Cómo escribí un poema y el poema que escribí

Cómo escribí un poema y el poema que escribí
Hebe Solves

La circunstancia es su repetición. Me propongo desmenuzar las circunstancias en que un poema vino a colocarse entre mis papeles y que, harto de haber sido escrito por mí y no lograr ser leído por otros, encontró esta ingeniosa manera de darse a conocer a la cola del texto que escribo por su imperio. Y, sin embargo, ya tuvo tres lectores, aunque el
poema no se dé por satisfecho.
El lector que lo desee puede encontrarlo al término de estas reflexiones, tal como el poema me manda decir, con verdadera impaciencia. Su nombre es tan largo como el poema mismo y tal vez por eso lo dejé a un lado cuando les tocó el turno a otros de entrar en un libro. Ahora se toma venganza Y quiere ser explicado.

Vuelvo por eso a obedecerle, recordando que todo sucede por segunda vez (como decía Kierkegaard), o es ignoto: la circunstancia de ser algo es su repetición. Y en la misma palabra "repetición" está la petición de que se re-pita. Por el uso, y más allá de la filología que no quiero ni consultar para no perder la intimidad que todavía guardo a duras penas con las palabras. La marca re (repetición, renegar, renombre, recaudo, reluciente, relamido, reunido, religado, recordado -¿algo que ver con el corazón? -, resentido, remanido, reprimido, etc...), parece señalar la insistencia, en todos estos casos, como si fuera la obsesión de la cosa junto a la cosa que le sigue. Y la cosa tendrá que ver (re, res, cosa), seguramente. Sí, tal vez la palabra "cosa" o la marca "re", es la señal de la duración de un sentir, de una experiencia, cuando se repite y sucede dos veces, es decir, la insistencia en el ser o sentir del ser. Y con ese sentido intuitivo e íntimo de la marca "re" me quedo: lo que dura y es, la circunstancia que llega a serlo en la medida en que se repite y se la reconoce como experiencia. La circunstancia es la que voy a tratar de reduplicar aquí redoblándola para revivir el origen del poema que viene detrás.

Las circunstancias produjeron una experiencia y, como es sabido también las experiencias irían a la tumba como los que las viven si no se repitieran. Entonces, diré que escribí el poema no estrictamente a causa de la experiencia que viví en el año
1980, cuando el músico Egberto Gismonti -brasileño- vino a dar un recital a Buenos Aires, sino a causa de que la experiencia terminó y tuve miedo de que no se repitiera, salvo que la intentara por escrito como sucedida en la escritura misma.

El escenario, el drama, el acto y la reunión

Después de un largo período de desunión y venganza, la parálisis que provoca lo inerme nos había tocado más o menos a todos. Anduvimos con cierta habilidad para obedecer, como sucede con los que carecen de voluntad para vivir. Y un buen día un grupo de gente vino a caer en el teatro Coliseo, donde nos prometían tirarnos por la cabeza un poco de vida tropical: Gismonti. Algunos se pusieron ropas a propósito, las que ya casi no se sacaban a relucir, y hasta vinchas en la frente o sandalias de invierno con medias blancas al estilo hindú, y sombreros.

El público tenía un toque de rara inquietud desconcertada: ¿estaríamos a la altura de aquella música? La pregunta -todos manchados de negro pomo estábamos- nos volvía más inseguros, es decir, más porteños que de costumbre. Además, estaba la cuestión generacional: ¿correspondería que los mayores de cuarenta escucharan aquello? La calle se l1enó de gente joven y un poco descabellada en su vestimenta más o menos rotosa. Eran los que tenían el casi obsceno afán de colarse y fueron llevados en celular
a pasar, la noche a otro teatro. Los que ostentábamos la entrada entramos, no sabiendo si debíamos sentir orgullo o convenía más mostrar tribulación por aquel primer suceso callejero. Era indudable que ya no estaríamos todos los que habíamos ido. La sirena policial fue la primera música de la noche.

Yo también pensé -seguramente como más de uno-: "Bah, en Brasil pasa lo mismo y la gente baila y canta igual". En fin, costumbre de camaleón nacional. Y así empezó la música. O siguió, primero fue un conjunto argentino que el público despreció cómodamente en el intervalo. Después Gismonti, que apareció en escena felicitando a los mismos que el público había criticado causando aún más desconcierto al camaleón sentado en las butacas que ya casi no hacía ruido al respirar para no equivocarse de registro y meter la pata haciendo sonar un tango, mientras el músico dialogaba con dos jóvenes integrantes del conjunto autóctono (diálogo musical difícil de oír cuando no se conoce el código por los medios de difusión habituales).

