en abanico y abarcaban, poco a poco, a todas las cabezas y se contagiaban de modo errático a los grupos cercanos, irían a ahogarse en los cuartos, en los pasillos, en las calles. Esas conversaciones que giraban en torno del ritual de unas cabezas en círculo y desde allí emigraban a otros centros verbales y a aún a otros, como un rumor redondo que fuera enrulando la costa hasta llegar a los muelles del puerto y el canal donde fondeaban los barcos, dejarían el espacio vacío, expuesto al frío y al viento. Sexo, reuniones secretas, citas de amor, proyectos, olores fétidos, utopías naturistas, odios, exhibiciones de patos vica, modos de sobre vivencia que no avalaba ningún régimen seguro, prestigios en ciernes, envidia de los cuerpos, poder, ambición, deseo, bombas de barro que explotaban sombrías en la piel sudada, risas, asombro, vacilación, absurdo, todo parecía extinguirse. Y después de la creciente grande se inició el invierno.
Ella se sentaba ahora sobre las baldosas del patio a recibir el último sol. Con líneas invisibles recorría los caminos que había trazado sobre la arena y eran una memoria involuntaria en la mano. Bastaba repetir una forma para revivir el verano pero había perdido el recuerdo de su rostro. Hasta una vez, cuando se miró en el botellón de agua que estaba sobre la mesa del comedor y se vio a sí misma flotando en una imagen algo deformada. Soy yo, volvió a pensar, porque la repetición le auguraba una identidad.
Creció abandonada de su propia imagen, pero convencida de que mediante determinados ritos y conductas podía convocarla. La disciplina -las más diversas y antojadizas disciplinas- fundadas todas en alguna prohibición, le parecían los instrumentos para el conjuro. Los libros para niñas de su edad le mostraron en la ilustraciones el perfil clásico de las hadas y el óvalo perfecto de los rostros que la miraban desde el papel, cruzada la frente por una luna exótica o una estrella, coronadas por espirales de gasa las figuras herméticas, enjoyados los brazos con guirnaldas de florecillas. Un gusto decadente se había transferido desde las postales y los libros iluminados del fin de siglo a las figuritas infantiles, labradas con brillantina, y a las ilus­traciones de los cuentos y las fábulas.
Tuvo que llegar la pubertad con sus lecciones fragmentarias de historia clásica para poder reconocerse, ahora, en otros modelos: la estatuaria helena, la simplicidad espartana o la fuerza sensual de las Venus arcaicas le importó mucho más que las guerras Médicas o la historia ambigua de Hermes. Un nuevo anhelo empezó a guiarla: hay que liberar a la figura de todo accesorio, pensó.
Su pelo corto crecía siguiendo el movimiento natural que le dictaban los remolinos desde el cuero cabelludo, como las huellas que deja un pie descalzo sobre la playa. Era ya una adolescente y se sentía hija de la luz, natural como las ondas de la arena húmeda y las olas empecinadas del agua coronadas por la espuma pasajera.
Un día de fiesta familiar se refugió en el baño. El espejo del botiquín era triple: movió los laterales y se vio de perfil. Acababa de descubrir su barbilla redonda. Se turbó pero siguió mirando un poco más: la nariz encallaba como un barco en la costa de coral. Los labios surgían como resultado del corte de una piel fetal, todavía herida, una carne viva que mostraba al mismo tiempo el dolor y la risa. Soy hermosa pero la belleza no soy yo, se dijo.
Fue poco después cuando comenzó a estudiar dibujo. Dibujando se comprende que la imagen es siempre semejanza. Imagen y semejanza de otra imagen y semejanza de otra. Pero está el trazo: las líneas perfectas exigían un pulso firme y un olvido de sí. Había que dejar que la mano cayera sobre el papel como guiada por una fuerza superior a sí misma buscando, con precisión, la única dirección posible de un camino recto o una curva esencial. Comenzó dibujando un calco de yeso. Era una mascarilla de Beethoven, reiterada en los talleres de arte hasta el enigma. Aislaba y fragmentaba los planos amplios para determinar planos ínfimos, como quien compone un rostro desarmándolo. Sin embargo, de cada nuevo sector surgía otra cara de la cara de tal modo que si el dibujo llegara a borrarse cada fragmento reproduciría la totalidad. Tal vez tenía la ilusión de una luz reproductora como la que conocemos en el pro­cedimiento holográfico. O la intuición de la repetición como una burla. "Hay mucho más de lo que vemos" le dijo un día la mujer que limpiaba la sala cuando todos se habían retirado y solo quedaba ella, modificando hasta el infinito una misma apariencia gastada.
La alumna aprendió entonces algo de otro orden y la vida le pareció desde entonces la manifestación de fuerzas ocultas pero reales, como la luz, que la arrastraba a un mundo verdadero más allá de sí misma.
Tiempo después, en una zona de islas y riachos animados por la primavera, se encontró dibujando un paisaje de veleros y lanchas. Muchos remaban. Los brazos eran elásticos y parecían repetir el movimiento rítmico de algún dispositivo mecánico como lanzaderas de un telar con eje en el cielo; como "dos aspas locas", tal el verso que amaba.
Un remero se arrimó al muelle y ató la canoa justo a los pies del caballete en una rama de casuarina. "Hay que saber dibujar el olor de las olas" dijo, tal vez para reírse y desafiarla con una sabiduría especial. Cierto, es posible dibujar el olor de las hojas y el olor de las olas. Y en el rumor del agua hay que ver la niebla del río, presencias de barcos hundidos, marineros, aves de pico largo y patas embarradas, cloqueos de pichones arrastrados por la corriente. Y la savia de los árboles muertos que han sido derribados por el pulido del agua sobre la costa... ¿acaso no tiñe de luna la superficie del agua que se mece en los cuerpos? Ese fue el diálogo de amor que los unió como una creciente que modificara el curso del río.
El y ella ahora vivían en un departamento en un piso alto que daba a la avenida. Una noche, con la ventana abierta a la luz que venía desde la calle, él levantó la cabeza y la vio iluminada desde atrás en un revoltijo de sábanas y sombras. "Sos hermosa", le dijo. Parecía que la estuviera mirando por primera vez. Y es que la cara estaba allí, entre los dos. Sintió miedo, orgullo, celos de la otra que parecía ella misma y una extraña dulzura que la sometía desde afuera. Entonces supo que era inexistente y aceptó la tierna derrota: él había empezado a amar lo imposible, lo verdadero.
