Poéticas del agua: LA SED Y EL BALDE
Río de la Plata en arena pálido
¿De qué desierto antiguo eres memoria
que tienes sed y en agua te consumes
y alzas el cuerpo muerto hacia el espacio
como si tu agua fuera la del cielo?
Porque quieres volar y más se agitan
Las olas de las nubes que tu suave
Yacer tejiendo vagos cuerpos de humo
Que se repiten hasta hacerse azules.
Por llanuras de arena viene a veces
Sin hacer ruido un carro trasmarino
Y te abre el pecho que se entrega blando.
Jamás lo escupes de tu dócil boca:
llamas al cielo y su lunada lluvia
abre de paz la huella ya cerrada.
Definición
Alza el balde. Se pregunta
Cuál pesa menos, un lleno
O un vacío. No alcanza
La respuesta porque ve
Otros ojos.
El observador determina
Que semejante situación:
La sequía, el calor, pero
Sobre todo el largo trayecto
Con baldes repletos,
Es dramática para una mujer.
Mientras la mira
Caminar con los baldes
le informa: es un drama.
-Pesa vacío. Lleno pesa menos-
dice, la del balde
y ofrece agua. Silencio.
Junta.
Envuelta en la mirada
Que le avisó, su andar se hace
pesado. Tiene sed.
En estos días, el agua…
En el recuadro aparecen dos poemas que recrean el imaginario del agua. Una fuente (valga la redundancia) de símbolos que abundan entre nuestros poetas (mencionando el exceso o la falta) y también ocupan un espacio disputado en las arenas periodísticas. Son parte de una investigación que vengo analizando y que podrían configurar lo que llamo poéticas del agua.
En los dos poemas hay agua, ciertamente, pero el balde aparece solamente en uno. De algún modo, son asimétricos: dos poetas mujeres (Alfonsina/, Susana), dos épocas distantes (1930/1990). Y sin embargo, el mismo país, la misma agua que los riega o les falta.
Susana Swarc trae al texto el mundo rural de su infancia, la tierra desértica del Chaco, donde nació; la familia inmigrante; el paisaje de la Polonia en guerra reinscrito en la tierra cuarteada y un orden desordenado y libre en la pobreza, donde el padre no es el ejecutor severo de la ley, ni la madre la señora casta de la familia patriarcal.
Por oposición, Alfonsina Storni, nacida en Suiza a principios del siglo XX, sanjuanina y porteña por adopción, nombra el paisaje urbano que ya es mito (el “río inmóvil” de Mallea) pero, igual que S. S., pone en escena el conflicto de la condición femenina. Oposiciones (rural≠urbano; río≠desierto; hombre≠mujer) y semejanzas (sed=arena; drama=abre el pecho; juntos=paz).
Cuando le comenté a Susana Szwarc que iba a citar este poema en los escritos que estaba garabateando sobre poesía y que me llamaba la atención la figura del balde, especialmente, me miró como distraída: “Quién sabe por qué escribe uno esas cosas”, dijo.
La experiencia, pensé, qué mujer no cargó un balde alguna vez. No como albañil, sino como ama de casa. Pero ¿a qué llamamos experiencia? ¿Tal vez a la huella del vacío, que pesa?
En otro orden de cosas, supongo que el ascenso a símbolo de un balde hogareño es una irreverencia de género.
¿Y la sequía? Balde≠/sequía, traen a mi imaginación un paraje, un mundo, una cierta clase de sequía, la situación de la mujer, nuevamente, lo doméstico de la sequía y la sed. No es la misma la figura de mujer que carga el balde, que el símbolo del agua del río que se deja penetrar. ¿Leyendo, seré la que carga el agua o seré el agua?
Elijo y, desde la experiencia personal de la lectura, voy a perseguir la génesis del sentido que intuyo en este poema: mi interpretación. Porque el poema me habla, me habla a mí… Tal vez a todos los lectores les dice algo, pero insisto en lo singular, la lectura propia. Y veo que la escasez del agua (un tema inquietante, bien real) alcanzó, por efecto de esta lectura, una nueva representación en mi consciencia.