Al fin, Gismonti se sentó y se puso a rezar descaradamente delante del piano, ahí mismo, como un pájaro o redentor que quisiera subir a las alturas y que luego, desde allá arriba, dejara de tocar para mecerse en el aplauso que debió haber sonado como
sostenedor, si el público lo hubiera producido. Pero no, el tema terminaba y sólo se oía silencio y el tema volvía a empezar y se continuaba a sí mismo, arrastrándose entre las teclas con desánimo en busca de la imposible respuesta que no llegaba.

Mientras, el pájaro se venía abajo dándose un porrazo de silencio hasta que la segunda vez que pasó semejante cosa Gismonti se puso de pie y se fue detrás de las bambalinas, furioso. Pero regresó, perdonándonos, en busca de la música y la mirada del guitarrista que había seguido dando la cara con algunas notas de ritmo repetido y el concierto volvió a empezar. Empezó, se desarrolló y agonizó nuevamente y seguro que otra vez iba a reptar en busca de la respuesta de los espectadores frustrantes, inútilmente. Entonces cometí el acto. Sí, al ver a Gismonti precipitarse, mudo, por tercera vez, colgado de dos notas desfallecientes, aplaudí.

Al aplaudir yo -no importa que la metida fuera una señora de pelo blanco porque el aplauso en la oscuridad es anónimo e invisible- aplaudieron los demás, cosa que muy probablemente no hubieran hecho de saber quién era la que aplaudía. ¡Y Gismonti siguió haciendo música! ¡Qué alivio! El vuelo comenzó otra vez, ahora desatado por la esperanza, por el raro momento, por la dificultosa simpatía surgida de la soledad. Y Gismonti, ese desconocido, me hizo vivir el honor más grande y al mismo tiempo la locura más inalcanzable, la de ser. Sí, yo fui la que aplaudió y los demás me siguieron.
En fin, como se ve, no quiero todavía que aquel acto quede en el anonimato. Sé que se discute el que haya sido yo la actora, pero me da igual. De él viví mucho tiempo y el tiempo suele resistirse a la vida.

Salimos de ahí, no todos unidos como habíamos estado al término de aquella lucha esquiva, sino separándonos en grupos, individuos y partes hasta que, ya en la calle, apenas si nos quedaban las piernas para caminar y la boca para vociferar. Sobre todo
se cerraron los oídos, tal vez para siempre o por otra larguísima temporada, esperanza que muchos guardaron en el bolsillo pero que yo no me pude sacar del caletre: tal vez Gismonti no volvería nunca más. Tal vez, si volvía, el público ya habría aprendido a
aplaudir como dios manda o Gismonti recomienda, interrumpiendo la música con el aire sonoro apretado entre las manos -su instrumento-para que continuara.
En fin, esa experiencia caía en el cesto, como la entrada al espectáculo. Y yo ya estaba como todos los días tirada en algún lugar mirando el teleinformativo de la tarde.

Unicidad de ser, locura

Una experiencia única con protagonistas diversos, agrupados en dos bandos irreconciliables -músicos y espectadores-, iba a desaparecer en las cuentas del empresario que la había organizado, como tantos otros hechos anotados nada más que como debe o haber en el balance del afto. Y mejor no hablar de balances: tienen
una significación en otro registro, dramas y tragedias antiguas no rueden competir con ellos y mucho menos la simple historia de cómo escribí un prescindible poema, que quiere hacerse notar y cuyo mayor interés podría ser el de la gestación y no su resultado, tal como sucede en la vida cuando alguna pareja se casa para tener niños.

Se había roto la programación; la música que se va haciendo al paso nos había tocado; la improvisación, dándole al público lo que el público necesitaba pero no sabía, había roto la compulsión de los nacionales que acostumbramos a gritar calurosamente ¡otra!
y ¡bravo! cuando estamos bien seguros de que es nuestro turno y que los dos últimos compases de tango que suelen tener las melodías escritas previamente a su ejecución nos lo avisan. No podría olvidarlo: yo, protagonista de incógnito, había hecho música respondiendo con mis solas manos en aplauso a un músico genial que nos llamaba desde la selva amazónica con el raro aullido de pájaros inexplicables para la zoología, mientras el coro de las máquinas electrónicas -y el resto de la platea- nos acompañaba
con su tum tum continuamente reprogramado llevándole la contra al acostumbramiento adormecido en los instrumentos y en las manos que aplaudían, vacilantes y gozosas. Música. Yo parte de la música, sin instrumento ni cartel. Yo música.