Al día siguiente eran los de siempre. Varios meses después el amor no pudo evitar el desencuentro y finalmente se separaron. Los mismos caminos que se habían entrelazado ahora se bifurcaban. La soledad fue un meandro que la empujaba hacia el fondo de la tierra, un lodazal estancado en la memoria.
Sobrevino una época ficticia: aprendió a pintarse los ojos con líneas oscuras, largas, horizontales y paralelas, enmarcando los párpados y dejando ver la pupila como una llamarada entre las rejas de una cárcel. Fingir era mejor que ser.
-Pintate los ojos. Hay que mostrar que sos hermosa en los ojos-, le dijo por entonces un amante plácido y cómplice, que vino a reemplazar al verdadero-. Tenés que ser hermosa y vivir como una reina.
Una reina falsa, parlanchina. Porque hablaba hasta por los codos. A quien quisiera escucharla le contaba sus sensaciones, su historia, los mil incidentes de su vida con el poeta o con el sustituto. Iba toqueteando las palabras como una lagartija que camina entre sonidos punzantes. Salpicaba con voces chillonas el recorrido que la separaba del acorde inicial. Desde media tarde se instalaba en un café con un grupo de gente casi desconocida que a diferencia de ella parecía tener una razón para estar allí: esperar el resultado de un examen, intercambiar apuntes de la cátedra, estudiar juntos, preparar una reunión, programar un campamento en las montañas. Ella hablaba. Las escenas que ponía delante de los ojos se encarnaban en la imaginación de los demás. Cuando una escena no se sostenía en la atención del auditorio la remplazaba por otra. Y por otra. Pero la gente se iba. Estaba sola. Y la cara perdida se fue licuando, fragmentando en narices, dedos, uñas, pies sucios, zapatos dejados al costado de la cama.
Tiempo después consiguió un empleo y su hermana le presentó un hombre que iba a ser el marido y padre de su único hijo. Casados, en realidad, no estaban, y un pacto entablado sobre la mutua desconfianza mantuvo a los dos en una media tinta de compromisos y ocultamiento. Una relación madura, dijeron algunas amigas.
En el trabajo, con el correr de los años, llegó a ser sub jefa de un departamento. El óvalo de su cara, que hubiera podido sostener con suerte la cara imaginaria, se quebró en mofletes fláccidos y túmulos vacilantes. La indefinición, lo contrario de lo bello. No era una mujer imaginaria ni tampoco una mujer real.
En un gesto inexplicable para su familia y alentada por la divulgación de la cirugía estética quiso recrear, con la ayuda de un cirujano, aquella imagen cada vez más borrosa. Fue al hospital. Luego de una entrevista que le pareció sospechosamente sencilla le dieron fecha para ser operada al año siguiente. La operación era gratuita. El médico, encantador, cosa inusual en los hospitales públicos. A ratos temió ser tomada como ejemplar de laboratorio. El hombre rodeó con las dos manos el óvalo de su cara y levantó la piel con una suave presión estirándola hacia afuera y arriba con convicción, como si el corte y la nueva costura ya estuvieran realizados. Así también se prueba sobre el cuerpo la caída de la tela antes de cortarla para hacer un vestido, pensó ella. Y así también el médico estaba sopesando el resul­tado posible de la cirugía, efecto que ella no podía ver ni sospechar pero que trató de descubrir más tarde haciendo lo mismo ante el espejo.
Tenía que esperar, nuevamente. Pero la espera no era hacia el futuro, sino hacia el pasado. Se renovó entonces su interés por la pintura y aunque ya no dibujaba comenzó a asistir regularmente a las exposiciones de arte. Un día, el azar la llevó a descubrir un retrato pintado por un maestro post renacentista: en la pintura, los planos de color se sujetaban unos a otros por medio de un peso impalpable y labraban el espacio como la trama de un tapiz. La suspensión del color era el secreto de la pintura, la técnica que habían explotado los modernos, verdaderos tejedores de hilos de luz. Volvió varias veces a contemplar el mismo cuadro midiendo en el aire la vibración del color que iba desde la mirada ausente del pintor hasta la tela y desde la tela a su propia mirada. Pensó ahora que la belleza es la adecuación de dos sueños en una sola máscara. Se produce entre dos, así como la forma del objeto se desprende del objeto cuando la figura del objeto se reproduce en la imaginación. Decimos "éste es un óvalo" cuando la cara se desdibuja y la mano imita el gesto del óvalo siendo, trazándose. El gesto nace fuera de la mano, en el aire mismo que liga la cara y el ojo con la cara borrosa que estuvimos mirando, soñando, como si fuera un espejismo oval, un huevo nacarado y al mismo tiempo opaco, una blancura lunar sobre el rastro de un movimiento estirado hacia los extremos, mareado en su caída.
Entretanto el hijo crecía. Ya no jugaba. Extrañó la época en que el chico llenaba la pileta de lavar para luego retirar de golpe el tapón y que el agua se escurriera precipitadamente por el vaciadero de la rejilla. "Siempre gira en el sentido de las agujas del reloj" había descubierto, "nunca al revés". También el óvalo de la cara, originado quizás en un microscópico átomo giratorio impulsado por una energía gravitante, de pronto fue atraído por un punto cualquiera en una zona de su recorrido y comenzó a describir una parábola que se fijó luego en el estatismo del maxilar y la apertura de la frente. Pero sólo fue óvalo cuando el movimiento fetal, ahora externado en un rostro que enfrenta el mundo en la calle ante los edificios machacones de la ciudad, en los vidrios y espejos de las casas y de las miradas errantes, se reprodujo por fin en la pupila de otro que lo vio. Óvalo es abstracción. Todavía resulta posible deducir en el reflejo de su cara en la vidriera de una puerta giratoria un movimiento oblongo que se ex­pande imitando el giro mareado y vacilante de aquellos átomos de su vida intrauterina en el seno del agua amniótica. Lo sabe. Y a veces prefiere no mirar. Porque es el óvalo el que busca una mirada donde ser; no al acaso, por capricho, como quiere la manifestación de los espejos de material pulido y azogado o el agua de Narciso, casi pétrea en su tersura e inmovilidad, sino ser por sí mismo, definido en la realidad y sin llegar a cosa. Un óvalo virtual, más duradero y único que el sucedido en la imaginación y que soporte tanto la vida como la muerte o la vejez, destruyéndose a sí mismo para perpetuarse.