Para empezar, la contradanza del diálogo (un recurso narrativo que despliega la lógica causal enfrentando dos personajes) quiebra la imagen estereotipada de la pobreza rural en la zona más castigada del país y la del lugar destinado a la mujer, agregando otros matices de sentido sin negar los anteriores. Eso me reconforta, el discurso de la pobreza generalmente es hablado -hasta por los protagonistas de la pobreza-, con el lenguaje de los observadores, técnicos, periodistas, agentes de cambio, políticos, etc. que no la viven. En el lugar del poema el agua “no cae a baldes”, y no se junta “de balde”.
Pero lo nuevo en mí que nombró el poema (y lo que me hizo reconocerlo como poema) fue el símbolo inesperado que deduje de dar para que no pese, que muchas mujeres practicamos casi sin darnos cuenta y que tal vez pudiera servir para justificar a los poetas mismos (incluyendo el río de A. S., que se entrega, pacífico). Dar para que no pese, entonces, un símbolo encarnado en la imagen del balde=lleno=liviano, objeto rústico, íntimo, imposible, desrealizado, contradictorio, objeto poético.
Una gramática retórica
En cualquier poema se repiten, por semejanza o por oposición (lleno/vacío), pautas rítmicas, fónicas, cantidades silábicas, cadencias, estrofas, versos, estructuras sintácticas, palabras, conceptos, figuras retóricas, disposiciones gráficas, encabalgamientos, puntuaciones singulares y cualquier otro recurso -referido a la oralidad o a la escritura- que sea impuesto como regla por el autor, en virtud de esa misma repetición y sus variantes.
En el poema de Alfonsina Storni –que cito como fondo- se ejecuta la forma estricta del soneto, salvo que sin rima. Los versos son blancos, una variante que le da al discurso una fluidez y un tono de gran autenticidad: se adopta una manera de decir coloquial donde es posible reconocer no sólo el río de Buenos Aires, el paisaje símbolo, sino también la voz y la cadencia –salvo el tuteo-, como propias de los hablantes de esta ciudad.
La regla que propone S. S. para su poema, en cambio, es solo una transformación gramatical: acá no hay metáfora, ni medida recurrente, no hay cadencias, ritmo del verso ni rima, no hay alegoría. El texto es casi prosístico, el diálogo convoca dos voces y aparea dos miradas sobre un mismo suceso, dos interpretaciones condicionadas por la posición de los que las enuncian.
Pero el efecto de significación se condensó en un procedimiento a-gramatical (Cuál pesa menos, un lleno/o un vacío) operado sobre el paralelismo en relación con
• el peso del mismo balde en dos situaciones;
• la sustitución del pronombre masculino uno por el neutro un, con lo cual se consigue la sustantivación de los adjetivos lleno y vacío; y, finalmente,
• una inversión entre las propiedades adjudicadas a ambos:
(uno) lleno = pesa más
(uno) vacío = pesa menos
(un) lleno ≠ pesa menos
(un) vacío ≠ pesa más
La variante a-gramatical inscribe el texto en la serie de los discursos poéticos, la modificación de sentido se multiplica y construye el balde lleno=liviano como símbolo, un símbolo ambiguo, complejo, que desrealiza al referente (el balde), y nos afecta a unos y otros de distinta manera aunque a todos nos dice algo.
El ritmo, en este caso, es ese ir y venir de uno a otro polo de la antítesis hay/no hay, pesa más/pesa menos, vacío/lleno, y las interpretaciones diferentes no se niegan la una a la otra, no polemizan, sino que subsisten en su diversidad, sin anularse. En la última estrofa, (tal vez haya aquí demasiada fidelidad a lo narrativo, cuando la relación causa-efecto hace que el balde lleno termine finalmente pesando), aparece la sed y la opinión del observador cambia la de la protagonista. Las opiniones se “juntan”, la consciencia de la experiencia y la consciencia del conflicto social, ofreciendo matices diversos, se sostienen irónicamente en una tensión viva.
A diferencia del poema de Alfonsina Storni, el conflicto no se cierra sino que perdura, aunque los papeles adjudicados al hombre y a la mujer repiten los estereotipos: el hombre observador define a la mujer, la piensa (Es un drama); mientras que la mujer enuncia el altruismo, pero carga con el cuerpo que siente y sufre (Tiene sed).