La condensación de sensaciones protagónicas, guiadas por el amor a mí misma más acerbo que ese mago había sabido despertar cuando ya casi nada quedaba del aprecio primigenio de vivir en mi propio cuerpo y con mi propia cabeza que alguna vez había poseído al amparo de padres, tíos, hermanos, abuelos, maridos, hijos, amigos y amantes se revolvió en mis tripas encadenándome la mirada hacia adentro. La cabeza, el pecho y la columna vertebral un solo hilo: yo misma.

"La música no me interesa"

Cierto que los días pasaban y guiada por esa tensión insoportable gastaba mucho dinero en taxi: alguien que es música no viaja en colectivo. Y la heladera de casa careció de repuesto de alimentos con tal de que mi tiempo no se degradara ante el mostrador de alguna carnicería donde, en otras ocasiones, los pedazos de vaca tironearon de la misma implacable manera y con idéntica paciencia de mi cuello-mente-embudo-succionado por la "realidad" que lo reclamaba.

Sí, un poema puede iniciarse en los jugos gástricos y en el vómito. Este comenzó en el ritmo de un país fraterno que por aquel entonces le daba de vivir a muchas agencias de turismo porque los argentinos iban a tomar aire allí y yo, sin iniciativa para el pasaje, tuve que esperar a recibirlo en mi falda, entre las dos piernas sentadas en una butaca del Coliseo. Y ya empezaba a garabatearse el poema como palabra indecisa o como río de palabras sonámbulas que continuaban los estertores de su fuente subterránea en el tiempo, con el retardo que las rocas de la salida le imponían, obstruyendo su paso.

Tal vez un poeta de verdad se desliga del insomnio de lo útil y va en busca de la vida pero soy lo que soy, amontono piedras con la misma fuerza con que pretendo sacarlas del camino y la carnicería que no visitaba, no obstante, se filtraba en el recital de Gismonti, con una misma presencia de carne que el tiempo iba descarnando ante mi desesperación. Todo entraba allí, como en remolino.

Los hechos más superfluos de la vida diaria eran parte de la corriente del poema aunque ya no los cometiera, embebida como estaba por el ensueño que trastoca lo que no está en lo que está y viceversa. Todo entraba y se ponía en su lugar, como la duradera conversación -repetida- con mi marido (palabra que rima con amigo pero no coincide), que viró sobre sí misma y vino a ponerse en el aplauso no escuchado, en la misma falta de respuesta que el mago recibió clavada en la espalda de su cruz (Gismonti en el calvario ya era una estancia del posible poema) y yo en la cara, todos los días.

Y de seguido vino también a ocupar su sitio en el concierto la nostalgia de un amor irresponsable, improvisado y de otro amor, el mismo, y de otro y de otro, siendo estos virajes casi la causa de la vacilación magnífica de las improvisaciones de Gismonti y de los gestos como patadas con que cambiaba la ya contada programación de los sintonizadores o como se llamen y guiños que daba nerviosamente al que tocaba
la guitarra y parecía, en mi memoria, otro de sus indescriptibles instrumentos, igual que yo.

El terror de quedar desamparada, sin sueldo que valiera para pagar el alquiler o preparar la comida que no compraba ahora, por otras razones, se ubicó en ese monótono sonar de una guitarra electrica que funcionaba repetida y plañideramente cuando Gismonti se iba del escenario, furioso porque nosotros, el público, no nos habíamos dado cuenta de que el tema estaba agotado y no aplaudíamos.

Y la sensación de ser la mujer más fea del mundo se instaló cómodamente en la charla despreciativa de las personas entendidas del público que, en el intervalo, descalificaron alegremente al conjunto argentino que tenía dos mujercitas como principales músicas improvisantes, tocando unos mates sonoros que apenas cabían en la palma de la mano y sus voces instrumentos y que, en una descomunal carrera hacia la verdad -ésa era mi opinión- habían sido llamadas por Gismonti al escenario con él solo, para tocar con él, así como yo había tocado con él, aplaudiendo.