Tiempo antes de que la fecha señalada para la operación se hiciera efectiva, llegó la guerra. La tomó por sorpresa. Tampoco en el trabajo se habían hecho comentarios ni vaticinios que pudieran dar a entender la magnitud del conflicto. Menos aún lo había predicho el marido, que hablaba en casa cada vez menos. ¿Estaban todos distraídos? Sin embargo, las cosas suelen tomarnos por sorpresa. El movimiento brusco, brutal, aparece en escena sin revelar el germen originario.
La gente estaba muy excitada tal vez por la novedad, la quiebra de la rutina. Muchos se sentían llamados a ser protagonistas. Parecían apostar a un número de otra serie como si hubieran abierto un nuevo entretenimiento feroz. Los hospitales fueron puestos al servicio de emergencias posibles y la operación fue suspendida para más adelante.
Volvió al hospital meses después de la derrota. Y vio mucho movimiento: tropezó con andamios y tapias que dividían ahora los pasillos practicables y el movimiento de las carretillas trasladando materiales para la construcción o escombros -movimiento paralelo y simultáneo con el de las camillas y sillas de ruedas que llevaban enfermos- le sugirió una transformación estética del centro mismo donde ella debería ser operada, transformada, rejuvenecida. El lugar estaba siendo remodelado, igual que el país, que muy pronto cambió de sistema político y hasta se decía que podría acceder al primer mundo. Entretanto, la operación -la suya-, debió ser interrumpida nuevamente.
No se amilanó: volvió al año siguiente luego de las elecciones y entonces sí le dieron una fecha concreta. Lástima que, diez días antes de que llegara el día señalado, la paciente fue relegada a otra oficina: ahora era una empleada más y conoció a su nueva jefa, una mujer inquisidora y a la defensiva que no estaba dispuesta, por el momento, a tolerar faltas ni licencias injustificables. Comprendió que su deseo de belleza y rejuvenecimiento podía ser visto como una frivolidad. Todavía la memoria de sucesivas tragedias distribuían democráticamente un ánimo culposo sobre la po­blación.
Pasó otro año, pero el día señalado se quedó dormida y faltó a la cita "por causas particulares", como alegó a la semana siguiente ante el asistente que atendía a los pacientes en la puerta de la sala y que también era nuevo en el trabajo. Había perdido la oportunidad. Y la memoria.
Sin embargo, algo había empezado a cambiar en ella. Parecía resignada a un trabajo rutinario pero los demás ignoraban sus escapadas, su doble vida. Muchas veces, con el pretexto de llevar o traer expedientes que había que "mover", como se decía en la jerga burocrática para aludir a las recomendaciones que no podían dejarse a un lado, se dedicaba a dar vueltas por la ciudad, sin rumbo fijo.
Era lectora de revistas de arte y el viejo interés por la pintura reverdeció a medida que la ciudad se iba renovando. Estaba al tanto de los nuevos paradigmas, como los llamaban, y pudo reconocer con alegría y un dejo de envidia las incursiones en la estética del llamado postmodernismo, que abría punta en las calles como picadas en la selva. Se usaba el vidrio espejado capaz de rejuvenecer cualquier fachada vetusta.
Cuando volvió al hospital, el doctor Francia -así era su nombre- no estaba y la atendió Etchebarne, un médico alto que la saludó con un beso en la mejilla, ya en parte apergaminada. El le estiró nuevamente la piel, tal como si repitiera un rito, gesto profesional que podría acrecentar la ilusión tanto como sus comentarios. Entró un compañero y Etchebarne dijo: -Va a quedar bárbara. Mirá...
No sabía por entonces el nombre de los médicos del equipo, solo recordaba la sonrisa, la presión de los dedos. Pero ese día procuró individualizarlos: Etchebarne. Y el otro, Francia. Y el compañero, Araoz. Sí, Araoz.
Se sucedieron los preparativos. Cuando iba al hospital ahora sabía dónde ubicarse, recostada en la pared del pasillo ancho por donde pasaban pacientes de cirugía mayor o de traumatología, veía con resquemor las piernas enyesadas, las narices en cruz, vendadas, las camillas que se abrían paso por entre los enfermos. Pero perdía el sentido de realidad, ocupaba su lugar y se corría a medida que iban quedando libres los sitios más cercanos a la pared del consultorio donde se reunían los médicos, sin abrir la puerta nada más que de tanto en tanto. Procuraba dejar pasar el tiempo, leía el diario, pensaba, casi anestesiada, en la oficina, donde debía justificarse decorosamente por estar allí y no allá.
Tuvo que ir varias veces y ya por entonces la cirugía estética se había popularizado completamente. Francia se hizo famoso: su nombre y su fotografía habían sido difundidos por una revista femenina de gran tirada. En el hospital, entre los médicos y los administradores, la publicidad no estaba bien vista. Corrían rumores. ¿Cómo habría sido lo del artículo? ¿No sería que Francia había operado a alguna periodista de ese medio? ¿O la favorecida habría sido la esposa de algún directivo de la editorial? Todos los colegas le reconocían manos privilegiadas, tal vez por eso mismo lo tenían en la mira para criticarlo. Algunos que no lo respetaban tanto supusieron que Francia mismo había pagado la nota sobornando al medio. ¿O le habrían pagado a él por dejarse usar de ese modo y ofrecer una información amplia sobre la verdad de la farándula estetizada por sus manos? Las mujeres que aparecían en los medios acostumbraban a "hacerse abdomen", o "tazas de siliconas". Ella, poco a poco, aprendió cómo se denominaban los distintos tipos de intervenciones. Había una cultura de operadas que usaba su propio código, traducción de los tecnicismos médicos. En general, las mujeres que estaban en la lista de espera mostraban un aire desafiante -salvo algunas excepciones, como ella misma-; eran jóvenes y declaraban con alegría y hasta desparpajo que se iban a hacer succión de grasas o, mejor dicho, lipoaspiración, en la cola o en los muslos, o en el vientre o la papada. Otras preferían el relleno de siliconas en senos y nalgas. Y todo lo nombraban por su nombre vulgar: rollos, patas de gallo, tetas, culo, panza. Y había quienes -tanto mujeres como hombres- esperaban para corregir narices, orejas, mandíbulas, todas intrusiones donde se debe disminuir el hueso como si un escultor actuara sobre el cuerpo del mismo modo que se hubiera ajetreado sobre un bloque de mármol.
Ella, entretanto, continuaba perdiendo la tersura de la piel a medida que se complicaba el trámite: regresar con análisis, pedir turno para fotografía, comprar el bono a la cooperadora (un sueldo), etc. Para este último trámite tuvo que emplear todo su ingenio y su voluntad: al cabo de tantos años se había separado del marido y pasaba por graves dificultades económicas. Ahorró durante varios meses, entonces debió repetir los estudios y hasta la foto, porque había adelgazado.