Sin embargo, en el mundo creado, habitado por el poema, hasta la sequía, la sed y la pobreza se transfiguraron. En su lugar, cierto protagonismo de la mujer subordinada al hombre, el deseo de reconocimiento y la aspiración de justicia se tocan, están “juntos”: de ellos se trata. Todos somos cargadores y observadores, tenemos sed y somos protagonistas.
En fin, son muchas las posibilidades interpretativas de este poema, pero lo interesante es ver cómo insiste, cómo sigue actuando en mi ánimo cuando guardo el libro en la biblioteca.
Así como siento en mi biblioteca la presencia del río de Mallea y de Alfonsina, me divierte pensar que el balde del lavadero también está con ellos, en un estante, y que ocupa un espacio irremplazable, tanto en el universo físico como en mi imaginario personal, donde los objetos poéticos parecen dialogar entre sí como esos juguetes que se despiertan y viven de verdad mientras duermen sus dueños, o como los personajes de las historietas de Rep1, que salen de los libros para decirse cosas en silencio.
Es que, con diferentes recursos, las formas del discurso poético construyen un universo polifónico paralelo, transformando el sentido lato de los enunciados hasta negar lo mismo que dicen tanto que, si se los interpretara según el sistema de significación habitual, a menudo carecerían de consistencia.
El lenguaje poético da origen a nuevos aspectos de lo que se puede llegar a decir, provocando inquietud, rechazo o empatía, pero siempre dislocando los paralelismos que, como carriles estables, nos conducen por la intrincada red de significados sociales adjudicados a las cosas, las señales, los comportamientos, las imágenes, las palabras, y los símbolos.
Y el poema también nos hace pensar (aunque muchos cifren su valor únicamente en el goce estético): la poesía es una vía de conocimiento y construcción del mundo o, al menos, un signo de que algo está pasando más allá de la rutina y el sin sentido.
1 Diario Página 12, historietas. de Rep.
Alfonsina Storni, Mascarilla y trébol, 1930
¿De qué desierto antiguo eres memoria
que tienes sed y en agua te consumes
y alzas el cuerpo muerto hacia el espacio
como si tu agua fuera la del cielo?
Porque quieres volar y más se agitan
Las olas de las nubes que tu suave
Yacer tejiendo vagos cuerpos de humo
Que se repiten hasta hacerse azules.
Por llanuras de arena viene a veces
Sin hacer ruido un carro trasmarino
Y te abre el pecho que se entrega blando.
Jamás lo escupes de tu dócil boca:
llamas al cielo y su lunada lluvia
abre de paz la huella ya cerrada.
Definición
Susana Swarc, Bailen las estepas, 1998
Alza el balde. Se pregunta
Cuál pesa menos, un lleno
O un vacío. No alcanza
La respuesta porque ve
Otros ojos.
El observador determina
Que semejante situación:
La sequía, el calor, pero
Sobre todo el largo trayecto
Con baldes repletos,
Es dramática para una mujer.
Mientras la mira
Caminar con los baldes
le informa: es un drama.
-Pesa vacío. Lleno pesa menos-
dice, la del balde
y ofrece agua. Silencio.
Junta.
Envuelta en la mirada
Que le avisó, su andar se hace
pesado. Tiene sed.
En estos días, el agua…
En el recuadro aparecen dos poemas que recrean el imaginario del agua. Una fuente (valga la redundancia) de símbolos que abundan entre nuestros poetas (mencionando el exceso o la falta) y también ocupan un espacio disputado en las arenas periodísticas. Son parte de una investigación que vengo analizando y que podrían configurar lo que llamo poéticas del agua.
En los dos poemas hay agua, ciertamente, pero el balde aparece solamente en uno. De algún modo, son asimétricos: dos poetas mujeres (Alfonsina/, Susana), dos épocas distantes (1930/1990). Y sin embargo, el mismo país, la misma agua que los riega o les falta.