Tales ideas democráticas fueron desplazadas por un ataque de amor tradicional, tanto que hubiera sido pisada con gusto por Gismonti como una gallina si él lo hubiera querido y sabido, con toda gloria y justificando así mi vida.

Y tampoco la envidia quiso callarse, de modo tal que comencé a soñar con mandarme a hacer una túnica como la que Gismonti había usado aquella noche y tener una selva en mi balcón de casada aunque nada de eso hice por volver a ratos a mirar el poema que se iba escribiendo.

Todavía recuerdo su pelo, que tiempo después se puso de moda o ya lo estaba, y obligó a los peluqueros de Buenos Aires a dejar de lado el brushing para aprender a hacer tirabuzones mota en las rubias y en las castañas, que aquí abundan. De su pecho salía todo, ahí todo llegaba. Y, cuando abrí el diario del domingo, vi que Gismonti, en un reportaje, decía: “A mí, la música no me interesa. Yo quiero crear un centro de energía. Eso es todo".

El poema me recuerda y me da sus razones

Aplaudir y escribir, doble acto de una partitura que había ejecutado a empujones antes que el olvido deshilachara aquel día en los sucesivos ante la imposibilidad práctica de seguir en ese punto de expansión de lo Único que se había formado en mí usándome
como instrumento.

Los versos tenían la virtud de volverme al centro de la noche, despatarrados como eran, y hacerme rebotar contra mí misma siendo una sola sin que yo, ahora, fuera dueña de ese lugar que se me habría escurrido definitivamente de no ser por aquellas palabras.

Y volví a mis obligaciones con la humildad de una maestra de escuela, esposa y madre, ilustradora de historieta o lo que fuere por aquel entonces que no recuerdo ya ni importa desde que todos los trabajos exigen una modestia y olvido de sí y de toda exaltación desordenada de la misma manera.

Churrascos había ahora en la heladera y un poema o algo así -en la página-.
¡Qué tristeza! Por entonces, seguramente, miré a los que me rodeaban para encontrarles nuevos defectos y recomencé la batalla. Pero qué tristeza. Eramos dos, tres, yo misma era dos, tres cuatro, cinco. Una despreciaba a la otra y una huía de la otra todo
el tiempo y cuando dormíamos, aparecía la más larvada de todas, la que ni siquiera era una Hebe sino nadie.

Volví de vez en cuando al poema y ahora era ajeno. Leerlo me transformaba en la espectadora de un drama que, si bien se repetía a diario en otras escenas, ahora me parecía "realidad" y antes sueño y visión: la imposibilidad de responder unos a otros y hacer música, sólo ruido.

Leía el ridículo escrito a escondidas para que la máquina no volviera a estallar con la pretensión de no ser máquina sino dios. Así a menudo he renegado de los poemas y ellos, para ser aceptados por mí, tuvieron que dar otra clase de razones amén de su sola presencia. Tal como somos exigidos los humanos que debemos justificarnos con documentos de identidad, garantías, razonamientos y apotegmas cuando nos damos cuenta de que ocupamos un lugar cualquiera de la calle.

-Mirá que soy testigo de una especie de muerte colectiva- me decía el poema, en confianza, apelando a mi responsabilidad social.
-La poesía es irresponsable- contestaba yo, imbuida de otros razonamientos no menos fundados.
-Fijate que podés aprovecharme para reactualizar el símbolo de la cruz -continuaba, apelando ahora a la teoría de que la poesía es una actividad coleccionista de símbolos sagrados-. Por ahí digo que las butacas eran la cruz donde estaba clavado el músico. Soy interesante.
-No sé si soy creyente -le respondía mi conciencia perturbada al poema que redoblaba su seducción.
-Ante el poema, nadie es nada y el poeta menos -decía otra vez el poema-. Y además, si te fijás bien, tengo forma.
-La forma no se usa entre los poetas y se usa demasiado allí donde no haya poesía. Quisiera que esa palabra ni existiese -suspiraba yo, tratándolo de pronto como si él fuera el que disponía de esas cosas y pudiera satisfacer algunos de mis deseos.