Durante ese período encontró un nuevo amor: el músico. Este hombre estaba tan en desacuerdo con la cirugía plástica como lo hubiera estado el anterior, en caso de que se hubiera enterado de los proyectos de su mujer. Pero el músico todo lo llevaba al plano de la teoría y argumentaba con palabras y fórmulas esotéricas. "La belleza es el acuerdo de lo de arriba con lo de abajo", había dicho. A ella le resultó familiar ese lenguaje: la actitud espiritualista es al mismo tiempo una revolución, una apuesta y una ganancia virtual, improbable. La mujer interpretaba sus teorías con sus propias claves, vestía las ideas con los reflejos de imágenes vistas o presentidas alguna vez y que ya eran alucinaciones, sombra. La novia escuchaba pero solo aprendía que debía aprender a envejecer aislada, temiendo el roce de los cuerpos. No la ayudaba el novio, no la ayudaba la luz interior. Cuando un grupo de antiguos amigos se daba cita para celebrar o lamentar algo ella ponía toda su buena volun­tad para asistir a la reunión como mujer libre, sola, autónoma... Pero su cuerpo dibujaba un hueco entre los demás como si la que lo llevaba hubiera desaparecido en su propia figura decrépita. Envejece. Lo sabe. Inadvertidamente, minuciosamente, las superficies se contraen, la masa se aprieta a ella misma, la implosión que fue belleza, ajuste, exactitud, se repliega sobre sí hasta secar los vacíos donde el aire y la luz jugaban.
Fobia, dijeron: quiso escaparse una vez más ni bien comenzó el acto al que había sido invitada. Era una exposición de pintura. La gente apiñada le sonreía. Encontró a una persona de la oficina que la miró sin conocerla pero igual le sonrió con una mirada desconcertada, imprecisa. A menudo los que había frecuentado en los últimos años no reconocían su cara y sintió una vez más la inexistencia. En cambio, un pintor la abrazó con ternura, casi desesperado. Quería escaparse. Una fuerza imperceptible la llevaba hacia la puerta. La sonrisa de otra mujer de su edad -era artista aunque ya no exponía- fue implorante: Querida, le dijo, estoy muy apurada, vine por fulano, ya sabés. La cara de la otra estaba como empaquetada en una cabellera encrespada y metálica, apenas se veían los ojos detrás de unos anteojos redondos y chiquitos. Hubiera podido pasar por un león como tantas otras mujeres de la época, que fingían crueldad para despertar el amor, la admiración.
Aunque las piernas insistían, yéndose, alguien le puso en la mano un vaso de vino. Brindó con una pareja ¿cómo se llamaban? Supo que no tenía la ropa adecuada: seguía usando lo comprado en los últimos años con los ingresos de su ex marido. Perdón, dijo un muchacho, respetuosamente. Le había volcado bebida sobre la blusa violeta. Ya no se usa el violeta, pensó. La trataba como a una madre y el hombre no veía el momento de salir de ese rincón de la sala donde se había abierto un camino estrecho para dejar pasar al mozo que, trapo en mano, vino a juntar los trozos de la copa estrellada contra el suelo y secar lo húmedo.
Retrocedió hacia la puerta, aunque en realidad se llegaba avanzando. De costado, en uno de los cuadros expuestos, vio el caballo blanco. Era una masa de color que giraba sobre sí misma y que en un ángulo no tradicional se arremolinaba alrededor de una mancha de luz donde reverberaba inesperadamente el caballo, con su jinete desnudo. La pintura era rutilante, cada color oficiaba de sí mismo, propiciaba vértigos de luz en la sala, sagazmente interrumpidos por oleadas de verdes petróleo y negros azafranados, secos, mortecinos, como señales de un pliegue cerrado.
No tenía dónde apoyar la copa vacía. Empujó a cierta gente para abrirse paso y encontrar un mozo con una bandeja, pero el mozo también se desplazaba: siguiéndolo, se alejaba cada vez más de la puerta de salida y se encontró en el office. El dueño de la galería la abrazó, estaba allí ordenando abrir otra damajuana de vino salteño, ese vino que tanto le gustaba a ella, en otra época. Rechazó más bebida. -¿Que hacés ahora?- le preguntaba el marchand. En realidad, desde allí los cuadros se veían mejor aunque a medias tapados por espaldas, brazos, cabezas, barbas. Alcanzó a ver una franja de oscuridad entre un campo de rojos fríos y una pincelada azul: un indicio. El punto azul reflejaba un cielo oscuro tras la oscuridad. Cuanto más opaca la superficie más luz absorbe y más energía transmite al otro lado. La frase "al otro lado" le pareció más comprensible que cuando alguien la decía en tanda con "del otro del espejo". Sin embargo, era la sombra de un contra espejo: una puerta para salir de la repetición de sí misma y entrar en otra realidad. A veces la vibración de la luz recorre el aire, las ramas, las raíces de un árbol, se repite en otro cielo subterráneo animando a otro sol oculto. Si la belleza es esa sintonía de lo de arriba con lo de abajo, de lo de afuera con lo de adentro, morir... ¿no será relumbrar y despedir la luz hasta carecer de huecos, de sombras?
La pintura brillaba. Muchos artistas buscaban ahora afirmar el cuerpo del color así como los jóvenes hacen gimnasia y deportes hasta agotarse. Lo aéreo es el gesto, el espacio tiempo que separa una pincelada de otra, los silencios, las pausas, pensó.
Había salido casi violentamente de la sala. La calle a esa hora estaba despoblada y unos músicos callejeros, imitando a los músicos callejeros de otras ciudades, improvisaban un tango. Una pareja bailaba. Cada tanto se dejaban caer como borrachos agachándose en una "quebrada" armoniosa, enlazados. El la sostenía a ella y la música lo sostenía a él.
El espacio podía semejar una cadena de muñecas huecas que entraran una dentro de otra como las bábuskas rusas. Pero también el tiempo podía ser simbolizado con una serie de campanas, una nacida de la otra. "Si vas a vivir otros treinta años más, le había dicho su hijo, ¿por qué no te hacés una cirugía estética?" Treinta años, otra campanada sombría donde resonara la música del tango y el color de los óleos extendidos sobre un lienzo. Otros treinta años que tal vez podrían llevarla hacia el punto distante de su niñez donde la luz vino a guarecerse en su cara como una mano acariciante y temida.