Susana Swarc trae al texto el mundo rural de su infancia, la tierra desértica del Chaco, donde nació; la familia inmigrante; el paisaje de la Polonia en guerra reinscrito en la tierra cuarteada y un orden desordenado y libre en la pobreza, donde el padre no es el ejecutor severo de la ley, ni la madre la señora casta de la familia patriarcal.
Por oposición, Alfonsina Storni, nacida en Suiza a principios del siglo XX, sanjuanina y porteña por adopción, nombra el paisaje urbano que ya es mito (el “río inmóvil” de Mallea) pero, igual que S. S., pone en escena el conflicto de la condición femenina. Oposiciones (rural≠urbano; río≠desierto; hombre≠mujer) y semejanzas (sed=arena; drama=abre el pecho; juntos=paz).
Cuando le comenté a Susana Szwarc que iba a citar este poema en los escritos que estaba garabateando sobre poesía y que me llamaba la atención la figura del balde, especialmente, me miró como distraída: “Quién sabe por qué escribe uno esas cosas”, dijo.
La experiencia, pensé, qué mujer no cargó un balde alguna vez. No como albañil, sino como ama de casa. Pero ¿a qué llamamos experiencia? ¿Tal vez a la huella del vacío, que pesa?
En otro orden de cosas, supongo que el ascenso a símbolo de un balde hogareño es una irreverencia de género.
¿Y la sequía? Balde≠/sequía, traen a mi imaginación un paraje, un mundo, una cierta clase de sequía, la situación de la mujer, nuevamente, lo doméstico de la sequía y la sed. No es la misma la figura de mujer que carga el balde, que el símbolo del agua del río que se deja penetrar. ¿Leyendo, seré la que carga el agua o seré el agua?
Elijo y, desde la experiencia personal de la lectura, voy a perseguir la génesis del sentido que intuyo en este poema: mi interpretación. Porque el poema me habla, me habla a mí… Tal vez a todos los lectores les dice algo, pero insisto en lo singular, la lectura propia. Y veo que la escasez del agua (un tema inquietante, bien real) alcanzó, por efecto de esta lectura, una nueva representación en mi consciencia.
Para empezar, la contradanza del diálogo (un recurso narrativo que despliega la lógica causal enfrentando dos personajes) quiebra la imagen estereotipada de la pobreza rural en la zona más castigada del país y la del lugar destinado a la mujer, agregando otros matices de sentido sin negar los anteriores. Eso me reconforta, el discurso de la pobreza generalmente es hablado -hasta por los protagonistas de la pobreza-, con el lenguaje de los observadores, técnicos, periodistas, agentes de cambio, políticos, etc. que no la viven. En el lugar del poema el agua “no cae a baldes”, y no se junta “de balde”.
Pero lo nuevo en mí que nombró el poema (y lo que me hizo reconocerlo como poema) fue el símbolo inesperado que deduje de dar para que no pese, que muchas mujeres practicamos casi sin darnos cuenta y que tal vez pudiera servir para justificar a los poetas mismos (incluyendo el río de A. S., que se entrega, pacífico). Dar para que no pese, entonces, un símbolo encarnado en la imagen del balde=lleno=liviano, objeto rústico, íntimo, imposible, desrealizado, contradictorio, objeto poético.
Una gramática retórica
En cualquier poema se repiten, por semejanza o por oposición (lleno/vacío), pautas rítmicas, fónicas, cantidades silábicas, cadencias, estrofas, versos, estructuras sintácticas, palabras, conceptos, figuras retóricas, disposiciones gráficas, encabalgamientos, puntuaciones singulares y cualquier otro recurso -referido a la oralidad o a la escritura- que sea impuesto como regla por el autor, en virtud de esa misma repetición y sus variantes.
En el poema de Alfonsina Storni –que cito como fondo- se ejecuta la forma estricta del soneto, salvo que sin rima. Los versos son blancos, una variante que le da al discurso una fluidez y un tono de gran autenticidad: se adopta una manera de decir coloquial donde es posible reconocer no sólo el río de Buenos Aires, el paisaje símbolo, sino también la voz y la cadencia –salvo el tuteo-, como propias de los hablantes de esta ciudad.