Pero enseguida me daba cuenta de que un poema no es ni académico ni gobernador ni padre ni marido ni nada y me daba pena. Al menos podría haberle pedido un préstamo para comprarme la túnica o la planta para el balcón pero estaba seco de fondos como corresponde a un objeto que no entra en el mercado.

-También yo -dijo entonces el poema, sorprendiéndome-. Con la forma comienzan todas las desgracias y "con el número dos nace la pena". Lo abracé. Lo abracé con la mirada, tanto como pude. Eramos hermanos y amantes. No pudimos seguir diciéndonos nada.

Criar al poema

Largo silencio el del amor que no siempre se produce. Cada vez se aclara menos la cosa pero, en cambio, no se oscurece. Es aquello que "devela lo que vela" y la superficie lunar ofrece reflejos engañosos que deslumbran sin llegar a manifestarse. Intimidad con el poema que no ha de repetirse y que se cumple en la plenitud del olvido, en secreto. Noche sombría de la diosa solitaria y única que nos ampara en la pereza de haber cumplido con el deber.

Hasta que un día, el poema que ya nació sin que nos diéramos cuenta, vuelve a nacer como poema a la luz del día y lo vemos, con sus tachaduras y borrones y su queja: “Tengo forma". Pobre infeliz.

El nacido porque ya nació, el bien parido por repetido, el circunciso por la circunstancia que es su duplicación, ni siquiera era un poema tal como mis contemporáneos lo entienden.

Entonces agarré el poema y conté los versos libres comprobando que no eran tan libres, ¡ah! ¡menos mal! Me fastidian los poetas que alardean de escribir versos libres (justo en este tiempo…). Otros se drogan para tener algo que decir. Y los hay tan timoratos que se apoyan en cualquier escalera mientras escriben, desde la del budismo a la de Heidegger. Por mucho que yo haya hecho lo mismo, los versos libres se me hicieron intolerables de un tiempo a esta parte, como segmentos variados de una misma burla hacia la vida que nos toca, nos provoca.

Felizmente, este poema había nacido con muchos endecasílabos a la italiana, con acento en la sexta y en la décima sílaba. Claro que no tenía rimas finales, ni estrofas, las imágenes que usaba eran vulgares, como la del remanido pájaro que sobrevuela la poesía nacional sin cansarse y, además, no se entendía lo que quería decir sin que su estupidez pudiera quedar disimulada en la enjundia verbal ni imaginativa.

Había tenido un hijo, ahora lo veía a la luz del sol. Y el severo padre que miraba desde la cabecera de la camilla ginecológica no disimulaba sus ganas de arrancármelo de los brazos y tirarlo lejos de sí, tal vez por el precipicio espartano.

Yo, por mi parte, lejos de la planicie lunar que me había mecido con el poema en las entrañas y con el verdadero amor de quien ha parido cualquier cosa y quiere ocuparse de eso aunque la cosa no lo pida -y en ese entonces el poema estaba callado, como muerto-, madre impertérrita, me puse a la tarea de lavarle la caca al poema y empolvarle el culito.

Lloró mucho. Cada verso que caía en el cesto de la basura gritaba de noche y yo tenía que achicarlo, condensarlo, contaminarlo con los versos de alrededor modificando a los vecinos de modo tal que lo que había caído volviera a brillar aunque fuere nada más que de reojo en las palabras de los versos cercanos que habían logrado entrar en la medida deseada.

Algunos, -por muy cortos o muy largos, irreductib1es a la medida y caprichosos de nacimiento, quisieron entrar igual y tuve que aceptarlos, aunque tuvieran cualquier cantidad de sílabas y pusieran a prueba mi potencia higiénica.

Puesto en penitencia semana tras semana, mes tras mes, el poema apretaba los labios, callado, y su frígida mirada ya no se dirigía a mí. Ni bien lograba componerlo un poco, mostraba la inquietud de los chicos que quieren salir todo el tiempo a la calle, como si en casa se aburrieran. Pero era tan largo que no se lo podía sacar a pasear en el cochecito de un libro.

“Es interminable”, pensaba yo, porque también las madres vemos los defectos de los hijos, con fastidio. "Tiene cualquier cantidad de versos y los poemas largos ya no se usan, no los dejan entrar en ninguna escuela, ni siquiera les dan la oportunidad de que pasen el examen de ingreso".