Entró en una casilla de teléfono y llamó al novio: no contestaban. ¿Cómo podía ser? El teléfono público de la avenida estaría deteriorado, seguramente la comunicaba mal. Entró en una confitería frecuentada por turistas. Pidió el aparato del mostrador. Se sentó al lado de un hombre que consumía whisky y que la ignoró. Llamó una vez más. Nadie.
A la mañana siguiente, cuando empezaba por fin a dormirse, la sobresaltó el timbre del teléfono: era él. ¿Qué le había pasado? ¿dónde estaba anoche? El novio dijo que su teléfono no funcionaba y le hablaba desde un público. La voz le pareció distante. Y la ansiedad cercana, propia. Durante el largo insomnio de aquella noche había sospechado que el músico la traicionaba: tenía una amante. Tal vez lo imaginado sea lo único real. Y a partir de entonces quedaría la duda entre los dos: ¿había sido engañada? Pero ya aceptaba el simulacro como un beneficio y se tranquilizó rápidamente.
Hacer las compras de la mañana la obligó a pensar en su futuro, que es como pensar en el pasado. Guardaba celosamente el dinero para la operación; no había podido ahorrar un peso más y cada vez que intentaba renovar el trámite encontraba que el bono contribución había subido. Además, ese mes tendría que tocar los ahorros. Al día siguiente estuvo en el pasillo del hospital, como siempre. Había una mujer ya "estirada". Llevaba ahora a la hijita a la que le iban a hacer "orejas", dijo. La mujer habló por lo bajo con deleite y dijo que Francia estaba otra vez en capilla, castigado. Había aparecido por Canal 4 junto al embotellador de barcos veleros y habló del derecho a la cirugía por parte de los transexuales. Era el mejor haciendo tazas. Ella pensó en el travestismo. Las orejas de la chica estaban cuidado­samente escondidas detrás del pelo revuelto. Vaya a saber si eran tan feas. Cortar, remodelar, sangrar. Cuando la atendieron, le anunciaron que había llegado, por fin, el momento.
Hizo los trámites finales, algunos repetidos: análisis de sangre, de orina, fotografía de perfil, de frente. Esto último le resultó difícil, el fotógrafo trabajaba en la morgue del hospital, una zona del subsuelo donde el ruido de los extractores de aire no se silencia nunca. Buscó las puertas alineadas, cerradas, hasta que al final de un pasillo vio el cartel que decía Fotógrafo. Y entró. El hombre dormitaba apoyado en una cámara fotográfica gigante que habían instalado por sobre la camilla donde posiblemente ponían los cadáveres problemáticos. Le pidió que se sentara para posar de perfil mientras hacía girar y acercaba el ojo mecánico hasta su cara rígida. Aquella foto no iba a verla nunca, estaba destinada a los médicos.
La última consulta fue en presencia del jefe y de todo el equipo. El único ausente era el doctor Francia. Por suerte, Etchebarne sí estaba. El jefe la encaró, muy ejecutivo, y mostraba, con un gesto mínimo destinado al público de médicos en ronda, la zona de los párpados. Creyó que decían "arriba" o algo así .
-Arriba no- dijo ella rebelde, espantada. Temía adquirir esa mirada de sorpresa indefinida que había visto en varias mujeres de la televisión.
-Pero si está llena de arrugas -dijo el jefe.
-Qué me importa -dijo ella. Se trataba de una cuestión de principios, estaba desesperada. ¿Cómo explicar ante esos hombres apurados las fantasías que la habían llevado a retomar la decisión de operarse? Solo atinó a espetar un argumento que seguramente iría a irritar aun más al jefe y a sus seguidores:
-Lo que quiero es la corrección del óvalo, quiero recuperar la línea original. Casi lloraba. No quería rebajarse hasta utilizar la expresión ya acuñada que oyera en el pasillo: cara de "perro buldog", le decían a la caída de los músculos que rodeaban la boca. Perro buldog. Hubiera querido ladrar. Entretanto, una médica o enfermera (o una administrativa) le daba indicaciones extendiendo delante de sus ojos un papel escrito. De paso, impedía que el resto de los médicos pudiera verla justo cuando ella balbuceaba: "quiero que me corrijan el óvalo de..."
-Bueno- dijo el jefe-. Entonces ojos no, abajo solo...
Se dio vuelta. En el aire resonaban las indicaciones de la mujer del papel: "El miércoles, acompañada, en el tercer piso , a las siete de la mañana, en ayunas."
Buscó a Etcbebarne:
-Usted me conoce, le susurró.
Los demás ya hablaban de cualquier otra cosa.
-Usted me vio ¿se acuerda? ¿Qué me van a hacer, doctor? Dígame.
El doctor Etchebarne, sonriendo casi para tranquilizarse a sí mismo de la inquietud de seguir hablando con la paciente cuando ya la entrevista había sido clausurada, explicó por lo bajo que le iban a hacer cortes laterales. Luego, avanzando por la parte delantera de la oreja, iban a estirar y recoger el resto de la piel detrás del lóbulo.
Salió a la calle a los tumbos. Una vez más llegaría tarde al trabajo.
Llegó. La oficina estaba instalada en la parte trasera de un edificio reciclado. Había sido la cocina de la casa. Tenía mesadas de mármol y paredes recubiertas por estanterías metálicas llenas de cajas y biblioratos inmovilizados por el polvo. Sentada en una silla de caño metálico, pintada de blanco, había tomado la costumbre de quedarse mirando la ventanita entreabierta por donde se veían las terrazas de alrededor, la más de la veces llenas de ropa tendida.
También se había acostumbrado a llegar tarde, firmaba y luego se escapaba a hacer trámites jubilatorios. Otros días llegaba diciendo que venía de la Caja, pasado el mediodía. Nadie le prestaba atención. Sin embargo, cuando pasaba por el vestíbulo de entrada saludaba entredientes, para que ninguno pudiera acusarla de no haber dado aviso de presencia y al mismo tiempo, procurando no ser vista ni oída. Los demás, de todas formas, miraban hacia otro lado. Para ellos, la empleada del fondo era parte del misterioso manipuleo burocrático que ni siquiera querían descifrar.