La regla que propone S. S. para su poema, en cambio, es solo una transformación gramatical: acá no hay metáfora, ni medida recurrente, no hay cadencias, ritmo del verso ni rima, no hay alegoría. El texto es casi prosístico, el diálogo convoca dos voces y aparea dos miradas sobre un mismo suceso, dos interpretaciones condicionadas por la posición de los que las enuncian.
Pero el efecto de significación se condensó en un procedimiento a-gramatical (Cuál pesa menos, un lleno/o un vacío) operado sobre el paralelismo en relación con
• el peso del mismo balde en dos situaciones;
• la sustitución del pronombre masculino uno por el neutro un, con lo cual se consigue la sustantivación de los adjetivos lleno y vacío; y, finalmente,
• una inversión entre las propiedades adjudicadas a ambos:
(uno) lleno = pesa más
(uno) vacío = pesa menos
(un) lleno ≠ pesa menos
(un) vacío ≠ pesa más
La variante a-gramatical inscribe el texto en la serie de los discursos poéticos, la modificación de sentido se multiplica y construye el balde lleno=liviano como símbolo, un símbolo ambiguo, complejo, que desrealiza al referente (el balde), y nos afecta a unos y otros de distinta manera aunque a todos nos dice algo.
El ritmo, en este caso, es ese ir y venir de uno a otro polo de la antítesis hay/no hay, pesa más/pesa menos, vacío/lleno, y las interpretaciones diferentes no se niegan la una a la otra, no polemizan, sino que subsisten en su diversidad, sin anularse. En la última estrofa, (tal vez haya aquí demasiada fidelidad a lo narrativo, cuando la relación causa-efecto hace que el balde lleno termine finalmente pesando), aparece la sed y la opinión del observador cambia la de la protagonista. Las opiniones se “juntan”, la consciencia de la experiencia y la consciencia del conflicto social, ofreciendo matices diversos, se sostienen irónicamente en una tensión viva.
A diferencia del poema de Alfonsina Storni, el conflicto no se cierra sino que perdura, aunque los papeles adjudicados al hombre y a la mujer repiten los estereotipos: el hombre observador define a la mujer, la piensa (Es un drama); mientras que la mujer enuncia el altruismo, pero carga con el cuerpo que siente y sufre (Tiene sed).
Sin embargo, en el mundo creado, habitado por el poema, hasta la sequía, la sed y la pobreza se transfiguraron. En su lugar, cierto protagonismo de la mujer subordinada al hombre, el deseo de reconocimiento y la aspiración de justicia se tocan, están “juntos”: de ellos se trata. Todos somos cargadores y observadores, tenemos sed y somos protagonistas.
En fin, son muchas las posibilidades interpretativas de este poema, pero lo interesante es ver cómo insiste, cómo sigue actuando en mi ánimo cuando guardo el libro en la biblioteca.
Así como siento en mi biblioteca la presencia del río de Mallea y de Alfonsina, me divierte pensar que el balde del lavadero también está con ellos, en un estante, y que ocupa un espacio irremplazable, tanto en el universo físico como en mi imaginario personal, donde los objetos poéticos parecen dialogar entre sí como esos juguetes que se despiertan y viven de verdad mientras duermen sus dueños, o como los personajes de las historietas de Rep1, que salen de los libros para decirse cosas en silencio.
Es que, con diferentes recursos, las formas del discurso poético construyen un universo polifónico paralelo, transformando el sentido lato de los enunciados hasta negar lo mismo que dicen tanto que, si se los interpretara según el sistema de significación habitual, a menudo carecerían de consistencia.
El lenguaje poético da origen a nuevos aspectos de lo que se puede llegar a decir, provocando inquietud, rechazo o empatía, pero siempre dislocando los paralelismos que, como carriles estables, nos conducen por la intrincada red de significados sociales adjudicados a las cosas, las señales, los comportamientos, las imágenes, las palabras, y los símbolos.
Y el poema también nos hace pensar (aunque muchos cifren su valor únicamente en el goce estético): la poesía es una vía de conocimiento y construcción del mundo o, al menos, un signo de que algo está pasando más allá de la rutina y el sin sentido.
1 Diario Página 12, historietas. de Rep.
Comentarios