Al menos, podría dividirlo en estrofas, para que fuera entrando de a poco allí donde se le ocurriera llegar el día en que, lejos de mí, anduviera por el mundo. Probé a hacerlo, no oculto que con el deseo de que la tarea de estrujar, acortar, manosear, acariciar y respirar aquel poema no terminara nunca. Con él en las manos volvía a ser una sola, aunque él pretendiera ser muchos. Era una, otra vez, y sin embargo ya nada me importaba la noche del recital de Gismonti, ni la interrupción de los diálogos, ni la nostalgia del amor o el aullido improbable de los fantasmas. Ser una, eso era todo. Y lo terminé por primera, es decir, no lo terminé.

Cómo ser dos con el poema y más también

¿Ser una? Llegó el día en que ser una con ese poema fue nada más que un recuerdo. También yo parecía re-cuerda y era aquí ésta y allá la otra como si el poema no existiera. Cuando volví a él supe que había estado embebida de un imposible y que el verdadero sueño recién comenzaba: ahora seríamos dos, el poema y yo, Gismonti y yo, usted y yo.

Es sabido que después de la noche viene el día y después del verano el otoño y después de la unión la separación. Por suerte, en una versión vieja habían quedado unos versos cortos fuera de uso, como un canto que desde hacía rato reclamaban ser parte del poema pero que, lamentablemente, molestaban al endecasílabo como los jóvenes de la calle que habían pretendido entrar al recital sin pagar.

Eran versos nacidos de algún tema de salsa centroamericana -por el ritmo- y del discurrir de algún viejo paisano sentencioso oriundo de las Pampas que de tanto en tanto se me cuela en la respiración, por su decir: ahí mismo reconocí la otra voz, la diferencia con la cual podría reiniciar el negocio que ya parecía clausurado. Entonces me di el gusto de abrir un canto menor al pie de cada dos estrofas de endecasílabos y escribir la sentencia con cualquier medida y cantidad de versos y como si la voz que se me estaba colando en el poema fuera un coro tan antiguo pero tan antiguo (pese a su zarandeo tropical), que estuviera más allá del baile y la coherencia y pudiera farfullar lo menos posible con tal de decir lo que quería antes de morirse.

Y además, repetía más o menos lo mismo, también como los viejos que parecen perder la memoria pero que, en realidad, saben que hay pocas cosas para decir por cada vida que se vive. Sin embargo -aunque ya éramos dos adentro del poema- el tema de la sentencia se fue contaminando del poema inicial y sucedió que los versos aumentaron de tamaño hasta llegar, también ellos, -ahora con una juventud reverdecida- al endecasílabo (en casi todos los casos). De modo que las dos voces volvían a querer reunirse: experiencia y sentencia; sueño y vigilia; música y realidad.

El poema ya era dos que se volvían a reunir y lo leyó un primer lector: era dos, eran tres, eran cuatro y ¿seguiría su multiplicación descarada y aglutinante? No. Lo guardé en un cajón y le quité la llave de la puerta de casa.

La separación

Los adultos miramos a las llamados adolescentes con mirada policial. Yo hice lo mismo y comprobé, un día -luego de largos meses de tenerlo olvidado, cosa que también hacemos con los adolescentes- que al poema le faltaba rima. No. Tampoco era que le faltara. Sólo que las palabras de fin de verso rimaban con palabras de mitad de verso y sin respetar la continuidad de aparición, la frecuencia sospechada, una vez que comienza por producirse.

Sé que la rima está tan en desuso como el mismo endecasílabo o más aún. Fue entonces que competí con el poema, sintiéndome juvenil, atrevida, liberada de reglas y estorbos, también yo con mis medias de lana y mis sandalias hindúes y el pelo teñido de rubio o colorado. Orgullosa de haber destrozado la ley en alguna de sus redes, al menos, leía y releía el poema en busca de la rima desordenada como mujer cuarentona que se mira y remira el maquillaje antes de salir de paseo.

Soñaba así con ser parte de una misteriosa vanguardia poética dispuesta a abrazarme y guardarme en su pecho. Pero, a medida que miraba y remiraba, el lápiz se lanzaba sobre el poema suplantando palabras finales por otras que hicieran rima asonante, al menos, en cualquier orden. Del mismo modo, tratando de tapar las arrugas se las pone en evidencia.