Aquella mañana había amenazado con llover y al fin se insinuó una tormenta errática. La luz aumentaba de a ratos, cuando cesaba la lluvia y el sol pegaba en las nubes como en un espejo casi traslúcido. Las terrazas estaban sin ropa, los alambres se agitaban. La jefa nueva entró a tomar un té: la cocina seguía prestando sus servicios entre planillas que servían de mantel precario y fichas inutilizadas donde se apoyaban las tacitas de distinta procedencia y estilo. La jefa actuaba como si no la estuviera viendo; puso el agua a calentar sobre la hornalla y acomodó la tapa de la pava antes de que saliera el vapor caliente. Fue entonces cuando algo la impulsó a ponerse de pie, como avanzando a través de una substancia pegajosa, y se acercó. La jefa, tan acostumbrada a la inmovilidad de la empleada, se dio vuelta sobre sí misma, sobresaltada como si la viera por primera vez. Es muy dudoso que en ese preciso instante irradiara hacia la otra el óvalo perfecto de su máscara ideal, con la que hubiera deseado ser identificada para siempre.
-Profesora -dijo- quisiera tomar unos días compensatorios.
-¿Está enferma?
-No. Es que tengo que hacer algo privado.
- ¿Compensatorio de qué, se puede saber?
-Bueno, todavía me quedan dos artículos y no puedo pedir licencia médica porque estoy sana.
-¿Qué son "artículos"? -dijo la jefa, sin importarle ya defender su prestigio de funcionaria avezada.
-Permiso para faltar...
-Mire, justo ahora tendremos la visita del analista de sistemas. ¿No podría ser en otro momento?
-Más adelante va a ser tarde, me queda poco tiempo.
La jefa dudó; había algo extraño en el tono de la mujer, siempre tan callada. Nunca la había oído hablar. Por lo menos de sí misma.
-Haga lo que quiera, pero para mí, mejor habría sido ir a tomar el té al bar. Cada vez que me muevo las cosas se complican, parece que no se les ocurre más que meterme en líos.
La acompañó su hijo. Llegaron a la hora convenida y se sentaron en el suelo del palier, al comienzo de la escalera. El muchacho bajó a comprar el diario: seguro que tendrían que esperar. Pero ni bien él regresó la llamaron por su nombre de casada tal como estaba registrada allí desde hacía años. Le dio al hijo las cosas que llevaba en la mano y se metió en el área de cirugía, una zona vedada. Le indicaron que entrara a un bañito y se pusiera una especie de guardapolvo verde agua, esterilizado. Entró, en una silla colgaba la ropa de calle de un hombre: una camisa, un pantalón gastado, quizás la ropa interior y las medias, no veía bien. Ella se desnudó y fue poniendo la ropa en el piso que también estaría esterilizado, se dijo. El camisolín apenas si la tapaba, hizo luego un atadito con su ropa y lo apoyó en el radiador de la calefacción. Ardía. Estaba por cambiarlo de lugar cuando vino el enfermero y la hizo salir y acostarse en una camilla. Empezó a rodar por los pasillos a toda velocidad. Desde donde estaba podía ver la cara del conductor del rodado, un muchacho risueño de ojos oscuros. -Tengo miedo, pará un poco... -le dijo. El chico se rió e hizo saltar la camilla con movimientos que seguramente él creía cariñosos, confianzudos, con esas cosquillas forzadas que se les hacen a los niños para que se rían y alivien el miedo de los papás. El muchacho apuró aún mas el viaje hasta desembocar en un corral hecho con dos bancos atravesados: del otro lado estaba el quirófano, sintió miedo.
En la pared del pasillo había una ventanilla y detrás se movían las enfermeras, en la cocina. Le trajeron dos bolsistas de polietileno de las que sirven para empaquetar el algodón. Con eso tendría que enfundarse los pies sin sacarse las zapatillas. No supo si había hecho bien en atarse el camisolín atrás o si debió hacerlo adelante. Se sentía un poco ridícula. El personal iba y venía y una médica charlaba con un colega acerca de un paciente que le había dado la mano a un tercer médico. Les parecía cómico el gesto. Hablaban de cosas diversas porque aquél era el medio natural de los médicos así como la cocina de la oficina lo era para ella; cumpleaños, confidencias, ascensos, venganzas, romances, proyectos, arrepentimientos, todo se cocinaba allí aunque ella no oyera o no quisiera oír. Tuvo que esperar. Por fin volvieron a requerirla y le señalaron nuevamente la camilla estacionada a un costado: iba a llegar al quirófano acostada, no caminando por sus propios medios.
En el tramo final la llevaron más cuidadosamente y entró por la puerta abierta de par en par. Un muchacho semidesnudo se observaba la rodilla. Lo tocó con su vehículo al pasar. Vio la lámpara giratoria que parecía un ojo de mosca gigantesco y multiplicado en su propio interior en miles de ojitos redondos, unos apagados, otros encendidos. El cirujano estaba allí. Mejor dicho, había dos: uno más corpulento y otro más delgado. Ninguno era ni Francia ni Etchebarne ni Araoz. Ni el jefe. Se sometió al cambio de camilla, se extendió en la de operaciones consciente de no tener la cara deseada pero también con un vacío de caras por venir que iba a ser llenado por la imaginación de ese hombre que todavía no la había saludado, siquiera. Estaba tostado por el sol y a veces el blanco de sus ojos relumbraba en la oscuridad como un relámpago.
Pensó: Tengo que decirle algo. No sé quién es. Estaba confundida: ¿irían a darle anestesia general? ¿alguno le pondría de buenas a primera una inyección en el brazo y luego quedaría a merced de ellos? Capaz que se trataba de un error y esperaban operar a otra y de otra cosa. No creerían ellos lo que la mujer estaba sospechando... Tuvo vergüenza de su desconfianza pero era irreprimible. Los preparativos continuaban y comprendió que aquellos eran los últimos segundos de libertad que le habían concedido. Todo estaba por comenzar. Recordó anécdotas sobre la extracción de órganos vitales que luego se comercializaban. Quizás ese hombre, ése más delgado que se acercaba llevando un barbijo almidonado que parecía latir como las branquias de un pez, iba a pincharle el brazo. La conciencia se borraría plácidamente pero ella quedaría a merced de cualquier malentendido, operada de nariz, por ejemplo. La nariz que había aumentado de tamaño, con el tiempo. La carnosidad de las aletas la volvía porosa y al respirar, las mejillas y el cartílago hacían gestos exagerados.
-Perdóneme doctor. Pero yo a usted no lo conozco.
Silencio completo. El doctor no estaba para conversaciones.
-Yo sé que en el hospital es así pero... ¿usted sabe de qué me tiene que operar?
La verdad surgía a la superficie en lugar de la cara dorada de su juventud. O algo parecido a la verdad, que es el miedo.
-¿Cómo se llama usted, por ejemplo? -volvió a preguntar.
-Mire, yo soy del equipo.
-Pero no es de los que me atendieron antes.
-Esto es un hospital. Yo llegué el lunes y el jefe me había asignado esta operación. ¿Usted se llama Nidia Correa no?
-Si ¿ahí dice de qué tiene que operarme? Porque yo a usted nunca lo vi, usted no me miró nunca.
-Bueno, terminemos. Usted está en todo su derecho de levantarse e irse si lo que desea es interrumpir la operación, si es que no está de acuerdo. Pero acá, el que opera es el equipo.
-No quería decir eso. Yo sé que usted no tiene la culpa. Pero ¿se da cuenta de que ni siquiera nos presentaron? ¿Qué tiene que ver que esto sea un hospital? Dar la mano no cuesta nada.
- ¿A todos quería que la presentaran? ¿Uno por uno?
-Si, por si acaso. Porque no se sabía bien quién era el que iba a operarme.
-Es el equipo, ya le dije. El jefe dispone. Pero está a tiempo: usted dispone... también.
La posibilidad de elegir por el sistema de veto la aterró. Es muy probable que el plebiscito sea una forma defectuosa de la elección. ¿Era pensable o posible que a esa altura se levantara de la camilla de operaciones con el camisolín verde puesto sobre la carne y se volviera a casa? ¿Era eso posible?
-No, doctor. No. Le pido que me disculpe. Lo que pasa es que hace años que espero. Y además, a mí me atendió el doctor Francia.
-No sé, no me explique nada. Pero si está tan nerviosa, mire...
La voz se alejó hacia la pared donde había vitrinas con instrumentos que tintineaban alegremente. De tanto en tanto se acercaba algún otro habitante del quirófano como si ese ambiente letal estuviera plagado de peces voluminosos que tuvieran movimientos particulares: estirar una mano enguatada en busca de una pinza, abrir un envase sellado que re­siste.
-No, ahora que lo pienso no la puedo operar en ese estado.
-Pero si yo ya estoy bien. No se preocupe doctor.
¿Debería esperar otro año? Y... ¿no sería mejor esperar antes de que ese desconocido que no conocía su cara (ni siquiera la de todos los días) y que difícilmente pudiera vislumbrar el óvalo virtual de su cara favorecida por determinadas luces y sucesos, proyectara sobre ella un modelo abstracto de mujer aprendido en los libros y actuara un estiramiento como otros hacen una pirueta o un ejercicio escolar?
-No, no se puede. Así no se puede. Estas operaciones pueden ocasionar depresiones graves -estaba diciendo el médico en ese momento-. Hay que prevenir .
Bueno, se está vengando, pensó. Se vio con la cara caída por la manipulación de un cirujano hostil, con las comisuras de los labios definitivamente estiradas hacia abajo en línea de caída, apuntando al odio y la indiferencia. Seguramente, la gente de alrededor la acusaría de depresión, una enfermedad que más parece una culpa. ¡No es depresión! Es cirugía de la depresión, diría ella, haciéndose inútilmente la graciosa. Y las preguntas que la acosarían: ¿Porqué tenés esa cara entonces? O ¿te pasa algo y no querés decirlo? ¿qué te hice yo? Eso le preguntaría el novio y tal vez llegaría a abandonarla con tal pretexto. ¡Está deprimida! diría el hijo y la reemplazarían en la toma de decisiones. Terminaría por ir a parar a un sanatorio de medio pelo. Pero ya era tarde: la estaban haciendo salir de allí. El jovencito de la camilla la tomaba del brazo y ya caminaba hacia la salida y apenas oía el barullo de su propia cabeza y la conversación del paciente joven que estaba ahora sentado tocándose la rodilla que iban a...
Casi doblada en dos por el miedo y la embriaguez de sentirse momentáneamente salvada estiró los brazos y tomó entre las suyas la mano del médico. (Seguramente que ellos, los profesionales, no dejarían luego de comentar ese gesto absurdo): -Gracias... gracias... Espero que no me posterguen hasta el año que viene... gracias, perdóneme...
Se vistió a toda velocidad. La ropa no estaba sobre el radiador donde la había dejado sino sobre la silla, encima de la ropa del enfermero o tal vez, la del paciente de la rodilla. Alguien había cambiado el montoncito de lugar. Se sintió despojada: no tenia la cartera consigo, se la había dado a su hijo y el hijo no estaba en el vestíbulo del tercer piso ni en la puerta del hospital.
Salió a la calle a recorrer los bares de alrededor. En el primero, el muchacho no estaba. En el segundo vio muchos médicos, entre ellos el doctor Francia, apaciblemente sentado junto a la ventana. No quiso que la reconociera. Hubiera hablado con él para contarle todo pero... ¿no era transgredir las reglas del hospital? ¿Y si el jefe los veía charlando? Probablemente pensaría que ella estaba en connivencia con el médico cuestionado y hasta se diría que le había pagado un arancel aparte porque deseaba ser operada por él, cuya habilidad de artista era reconocida hasta en el exterior.
Se escurrió entre otras personas que avanzaban por la calle hasta la puerta del hospital volviendo sobre sus pasos y siguió de largo pensando en la frase "usted es un artista", para decirla al médico que le tocara y en el momento oportuno. Aunque a ellos, esa profesión parecía darles un poco de vergüenza como si la cirugía estética no fuera del todo científica y mucho menos cuanto más virtuosidad exigía. El arte mismo también suele provocar estas incomodidades.
Llegó al café, del otro lado del hospital. Sentado como para quedarse toda la mañana sin hacer nada, estaba su hijo ante un cerveza de tres cuartos, abierta. Leía el diario. Era el único parroquiano: se ve que por eso mismo había elegido el café aquél, el más viejo de los tres. Le pareció divertido aparecer ante su hijo y decirle qué tal luego de golpear el vidrio de la ventana con los nudillos. Pero entró, como vuelta de la muerte. Luego, mientras ella desayunaba, el muchacho dijo:
-Es un hospital, una mierda. Los que no tenemos plata somos una mierda.
-Pero a vos te salvaron la vida en un hospital cuando eras chiquito... -reprochó ella. Y se fue a trabajar como si todo estuviera dicho. Quería que la jefa admitiera el traslado compensatorio a la que iría a ser la fecha definitiva. Pero esa fecha ¿iba a pactarse alguna vez?