Y, como si la ley no estuviera de acuerdo con mis desvaríos -ni el tiempo tampoco-, muchos versos fueron arreglados nuevamente, a tiempo de las sirenas que todavía ululaban por las calles y que, tal vez sin saberlo, eran expresión de esa ley musical de los años ochenta que se empeñaba en reparar la rima interna. Porque ¿qué es rimar internamente? Hay que rimar por afuera, eso es lo que importa, caiga donde caiga. Ser y también parecer. ¿No es cierto?

Y, mientras tanto y otra vez, ¡qué deliciosa sensación de ser una y sólo una cada vez que una rima venía a ponerse a la cola del verso, como si en ese detalle de apariencia estuviera nuevamente la posibilidad de respirar todos al mismo tiempo! ¿Qué todos? ¿Mis amores y yo? ¿Cuántos éramos a esa altura? ¿Qué todas? ¿Mis hijos y yo, como cuando ellos eran parte de mi sistema respiratorio? ¿O mi madre y yo, como cuando, medio ahogada por las amenazas de muerte depositadas en la familia, más de cuarenta anos atrás, respiraba en el antro materno los reglamentarios nueve meses que quise prolongar inútilmente, hasta con riesgo de pasar al otro mundo?

Pero, así como supe renegar a tiempo del mayor de los privilegios, el de respirar el mismo aliento de otro y al unísono, también supe renegar del poema y un buen día lo metí entre otros papeles y creí perderlo. Sin embargo, siguió estando, forma persistente ya acabada que no quería o no podía nacer al amparo del subdesarrollo que impide publicar poesía regularmente. Y aún hoy, todavía no salido a la luz, busca este poema un pretexto para ponerse en la página impresa y seguir viviendo ni bien yo ponga
el punto final, como un concierto disparado en medio del batifondo de la ciudad en que vivimos, todavía.
1981, Buenos Aires, edición fotocopiada, 20 ejemplares.


AL MUSICO EGBERTO
EN BUENOS AIRES, 1980

Hubiera persistido en el error
de no ser por aquella melodía
que era vacilación, no ser o ser
equivocado y aún más error
que este error develado, todavía.

Gismonti:
tu soledad acusa la desdicha
de los que no te aman y te escuchan,
desorientada música y esquiva
que no canta mientras no cante y viva
el hombre, alrededor.

Oír es amar
Y aplaudir
una manera de cantar.
En la cruz de tu espalda vi la túnica;
no ocultaba tu rezo. Era la música;
era eso: un rezo vacilante, un rezo.
Una oración de pájaros y huesos.

Y aguardabas, clavado en el incierto
vuelo del alma que otro vuelo ataba
como un crucificado que sangrara
clavado en la prisión de las butacas.

Estamos ciegos, sin respuestas, callados.
Faltó el acorde, el aplauso inventado.
Un público correcto es un público muerto.
Sin un sonido más, sangraste el piano

como un ave, corazón arrancado
que canta para un rey sin corazón.
Y supe que el maestro es el que enseña
la ignorancia del que piensa y no sueña.

Nos vimos en tu cara
donde estábamos muertos.
Y siguió la batalla. Era la escena.
Nunca viera luchar por arrancar
el alma de las almas hasta entonces.
Hasta que no sangraste, herido y terco.

El auditorio y yo vimos tu carga,
tu desfallecimiento, sin saber
que era el nuestro el error que te erraba.
Fuimos dioses, ¿por qué te abandonamos?
¿Y es demasiado oír
sólo aplaudir?

Si el aplauso compone el demorado
compás de un tema oído y escuchado,
la música es la escena y cada cuerpo
otra escena que la música espera.

Y nos dejaste solos. La trompeta,
el bajo, la guitarra y esas tretas
electrónicas, raras, que encordaban
el lazo del horror que nos ataba.

Un diálogo de golpes,
un tema, dos
y una sola voz
La música es humor y carcajada,
es disonancia, azar y aburrimiento,
desdén, belleza, ruido y soledad,
y polémica y odio y amistad,

desorden y tumulto y muerte y paz
y triunfo. Afuera, algunos apresados
por no pagar la entrada y escucharte
en la calle, te aplaudieron rabiando.

Un quimérico aplauso prolongado
vino de afuera a adentro y en las manos
la brasa de tu música, Gismonti,
nos llagaba las palmas, como clavos.

Un aplauso de seres abrazados
que arrastraban trozos de carne aún
dispersos, en la fosa común
de un piano, ensordecido y acallado.


Hebe Solves

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