La jefa estaba en su redil, en la oficina del frente. Seguro que no tenia ganas de ver a nadie. Parecía esconder una revista -o un libro- entre las hojas del bibliorato que apoyaba sobre el escritorio. Pensó que estaría leyendo y que era una felicidad verla hacer algo prohibido y al mismo tiempo bello, porque ni se le ocurría pensar que la lectura no siempre entraña belleza. Se escurrió hasta el fondo. Después, cuando la jefa fuera a tomar su té podría decirle lo que quisiera.
A la media hora salió: nadie la había visto entrar y ya era el mediodía pasado; por suerte, encontró al novio sentado en el banco de la plaza a la cual iban siempre. El hombre no comentó en absoluto la operación frustrada, ni para alegrarse. En cambio, quiso que ella escuchara fragmentos de la obra que estaba terminando. Era música urbana y no le extrañó que careciera de melodía. En su lugar, golpes de agua y chirridos de motores y ruedas sobre el asfalto. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Pero estaba molesta: algo la conmovía más de lo prudente. La música no debe tocarnos como si fuera materia. Y menos aún producirnos sensaciones corporales, pensó, sino elevarnos hacia algo diferente y menos falible o temporal que el cuerpo. Él la miró con ternura.
Esa misma noche llamó a la única amiga que había sido operada de cirugía plástica. Le contó todo. ¿Había huido del quirófano? Estaba loca. Con lo que cuesta una operación de ésas. Colgó y buscó afanosamente en la guía: la dirección y el teléfono de Francia estaban ahí. Llamó. El doctor fue amable pero estaba apurado, ese día ya no había más pacientes y le recordó que ella se iba a operar en el hospital, que los pacientes son todos iguales y tienen los mismos derechos pero que en el hospital no se pueden tener más consideraciones que las estrictamente profesionales. Ella insistió, quejándose del chico de la camilla que la había llevado a la carrera por los pasillos. Ese fue el momento en que el doctor Francia supuso que estaba ante una paciente con problemas psiquiátricos además de los económicos y habló en forma neutra pero decidida:
-Eso sí que no. En nuestro hospital la atención es muy correcta. Usted está alterada.
Para ablandar un poco el ánimo de aquella voz que se había endurecido como un chirrido metálico, la paciente juró que al día siguiente iría a la consulta y le exigiría al jefe que la hiciera operar por Francia. Francia o nada, dijo. Y de algún modo estaba deseando que fuera nada.
Llegó el día siguiente. La recibieron el jefe y el médico de piel tostada y blanco de ojos demasiado blanco. El jefe se divertía. Dijo que era muy difícil que pudieran darle una nueva fecha. Ella argumentó que había tenido miedo, de Francia ni una palabra. Bueno, veremos..., dijo el hombre y consultó un libro de actas. Agregó que había tenido un brote histérico y al mismo tiempo "histórico" (había estado pensando el chiste, no quería dar a entender que la mujer estaba loca todo el tiempo, era condescendiente). Al fin, anunció que iban a operarla el martes de la otra semana. ¿Quién? El mismo equipo.
-La próxima vez que hagamos una reunión social no nos vamos a olvidar de invitarla, dijo el jefe, burlonamente.
Aquellos diálogos se repetían en su recuerdo los días subsiguientes como ecos o espejos auditivos que no podía hacer callar. Ni tapar con una manta oscura. Hay palabras que brillan agresivamente, son rechazadas y vuelven por eso mismo, rebotan.
En la mañana del martes esperaba la operación con saña como si ella misma tuviera que reunir la fuerza con que hacer una hendidura en la piel. En lugar del ayudante delgado había una doctora joven y comunicativa. El doctor Alisio (ése era el nombre del cirujano tostado por el sol) la recibió cariñosamente. Entre los dos la ayudaron a acostarse y le pincharon el cuero cabelludo a los costados y arriba y abajo de las orejas levantando la piel con fuerza hasta que ella sostuvo la cabeza como suspendida en el aire, casi la cabeza de otro que estaban golpeando con golpes secos justos precisos, mientras una aguja se introducía en la piel y medía con el dolor la profundidad de la carne abotagada sobre los huesos, no debía gritar el dolor acompasaba sus pensamientos aparecían las fachadas despejadas de las casas antiguas y los frentes tumultuosos de los rascacielos inundados de nubes el grito de una música que sonaba al fin con toda la voz del cielo tronando en la ventana de la cocina donde estaba la oficina y la jefa comparecía con el libro en la mano golpeaba el agua entre los troncos de la costa se metía entre las raíces murmuraba el motor de un auto continuo y comenzaron a cortar la piel cuando ya no le dolía nada más que el rumor de las ruedas y las chapas bajo la lluvia. Siguió atentamente la conversación de los médicos punto por punto sospechando que a cada corte correspondía un nuevo ajuste insensible de cuentas con los años transcurridos sin que sucediera nada nada. La mitad de la cabeza estuvo lista y la hicieron girar con la mirada en el costado opuesto. Ahora empezó otra vez la anestesia a actuar en la zona previamente dibujada. Los pinchazos, los golpes, la carne hundida. Los médicos dibujaban con instrumentos cortantes, como gubias que hicieran hendiduras en la superficie gastada del linóleo para determinar una forma. Temió por los ojos, un momento. Estaba llena de ojos en las sienes, bajo el lóbulo de la oreja, en la nuca, en el cuello: ojos abiertos. La piel agredida exhalaba la rutina de años, supuraba soledad. Tembló: habían terminado. Siguió temblando. Los doctores le hablaban con dulzura. Había habido una especie de pacto de paz, de perdón. La vendaron de tal forma que creyó ahogarse pero la venda era porosa y finalmente le hicieron aberturas como si fuera una astronauta lista para hacer un viaje de exploración hacia el espacio donde rotaba la imagen de sí misma perdida en la infancia cuando se creyó, antes de tiempo, una mujer. ¿O es en la infancia cuando somos y crecer es ir hacia allí, retrocediendo? Entonces tuvo tiempo para pensar; era en el universo exterior donde se tejían visiones que la imaginación percibía y acarreaba. Las palabras acaso eran un modo de penetrar el tiempo y el espacio, de cruzarlo como haciendo una incisión. Desde la densidad de tener un cuerpo, una cara, una voz, se alzaba el pensamiento inmaterial sin sonido alguno pero con forma, dilatándose en el espacio que recorría ahora, desde abajo hacia arriba, en una espiral cada vez más extensa. Iba a buscarse. Volvía al origen acostada dificultosamente en la cama de todos los días, envuelta en una tela blanca ensangrentada en la nuca, inmovilizada en el cuarto y en la memoria.

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